Jueves, 01 de octubre de 2020

Religión en Libertad

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Las tormentas de la vida

por Sólo Dios basta

Los santos saben mucho de tormentas, de noches, de pruebas en la fe. A fin de cuentas todo esto es una misma realidad, el paso de Dios por sus vidas para decir que quieren seguir sus pasos con todas sus consecuencias. Esto lo llevo a la oración en una noche preciosa del sábado al domingo. Es una noche de tormenta, de mucha agua, de muchos relámpagos que iluminan la noche. Es una maravilla impresionante ver desde la ventana del claustro carmelitano de Calahorra cómo en los inicios de la noche se pasa en segundos de la total oscuridad a una luz que llena toda la noche y permite contemplar entre una cortina de agua la espadaña de la iglesia que tengo frente a mi habitación. ¡Que belleza tan especial envuelta en agua, luz y presencia viva de Dios!

La presencia de Dios en la noche es potente, como la tormenta. Se ha suspendido la vigilia de la Adoración Nocturna al ir poca gente por la intensa lluvia, pero nadie impide que después de saborear un buen rato la tormenta, la noche y la luz baje a la capilla y allí tenga ese encuentro con el que está por encima de toda tormenta, con el Hijo de Dios vivo que quiere estar con nosotros para darnos todo. Todo se calma, llega el Rey, hay silencio, hay amor, hay presencia. Momentos de intimidad que abren el corazón para dejar que hable Él; ya lo ha hecho antes regalando esa escena preciosa, pero ahora Él mismo, en la custodia muestra todo su poder y gloria que nada tiene que ver con una tormenta que pasa y deja paso a la calma. Dios es tormenta y sosiego a la vez: es el poder de una tormenta que invade todo y que al mismo tiempo llena de la paz que da a un alma adorarle en mitad de la noche. Es algo que no tiene con qué compararse. ¡Adorar a Dios en la noche!

En la cuarta vigilia de la noche, como dice el evangelio del domingo (Mt. 14,22-33), cuando los discípulos van en la barca sacudida por las olas que provoca el viento contrario, aparece Cristo, su Maestro, su Señor. ¡Es lo mismo que vivo en esa tempestad nocturna! ¡Aparece mi Dios, mi Rey, mi Salvador! Se presenta, es Él, no hay miedo, hay confianza; pero no es lo mismo decir esto al resguardo de una capilla una vez pasada la tormenta que en plena marea, sin luz alguna mientras de repente alguien aparece sobre el agua. Cuando Dios se hace presente desaparece el miedo, ¡es Jesucristo!, el que nos da la paz, la firmeza y la seguridad si tenemos fe. Si no hay fe nos hundimos como San Pedro al ir hacia Jesús; podemos caminar sobre las aguas, pero con fe. ¡Sin fe no podemos dar ni un paso! Es el motor que nos empuja a dar un paso y otro y otro más. ¡Firmes en la fe! Y esa fe es la que da juego al diálogo entre los dos durante la noche mientras lo contemplo en la custodia. La fe en Cristo que da todo y que a la vez hace posible ver a todo un Dios poderoso vivo en un trozo de pan. No hace falta más: adorar, callar, amar, escuchar, hablar y dejarle hablar; todo esto durante la noche, cara a cara, experimentando una vez más que Dios habla en la noche.

No queda todo ahí, en la adoración de la noche, sino que el domingo por la mañana, en la eucaristía, resuena en mi interior todo lo vivido por la noche mientras leo el evangelio. Y volvemos a lo mismo, a tener fe, a confiar en Dios, a dar pasos hacia Él, sabiendo que nos tiende la mano para ir en su compañía a donde quiera llevarnos, sabemos que no tenemos mejor compañero de camino. De día es más fácil decirlo y vivirlo, pero de noche sucede lo mismo. Y no sólo en la noche física, sino también en la noche espiritual, la noche del encuentro y transformación del alma para unirnos a Dios.

Es un hecho, una realidad, un acontecimiento personal que se sigue repitiendo en la historia de la humanidad con aquellos que, como el apóstol San Pedro, dejan la barca y se echan al mar en medio de la noche. Precisamente el 9 de agosto la Iglesia celebra a una gran santa de nuestros tiempos, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, que tiene mucho que decirnos sobre este tema. Este año como cae en domingo no se celebra la fiesta litúrgica, pero nadie nos impide acercarnos a su vida, a sus escritos, a su alma y descubrir cómo vive momentos de tormentas, de lluvia, de noches, de dudas, de peligros, de vida entregada hasta darla del todo en el campo de concentración de Auschwitz. Toda su vida va de tormenta en tormenta, de noche en noche, de encuentro en encuentro.

