Martes, 23 de julio de 2024

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El Último Viaje

El Último Viaje

por Onofre Sousa

Un hermoso atardecer siempre me recuerda que el último y definitivo viaje de mi vida me llevará al destino que mi alma tanto anhela.

Es cierto que vivimos en un mundo en el que la muerte sigue siendo un tema tabú a pesar de que cualquier película que podamos ver esté plagada de violencia y muerte. Estamos acostumbrados a ver la muerte desde la barrera, pero no somos capaces de afrontarla ni de situar la realidad de la muerte en medio de nosotros.

Es curioso pero la certeza de que todos vamos a morir y de que cada día que pasa ese momento está más cerca, parece que no es suficiente para tomar conciencia y preparar ese importante acontecimiento humano. Seguramente que ya sabemos que no somos inmortales; sin embargo, es posible que hayamos olvidado que somos eternos.

Como cristianos, no podemos perder de vista que la vida eterna es nuestra vocación definitiva. Hemos sido creados para la eternidad junto a Dios y, aunque no siempre somos conscientes, existe en nosotros una rebeldía innata ante todo aquello que es temporal y que no permanece para siempre.

Por supuesto que no podemos ocultar el desgarro que la muerte produce en cada uno de nosotros en el momento en el que se presenta en nuestra propia realidad familiar y vital. La muerte nos desgarra porque nos separa de nuestros seres queridos y de nuestro deseo de vivir, como afirma Mons. Munilla.

Jesús lloró por la muerte de su gran amigo Lázaro. La muerte también tiene algo de ladrón, como afirma el Evangelio, ya que viene a robarnos la vida de alguna manera:

Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre. (Mateo 24,42-44)

Pero tampoco deberíamos ser capaces de olvidar la dimensión cristiana de la muerte, que supone el encuentro definitivo con el Esposo. Necesitamos vivir el drama de la muerte con la perspectiva de eternidad. Es por eso que necesitamos tener ceñida la cintura y encendidas las lámparas, para que pueda encontrarnos velando y bien preparados para el último y definitivo viaje de nuestra vida:

Entonces se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”. Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”. Pero las prudentes contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”. Pero él respondió: “En verdad os digo que no os conozco”. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora». (Mateo 25,1-13)

El Evangelio nos invita a esperar y preparar nuestra muerte con esta imagen de las lámparas encendidas. Es un banquete de bodas y un esposo que llega, porque esta vida presente es un noviazgo y la muerte es un desposorio para la vida eterna.

Aunque no sé cuándo me tocará partir ni conozco el momento de mi último viaje, deseo estar bien preparado y enfocado en lo que realmente importa. El momento de mi muerte y las circunstancias en las que acontecerá en mi vida serán totalmente anecdóticas en comparación con la realidad de mi encuentro definitivo y para siempre con Cristo.

Deseo preparar mi muerte y vivir lo que me quede de vida bajo la perspectiva de que la eternidad junto a Dios es mi vocación definitiva como cristiano. En Jesucristo yo sé quién soy y por eso anhelo la vida eterna desde la promesa de Aquel que murió por nosotros y resucitó para nosotros.

Con el apóstol Pablo yo también puedo afirmar: Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia (Filipenses 1,21).

 

Fuente: kairos.evangelizacion.es

 

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