Domingo, 24 de marzo de 2019

Religión en Libertad

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Rezar, mirar, escuchar

 

Aquel pintor, viejo amigo, no sabe que reza. Se maravilla ante los pinos y los cielos. Y cree en el Artista. ¿Admirar es rezar? Le digo que sí, porque admirar es agradecer y dar las gracias, propiamente, es cosa divina y para Dios.

Y el torturado escritor que no podía orar. "No puedo y no sé si quiero". Y así concentraba su rezo en el nombre de Jesús, lo que venía a ser, al mismo tiempo, un suspiro, una queja y un grito.

La chica seguía la Liturgia de las Horas con la mente y a la Virgen María con el alma. ¿O era con la imaginación? Vaya usted a saber; así que sufría por no rezar centrada en la Palabra y gozaba de vuelos a Tierra Santa. La loca de la casa. ¿Rezo, Señor? Oh, claro. Estás conmigo en cualquier mundo en el que estés. 

El mundo del infierno también es de Dios, naturalmente. El borracho reza lamentos y promete imposibles: "Te seguiré, no lo dudes, Cristo, te seguiré siempre. ¿Por qué me tienes así?" El borracho vomita demonios y los vuelve a ingerir con la siguiente botella. Está tan perdido que solo lo encuentra el Buen Pastor.

Reza también el que cree que no reza. Y no reza el que cree que reza mucho porque rezar mucho es como decir que uno es humilde. Nunca se reza mucho. Se reza siempre. El que reza mucho pone un muro entre su oración y su vida: paga poco al obrero, y roba el sudor ajeno. Roba mucho y reza mucho por su propia perdición. Pero tiene mayor culpa que el borracho porque cree que está sobrio y no sabe, infeliz, que no hay peor droga que el dinero.

Y están los que rezan y no lo saben. Bienaventurados los que rezan y no lo saben. Son espontáneos, "naturales" dirían los fariseos; son tan espontáneos, tan naturales, que no hacen cosas raras. Porque hay quien dice que no hace cosas raras y no deja de hacerlas ni siquiera cuando no hace nada. No hacer nada, algo tan sano y natural, les parece una cosa rara. También los hay más papistas que el Papa. Y otros hay que harían mejor papel de anglicanos y cismáticos.

(El que se de por aludido, aludido está. Y miren, no escribo ya, quizá nunca hice, para hacer amigos).

Un buen día les diré que sufren porque quieren, porque no confían en Dios, ni en los planes de Dios ni en la ayuda de los ángeles y de los santos. Todos Los Santos. A la Santísima Virgen la tienen de paño de lágrimas de cocodrilo, oh, qué penita, Virgencita, tu nombre tomado en vano tantas veces que no las recuerdo sin ruborizarme por los siglos. 

No confían y por eso les digo que no rezan, aunque recen mucho y muevan mucho los labios.

¿Quieren saber cuándo estarán rezando? El día en que la muerte, la pobreza, la debilidad y la nada bailen a su lado y ustedes las abracen con lágrimas en los ojos y digan con todo el corazón:

-¡Venid, amadas mías, venid y bailemos; venid y loemos al Señor, al buen Jesús y a su Santa Madre! ¡Venid oscuridades, uníos a la fiesta!

Y solo cuando la fiesta se haya convertido en calvario tenebroso habrán logrado ad-orar en espíritu y en verdad, hermanos. Pues no hay paz sin cruz, ni cruz sin tinieblas.

-Ni paraíso sin serpiente, querido borracho.

 

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