Sábado, 25 de mayo de 2024

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Cuaresma 2023

Cuaresma: oración que se hace virtud

Cuaresma: oración que se hace virtud
Oración, alimento del ser

por La divina proporción

La Cuaresma nos recuerda la importancia de la oración para el cristiano. Cristo nos indica que no debemos de dejar pasar un segundo de nuestra vida sin orar.

Mas velad en todo tiempo, orando para que tengáis fuerza para escapar de todas estas cosas que están por suceder, y podáis estar en pie delante del Hijo del Hombre. (Lucas 21, 36)

Y les refería Jesús una parábola para enseñar les que ellos debían orar en todo tiempo, y no desfallecer,... (Lucas 18, 1)

Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. (Lucas 11, 9-10)

¿Por qué es tan importante orar? Hoy en día las comunicación es algo que nos rodea y hasta nos oprime. No llegamos a entender la razón para llamar a la puerta de Dios y ponernos a sus pies con humildad y sencillez. La oración es mucho más que un mensaje que se manda para que otra persona lo lea y nos responda. Orar es enlace, cercanía y comunicación con Dios. Si somos conscientes de qué significa "religión" (re-ligare, volver a unir), nos daremos cuenta que la unión y re-unión necesita de comunicación. La religión son formas comunes para vivir en oración constante, tal como nos solicita el Señor. Con la oración nos re-unimos con Él. San Juan de la Cruz nos ayuda con este entendimiento con un breve, pero profundo párrafo:

Para de veras encontrar a Dios no es suficiente orar con el corazón y con las palabras, ni aprovecharse de ayudas ajenas. Esto hay que hacer, pero, además, esforzarse lo que pueda en la práctica de las virtudes. En efecto, aprecia más Dios una acción que haga la propia persona, que otras muchas que otras personas hagan en su favor (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, 3, 2).

Prácticas las virtudes también nos lleva a re-unirnos con Dios. Es una forma expandida de oración. Podemos orar con las acción es practicas la virtudes. Pero ¿Qué son las virtudes? Miremos qué nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica sobre ello:

1833 La virtud es una disposición habitual y firme para hacer el bien.

1834 Las virtudes humanas son disposiciones estables del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe. Pueden agruparse en torno a cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

1835 La prudencia dispone la razón práctica para discernir, en toda circunstancia, nuestro verdadero bien y elegir los medios justos para realizarlo.

1836 La justicia consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido.

1837 La fortaleza asegura, en las dificultades, la firmeza y la constancia en la práctica del bien.

1838 La templanza modera la atracción hacia los placeres sensibles y procura la moderación en el uso de los bienes creados.

1839 Las virtudes morales crecen mediante la educación, mediante actos deliberados y con el esfuerzo perseverante. La gracia divina las purifica y las eleva.

1840 Las virtudes teologales disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto, a Dios conocido por la fe, esperado y amado por Él mismo.

1841 Las virtudes teologales son tres: la fe, la esperanza y la caridad (cf 1 Co 13, 13). Informan y vivifican todas las virtudes morales.

1842 Por la fe creemos en Dios y creemos todo lo que Él nos ha revelado y que la Santa Iglesia nos propone como objeto de fe.

1843 Por la esperanza deseamos y esperamos de Dios con una firme confianza la vida eterna y las gracias para merecerla.

1844 Por la caridad amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Es el “vínculo de la perfección” (Col 3, 14) y la forma de todas las virtudes.

Haciendo el bien, nos reunimos con Dios y establecemos un canal de comunicación efectivo. Clemente de Alejandría también nos habla de la necesidad de orar cómo y cuándo sea:

Se nos ha mandado venerar y honrar al Logos [Cristo], a nosotros, persuadidos por medio de la fe de que Él es Salvador y Guía, y por Él al Padre, no en días elegidos, como hacen otros, sino continuamente, durante toda la vida y de todas las formas posibles (...). De ahí que no en un lugar señalado, ni en un templo determinado, ni en fiestas y días prefijados, sino en toda la vida, el cristiano, ya esté él a solas, ya con otros de su misma fe, honra a Dios, es decir, le da gracias por el Conocimiento y por su forma de vida. (Clemente de Alejandría. Stromata VII, 7, 35, 1. 3).

Seamos realistas. En la vida cotidiana los espacios y momentos propicios para la oración son muy escasos. Cuando encontramos un momento, a veces, nos sentimos incapaces de hilar una simple frase de agradecimiento y/o de petición. Estas dificultades nos frenan y nos desalientan. Pareciera como que la oración que no sale de nuestra boca, fuese un fracaso. No lo pensemos, San Pablo lo deja muy claro:

Nosotros no sabemos orar como conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables (Rm 8,26)

Dejemos a un lado el desaliento a un lado. Oremos dejando que la Voluntad de Dios nos llene Abramos la puerta de nuestro ser. Cristo llama y espera que le abramos para cenar con nosotros: He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo. (Ap 3,20). Oremos haciendo el bien y siendo humildes testigos del Señor. El enemigo sabe muy bien que la desesperación y la frustración nos alejan de Dios. Sabe propiciar que la desesperación y la vacío de sentido, se incrusten en nuestro ser. ¿Pensamos esto? No pasa nada. Pensemos en que Cristo nos mira con misericordia y acepta que oremos de todas las formas posibles y en todos los lugares. El Señor incluso desea ser “importunado” por nuestras oraciones, como nos lo hizo saber en la parábola del juez injusto.

Oremos sin palabras. Hagamos presente a Dios incluso con el silencio.  Dejemos que el Espíritu Santo interceda por nosotros en el lenguaje que sólo Dios conoce y comprende. Dejemos que las virtudes sean nuestros gemidos inefables, nuestra voz sin palabras que se eleva a hasta lo alto.

Esto no excluye que busquemos momentos para la oración convencional. La oración de rodillas, que se expresa mediante las palabras que traducen deseo, amor y gemido al lenguaje humano. Incluso, cantando cuando sea posible. ¿Por qué no?

Yo siento que estas palabras santas sumergen mi espíritu, en una devoción más cálida cuando las canto, que cuando no las canto, porque todo movimiento del alma encuentra un matiz distinto en el canto o en la simple voz... (San Agustín, Las Confesiones, 10,33)

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