Santidad sacerdotal (Palabras sobre la santidad -VI)
Los sacerdotes están llamados a ser santos. El dinamismo propio de la gracia del sacramento del Orden los lleva a vivir la santidad propia de su estado de vida y misión, ya que han sido configurados a Cristo. Como un nuevo título, la gracia sacerdotal los impulsa y los llama a la santidad.
El ministerio sacerdotal se vuelve más fructífero, da más gloria a Dios y sirve mejor al bien de la Iglesia y de las almas cuando el sacerdote está seriamente comprometido en la santidad propia de su vida ministerial. Procura la santidad sacerdotal para identificarse plenamente con Jesucristo, Sumo y eterno Sacerdote, el único Santo, el Santísimo. La doctrina conciliar es clara y exigente extrayendo las consecuencias del sacramento del Orden.
El decreto Presbyterorum ordinis enseña:
La ley ordinaria es la de la santidad: así el ministerio sacerdotal reflejará la unión íntima con Cristo, Cabeza y Pastor. Los sacerdotes han de aspirar a la santidad, vivir santamente, ser dóciles a la gracia del Espíritu Santo.
El primer empeño, al que dedicarán todos los recursos ascéticos, naturales y sobrenaturales, será la santidad. La vida de los fieles encomendada a ellos crecerá sobrenaturalmente cuando los sacerdotes son santos. La santidad personal del sacerdote redunda en beneficio de los fieles (así como una vida mediocre, o aburguesada, o tibia, etc., afecta negativamente a los fieles).