Nace dentro de una familia judía, busca la verdad en los estudios de filosofía, llega a ser una competente profesora de esta rama del saber hasta que da un paso más en su vida buscando la verdad. Se encuentra con ella, se encuentra con Dios. Ella misma dice que “quien busca la verdad, sea o no consciente de ello, busca a Dios”.  En ese camino de búsqueda pasa por muchas tormentas, pero al final llega al encuentro con Dios donde todo se calma. Vamos a pensar en la tormenta interior que sufre cuando se da cuenta que la vida judía que ha llevado hasta que se encuentra con el Dios vivo y verdadero tiene que dejarla. Y lo que es más intenso aún, tener que comunicar a su familia, de hondas raíces judías, que renuncia a su cultura y su fe para abrazar otra cultura y otra fe muy distinta: la Iglesia católica. ¡Tormenta! ¡Truenos! ¡Relámpagos! ¡Disputas! ¡Enfrentamientos! ¡Batallas! Pero da el paso. Deja el pueblo judío sin abandonar el amor a su familia y a su pueblo para formar parte del catolicismo. Se bautiza, se confirma y de nuevo se prepara otra tormenta imponente: su entrada en el Carmelo Descalzo. Si algo se había serenado la situación familiar ahora todo vuelve a resonar, a tronar, a relampaguear. ¡Dejar el judaísmo y además hacerse monja de clausura! ¿Qué judío puede entender eso? ¿Y asumirlo? ¿Y no tener más remedio que aceptarlo?

Pues todo eso vive Edith Stein, la filósofa, la profesora, la mujer que busca la verdad y al final la encuentra con la ayuda de Santa Teresa de Jesús y decide seguir sus pasos. Decide saltar de la barca de su familia judía y lanzarse sin ningún miedo al plácido mar del Carmelo Descalzo para dejar de ser Edith Stein y convertirse en Teresa Benedicta de la Cruz. Apasionada por el amor de Dios y por una vida de retiro, oración y sacrificio da el paso firme. Y una vez dado no mira atrás, sigue adelante, ¡vive feliz como carmelita descalza! ¡Está en la Verdad! Las tormentas han cesado, pero por el horizonte asoma otra, la última de su vida, la que le lleve a seguir demostrando una vez más que pase lo que pase, hay que lanzarse al agua y caminar de la mano de Cristo para ir hasta lo más profundo, hasta el encuentro final con Él. Se complica la existencia para los judíos que viven en la Europa de mediados del siglo XX. Ella es carmelita descalza en el Carmelo alemán de Colonia, pero es judía. Los judíos comienzan a ser perseguidos. Ella reza, pasa por la noche una vez más, se empapa de las tormentas recias que arrecian contra su pueblo y sigue firme en su vocación. No duda, no se echa atrás, sigue adelante, con pie firme, con seguridad fundada, con amor entregado. Y llega el desenlace final, como muchos de sus hermanos de raza judía, termina montada en un tren de ganado camino de un campo de concentración. ¡Cuántos vagones! ¡Cuántas almas! ¡Cuántas tormentas! ¡Todo para un mismo fin! Morir de forma atroz, cruel, despiadada: muchos agotados por los trabajos inhumanos, otros como prueba de experimentos químicos, muchísimos como castigo por haberse escapado alguno. A todos ellos hay que sumar los que nadie podrá contar, los que son llevados a la ducha, pero no una ducha normal, sino a la cámara de gas. Entre estos últimos hemos de ver a esta judía que se convierte al cristianismo, que decide ser carmelita descalza y que en momentos tan amargos como éstos no duda de su fe, del Dios que le ha dado la vida y la vocación al Carmelo Descalzo y con el que ha pasado muchas tormentas.

Todo eso lo vive por dentro, lo reza y lo pone por escrito; sus obras nos llevan a vivir en la Verdad, en la fe y en Dios. Basta una muestra, uno de sus poemas, “La tempestad”, escrito dos años antes de entregar su vida como mártir de Cristo, donde nos resume todo lo dicho hasta ahora:

“Soy yo, no temáis”
- Señor, ¡cuán altas son las olas,
y qué oscura la noche!
¿No querrás iluminarla
para mí que velo solitaria?

- Mantén firme el timón,
ten confianza y quédate tranquila.
Tu barca es preciosa a mis ojos,
quiero conducirla a buen puerto.

Aguanta sin desfallecer
los ojos fijos en la brújula.
Ella ayuda a llegar al final
a través de noches y tempestades.

La aguja de la brújula de a bordo
se estremece pero se mantiene.
Ella te mostrará el cabo
a donde que quiero verte llegar.

Ten confianza  y quédate tranquila:
a través de noches y tempestades
la voluntad de Dios, fiel,
te guía si tu corazón está en vela.

 

Las noches y las tormentas forman parte del encuentro con Cristo que nos pide fe, confianza y seguimiento desde la verdad de nuestra vida. Por eso cada vez que se haga de noche o que las olas pongan en peligro la barca o que la tormenta descargue contra tu vida, es que ha llegado la hora precisa de acoger la oportunidad que Dios nos ofrece para vivir con pasión las tormentas de la vida.

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