La liturgia educando: ofrecer ofreciéndonos (y IV)
La originalidad del culto cristiano está en que no se ofrecen ni cosas simbólicas-inventadas, exteriores a uno mismo, sino que es un culto en Espíritu y Verdad (cf. Jn 4,23), en el que está implicada la persona cristiana, su corazón, su existencia toda.
Ya san Pablo exhortaba a ofrecerse a sí mismo como hostia viva, santa, siendo éste el “culto racional”, el “culto razonable” (Rm 12,1). Al celebrar la Eucaristía, y presentar los dones eucarísticos, es la propia vida la que se pone en el altar para ser transformada en Cristo, para ser ofrenda permanente entregada a Dios. Hermosamente lo explicaba Benedicto XVI en la exhortación Sacramentum caritatis:
Así pues, lo importante ya no serán esas ofrendas casi folclóricas, de elementos simbólicos e inútiles, sino la oblación de uno mismo junto con Cristo, el ofrecimiento incondicional y absoluto de la propia existencia –sintetizados en el pan y vino que se consagrarán-. Esta perspectiva, sin duda, es más honda e impactante y provoca una verdadera participación activa e interior en la liturgia que la larga lista, tan imaginativa, de cosas que se llevan al altar. Así lo subrayarán, una y otra vez, distintas oraciones sobre las ofrendas:
Es un sacrificio espiritual, y no material, porque es la persona misma de los oferentes la que entrega su espíritu y su alma, su corazón y sus afectos, todo su ser, en el altar con Cristo y como Cristo para ser una oblación perenne a Dios: ya pertenecen sólo a Dios, son del Señor, obedientes y disponibles a su voluntad. La ofrenda de los dones eucarísticos es signo de la propia vida del cristiano que se entrega incondicionalmente a Dios porque quiere vivir una vida santa:
Es de este modo como llegamos a una comprensión más honda del sacrificio eucarístico; tiene mucho que ver con la vida de quienes participan, ya que se están ofreciendo ellos mismos a Dios. ¡Aquí tocamos el sentido más profundo y real de la “participación” (que no es intervenir y hacer cosas, sino ofrecerse a sí mismo a Dios)!:
Toda esta ofrenda del sacrificio espiritual de uno mismo, la participación verdadera en la liturgia, la vivencia renovada de la celebración eucarística, será posible si se une a Cristo, si la liturgia nos une a Cristo con amor y no nos dispersa en discursos o en una perspectiva meramente horizontal, un horizontalismo donde la asamblea-comunidad se celebra a sí misma y se motiva con alguna proclama moralista o de compromiso.
La clave es vivir la liturgia con amor, unidos estrechamente a Jesucristo:
Así, ofreciéndonos y muy unidos a Cristo, en el altar presentamos los dones con alegría y gozo: “rebosantes de gozo pascual, celebramos, Señor, estos sacramentos”[9]; de lo visible pasamos a lo invisible en la liturgia, levantando el corazón –como luego se nos invitará en el prefacio-: “que la participación en este misterio eleve nuestro espíritu a los bienes del cielo”[10]. Las oraciones sobre las ofrendas del rito romano nos han conducido a una comprensión mejor de la verdadera naturaleza y contenido de la participación en la liturgia: con dignidad, reverencia, conscientes de ejercer un servicio sagrado, humildad y fe, unión con Cristo, para ofrecernos con Él. A la pregunta: “¿Cómo vivir la liturgia?”, las oraciones sobre las ofrendas nos han dado suficientes respuestas. La liturgia, una vez más, se muestra como maestra de vida espiritual y escuela del verdadero espíritu cristiano. Todo conducente al gran fin de la participación litúrgica verdadera, según el Concilio Vaticano II: “aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él” (SC 48).
[1] OF XVIII Tiempo Ordinario.
[2] OF Votiva Espíritu Santo, B.
[3] OF III Domingo Adviento.
[4] OF I Domingo Cuaresma.
[5] OF 1 de agosto, S. Alfonso María de Ligorio.
[6] OF 14 de agosto, S. Maximiliano María Kolbe.
[7] OF XXIII Tiempo Ordinario.
[8] OF Votiva del Sgdo. Corazón.
[9] OF Misa día de Pascua.
[10] OF Ascensión del Señor.