Domingo, 15 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

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Reflexionando sobre el Evangelio

Al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio

por La divina proporción

Seguramente resulta sorprendente que unas personas pidieran al Señor que abandonara su territorio. De hecho, había librado a uno o dos endemoniados de la posesión que padecían, lo que nos puede parecer algo bueno. Pero hay que ser consciente que quien cambia el “status quo” en el que vivimos, se le considera un usurpador que viene a molestarnos. ¿No nos pasa justamente eso hoy en día?

¿Cuántas veces agradecemos que nos señalen nuestros egoísmos e idolatrías personales y grupales?

No estaremos muy conformes con quien nos señala nuestros problemas y la solución que ellos. Sobre todo cuando la solución pasa por la desagradable necesidad de negarnos a nosotros mismos, para después, ser llamados a cargar la cruz de la vida que vivimos. ¿No son mejores quienes llenan los oídos de posibilismos subjetivos y adecuaciones personales? Cristo nos llama a algo muy diferente al conformismo que impera actualmente: a la santidad. ¡Pero la santidad duele! Sin duda duele.

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga. (Mt 11, 28-30)

Cristo nos dice que hemos de llevar “Su yugo”, es decir, aceptar hacer la Voluntad de Dios. El yugo que nos ofrece Cristo es unirnos a la Voluntad de Dios con fe, esperanza y caridad. Cuando lo hacemos, descansamos porque la Gracia de Dios nos ayuda.

¿Y cuál es este yugo más suave y cuál esta carga más ligera? Buscar ser más considerado, abstenerse de maldades, querer el bien, odiar el mal, amar a todos, no odiar a nadie, perseguir lo eterno, no aferrarse a las cosas presentes, no querer hacer a otro lo que no se quiere para sí. (San Hilario, in Matthaeum, 11)

Es ciertamente un yugo áspero y una dura sumisión estar sometido a las cosas temporales, el ambicionar las terrenales, el retener las que mueren, el querer estar siempre en lo que es inestable, el apetecer lo que es pasajero y el no querer pasar con lo que pasa. Porque mientras desaparecen, a pesar de nuestros deseos, todas estas cosas que por la ansiedad de poseerlas afligían nuestra alma, nos atormentan después por miedo de perderlas. (San Gregorio Magno. Moralia 30)

Estar sometido a la Voluntad de Dios nos libera de nuestros convencionalismos, luchas internas y externas, egoísmos y soberbias. ¿Quién no sufre cuando tiene que aparentar ante los demás lo que no es? ¿Quién no se siente destrozado cuando vive en un continuo simulacro?

¿Quién no termina cansado y agobiado cuando lo único que le importa son las apariencias sociales y los esquemas culturales?

¿No son los demonios un reflejo de todo aquello que nos aprisiona, esclaviza y nos aleja de Dios? No despreciemos la existencia de las fuerzas del mal, porque entonces nos dominarán.

No hizo esto Jesús como persuadido por los demonios, sino para dispensar de aquí muchas cosas: primero, para demostrar la magnitud del daño que causaban los demonios a aquellos hombres que asediaban; segundo, para que sepan todos que, sin su permiso, ni aun contra los puercos se atreven; tercero, para hacer ver que hubieran operado cosas más graves en aquellos hombres que en los puercos, si aquellos hombres, en medio de las calamidades, no fuesen ayudados de la Divina Providencia, porque más odio tienen a los hombres que a los seres irracionales. (San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 28,3)

Como decía al iniciar el texto, vivimos muy cómodos ajustando nuestra vida a nuestra voluntad humana. Esto es lo que nos venden como libertad, pero tan sólo es opcionalidad condicionada. Nos dicen que “ser libre” es cambiar de pareja sin pensar en nada más que en uno mismo. ¿Qué quieres casarte de nuevo? Seguro que se encuentra algo que lo haga posible o al menos, lo aparente.  Nos dicen que “ser libre” es no cargarse con hijos hasta que tengas toda la vida resuelta. Nos dicen que “ser libres” es abortar a un inocente cuando no nos parece que debamos ser padres. Nos dice que “ser libres” es definirnos a nosotros mismos según el gusto de cada momento. ¿Todo esto es libertad o mentiras cómplices? Recordar a la serpiente que susurró al oído de los primeros padres: ¿Queréis ser como Dios?

Para ser libres hay que unirse a la Voluntad de Dios, porque la Verdad es Quien nos libera del yugo de la mentira que nos destroza y deshumaniza.

Decir estas cosas, dentro y fuera de la Iglesia, es complicado. Fácilmente nos llamarán rigoristas, fariseos, etc. Si somos recurrentes, no mostrarán la puerta para que no molestemos. La sociedad y la Iglesia actual son de puertas abiertas, lo que conlleva aceptar las reglas para entrar y si no las aceptas, la puerta siempre está disponible para enviar lejos a quien viene de destrozar el “status quo”. Pero no hay que preocuparse, la profecía siempre conlleva rechazo por los partidos que están en el poder. Lo preocupante sería que no nos dijeran nada…

 

 

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