Viernes, 19 de julio de 2024

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Felipe III, el rey que no conoció la derrota

Felipe III, el rey que no conoció la derrota
Felipe III. Por Velázquez. 1534. Trece años después de muerto el Rey.

por En cuerpo y alma

 

            Le llaman “uno de los Austrias Menores”, por más señas, el primero. Mucho se habla de la historia, -no sé hasta qué punto legendaria-, según la cual su padre, Felipe II, habría dicho de él: “Dios que me ha obsequiado con el más grande imperio de la Tierra, no me ha dado un hijo para gobernarlo”. Se le reprocha reinar a través de validos, como si fuera el único rey que lo hubiera hecho. Y todo para lo de siempre: desmerecer la obra gigantesca de España a lo largo de la Historia. Porque Felipe de Habsburgo o Felipe de Austria, más conocido como Felipe III de España, -por cierto, Felipe II de Portugal, y Felipe II de Nápoles también-, fue un gran rey, exponente máximo de uno de los reinados más importantes no sólo de España, sino de la Historia, durante el que el poderío español brilló a la máxima altura, en un imperio en el que seguía sin ponerse el sol, con una preponderancia sobre el resto de las potencias europeas y mundiales que logró cotas verdaderamente insuperables.

             Hijo de Felipe II de España con su bella sobrina Ana de Austria, -a la que su hijo guarda un cierto parecido-, reina durante 23 años, desde 1598 en que muere su padre, hasta 1621, en que el que se muere es él, a la temprana edad de 42 años.

             Lo primero que se ha de decir sobre su reinado es que fue un reinado “pacífico” por comparación a los de su época y anteriores, tanto que algunos autores llegan a hablar de una auténtica “Pax Hispanica” implantada en Europa durante el mismo.

             En el campo exterior, la política de Felipe III registrará éxitos en todos los numerosos escenarios en los que España se hallaba implicada.

             El principal de todos tal vez sea el llamado “Tratado de Londres”, firmado en 1604 con la Inglaterra de Jacobo I, el cual pone fin a la larga Guerra Anglo Española de los Veinte Años, que había registrado episodios tales como los numerosos actos de piratería inglesa protagonizados por personajes como Hawkins o Drake, (que terminan pagando los dos con la vida su participación en ellos); el de la Gran Armada Española; el de la Contraarmada Inglesa, y varios otros. La Paz de Londres certificará un statu quo netamente favorable a España, que consigue tanto el final de las acciones inglesas de piratería, como el del apoyo inglés a los insurgente holandeses, así como la libre circulación por el Canal de La Mancha, tan importante para la monarquía española de cara a controlar el polvorín flamenco en el que tan implicada se hallaba.

            En Flandes, Felipe III hereda el escenario dejado por su padre, que de cara a pacificar la región, ha otorgado a las llamadas Provincias Unidas una monarquía independiente encarnada en las personas de Alberto de Habsburgo, primo de Felipe III, e Isabel Clara Eugenia, su hermana, pero defendida por los tercios españoles. Curiosamente, el reinado de Alberto será idéntico en fechas al de Felipe, desde 1598 hasta 1621, y durante él, se firma el Tratado de Amberes que propicia la llamada Tregua de los Doce Años, la cual proporciona un breve pero real remanso de paz en un escenario tan complicado como el flamenco, y un alivio para las arcas y las armas españolas.

             Los problemas internos que asuelan a Francia con el asesinato de Enrique IV, el primer Borbón, en 1610, la desvinculan del escenario internacional, para centrarse en su problemática interna, íntimamente relacionada con sus luchas de religión, en las que, para que quede claro el poderío de nuestro “Austria Menor”, Francia terminará incluso pidiendo auxilio a Felipe.

             En Italia, donde la monarquía española se halla presente tanto en el norte (Milán), como en el Sur (Nápoles y Sicilia), se aumentan las posesiones hispanas, cosa que acontece en el Milanesado con la incorporación de Finale y del Piombino. Y lo que no es menos importante: gracias a la construcción del Fuerte del Conde de Fuentes en la Valtelina, se asegura el llamado Camino Español, a través del reino de Saboya y del Franco Condado, con lo que se consiguen dos importantes objetivos: primero, mantener a Francia vigilada por el sur y por el norte; y segundo, posibilitar el tráfico de ejércitos hispánicos entre Italia y Flandes.

             En Africa también se registran significativos avances. En 1610, el sultán Mohammed esh-Sheikh el-Mamún, derrotado por su rival Mawlay Zidan Abu Maali, entrega a Felipe III Larache a cambio de su apoyo para recuperar el trono saadita. A ella se unirá, en 1614, La Mámora, nombre español de la Mehdía marroquí, permaneciendo ambas ciudades en poder de España hasta 1680, es decir, casi setenta años.

