Religión en Libertad

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El mensaje del Papa Benedicto XVI en 2012, orientado para la Jornada de los Medios de comunicación social, fue una reflexión inusual, si pensamos en el contenido y en la ocasión.

Referente al contenido, articuló la "palabra y el silencio" como complementarias y hondamente humanas, que se reclaman y se necesitan mutuamente. Fue una lección del sabio humanismo cristiano, una enseñanza espiritual de primer orden. Y referente a la ocasión, tal vez sorprenda que refiriéndose a los medios de comunicación social, buscase crear un espacio para la palabra y para el silencio, cuando el silencio está clamorosamente ausente y la palabra se convierte no en diálogo sino en muchos mensajes unidireccionales. Toda palabra, para que sea humana, vehículo de relación personal y comunicación de la interioridad, pide el silencio en el que es pronunciada, el silencio del cual brota; la comunicación necesita silencio interior para saber y poder acoger las palabras del otro, su confidencia, su intimidad, sus búsquedas. Así comenzaba el Mensaje del 2012:

La reflexión sobre el silencio y la palabra debería educarnos, tanto humana como espiritualmente, para saber hablar con palabras ponderadas, de peso, sinceras y veraces, reflexionadas, que nacen del silencio interior. Muchas veces más que hablar (¡comunicarse!) se parlotea con palabras vacías, tal vez huyendo del propio silencio interior. Pero la palabra debe brotar de la riqueza personal, del mundo interior, en el que uno bucea (introspección). El silencio no sólo enriquece la propia palabra, sino que permite que la palabra del otro, es decir, la manifestación de su ser, de su persona, pueda ser acogida cordialmente. Así nace el diálogo. El gran ejemplo, referido a las comunicaciones sociales, es Internet y sus redes sociales, donde la relación que se entabla puede ser una relación fructífera cuando se amasa con silencios y palabras. Un dato revelador es la búsqueda de muchas personas en la red, sus inquietudes, el hallazgo de espacios de comunicación y de relaciones personales sanas. Cuando, como católicos, estamos en la red y lo vivimos con conciencia evangelizadora, podemos tanto acoger y comprender a muchos que buscan, como ofrecer también palabras que sean válidas y orientadoras. De la riqueza personal del corazón, hablará la boca. Y en Internet se puede hacer mucho.

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