              Poco antes de producirse su muerte, Felipe III entra, aunque  tímidamente, en la que luego será conocida como Guerra de los Treinta Años, la cual empieza en 1618, durante su reinado, y termina en 1648, mucho después de su muerte, participando con el bando católico en el que militan el Imperio y la Liga Católica Alemana, en la gran victoria de la batalla de la Montaña Blanca contra los rebeldes protestantes bohemios.

             En el ámbito peninsular, su reinado se caracteriza por una prolífica acción fundacional de conventos y monasterios. Y sobre todo, por la expulsión, en 1609, de los moriscos, los trescientos mil que aún quedaban en España, secuela de la presencia islámica en la Península durante los siete siglos de la Reconquista, más el siglo y pico suplementario una vez que ésta se termina. Una expulsión que si bien tendrá para la economía española consecuencias no precisamente positivas, en el otro plato de la balanza va a suponer el logro definitivo de la ansiada unidad religiosa, algo que representaba el objetivo de cualquier estado de la época. Y ello con un coste social y político moderado, nulo en comparación con el que pagaban entonces otras potencias, Francia o el Imperio v.gr., por problemas similares, aunque no fuera con los musulmanes, sino con los protestantes.

             En el escenario de la España trasatlántica, no se puede olvidar que Felipe III de España, -que es también Felipe II de Portugal-, es rey de la práctica totalidad de América del Sur, lo que lleva el Imperio Español a su máxima dimensión territorial. Y aunque ya muerto Felipe III, al separarse la corona portuguesa en 1668, España pierda también el Brasil, en 1763, como colofón a la Guerra de los Siete Años, en tiempos ya de Carlos III, se ganará la Luisiana, recuperándose en el escenario americano una extensión algo inferior, pero igualmente gigantesca.

             Amén de ello, en su condición de rey de Portugal, Felipe funda en Brasil el estado de Maranhao, e inicia, incluso en detrimento del territorio que según el Tratado de Tordesillas correspondía a España, la exploración del interior del país, que llevará, con el tiempo, a la apertura de un camino que llegaba hasta las mismísimas minas de plata del Potosí.

             También durante el reinado de Felipe III se fundan hasta seis de las casi treinta universidades que abre España en América. A las que unir, por cierto, igualmente durante el reinado del tercero de los Felipes, la primera universidad de toda Asia, la Universidad de Santo Tomás, en Manila.

             Amén de ello, durante tan feliz reinado, se produce en una América del Norte en la que aún no se han instalado los ingleses, un considerable avance en la conquista y exploración de nuevos territorios en la parte norte de la Florida, descubierta por Ponce de León en 1513 y española desde entonces.

             El dominio del Pacífico, y hasta del Indico, con sus importantísimas rutas comerciales por los tesoros orientales que por ella se comerciaban es, durante el reinado de Felipe III, prácticamente completo, como consecuencia de la doble corona hispano-portuguesa que reposa sobre la cabeza del Austria Menor.

             Y por si todo ello fuera poco, tiene lugar durante su reinado la eclosión del primero de los siglos de oro de las ciencias, las artes y las letras españolas, con figuras como los literatos Cervantes, -que escribe las dos partes del Quijote reinando Felipe III-, Lope de Vega, Quevedo o Góngora; artistas como El Greco, Francisco Pacheco, Francisco de Herrera el Viejo, Velázquez, Pantoja de la Cruz o Martínez Montañés; la obra del filósofo y jurista Francisco de Suárez; la música de Tomás Luis de Victoria, etc. etc. etc.

             En el plano familiar, también sonríe el éxito a Felipe III, con ocho hijos fruto de su único matrimonio, el que le une a su prima segunda Margarita de Austria, de los cuales, cinco superarán la infancia, otros dos superarán el año de vida, y sólo uno muere durante el parto. Lo que representa toda una marca en la época que nos ocupa, y va a posibilitar una pacífica y serena transición al trono del que era el tercero de sus hijos y primer varón, el futuro Felipe IV.

             Y eso que era “un Austria Menor”… ¡que si llega a ser “mayor”! Así se escribe la Historia, sobre todo cuando es la de España.

             Felipe III; el rey que no conoció la derrota. Verdadero amo y señor de su época. Un auténtico "Rey Planeta".

             Que hagan mucho bien y que no reciban menos.

 

 

  

            ©Luis Antequera

            Si desea ponerse en contacto con el autor, puede hacerlo en encuerpoyalma@movistar.es.

 

 

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