Lunes, 16 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

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Había una vez un monje y un libro

por La Columna del #CoronelPakez

El pequeño jardín circundado de edificios grises es un oasis en la ciudad ruidosa. 
Es un jardín privado, aislado del ajetreo de las calles por esos mismos edificios rectangulares a la moda de los años 70 del siglo XX.
 
Una especie de claustro urbano que el sol mima con delicadeza otoñal. 
 
El monje está sentado en el banco, frente al estanque de los nenúfares, frente a esas flores rojas que no sé nombrar. Frente a mí.
 
–Buenos días, joven.
 
–Buenos días. 
 
–Siéntese a mi lado –dice el monje.
 
–Sí.
 
–Ya tiene usted su libro. Y tiene remordimientos, ¿no es así? 
 
–Sí, señor.
 
–No pasa nada. Usted, como todos, es duro de mollera y duro de cerviz, en el sentido bíblico, ya sabe. Escuche con toda la atención que pueda prestar a quien usted, en el fondo, cree que es un fantasma. No lo soy, pero no es mi misión convencerle, solo hablarle. 
Que el libro esté a la venta es cosa del buen Dios. Que se venda, también. Que haga bien a pocas o muchas almas, y de qué modo, también. No sufra por eso. Tampoco sufra porque el demonio le sugiera que usted me ha utilizado para conseguir fama y ventas a mi costa: el demonio es astuto, y el porcentaje habitual de egoísmo y vanidad que nos es propio lo convierte satán en una enorme sombra amenazante. Piénselo: no hay un solo acto humano químicamente puro y bueno. La mancha del pecado original se extiende de lo que somos a lo que hacemos, no puede ser de otra forma. Actuamos mal y manchamos el asfalto porque nuestro motor, como los viejos coches, pierde aceite. Por otra parte, ¿usted cree que todo lo que escribí es original del pobre monje que soy? No. Intenté, a través de la oración y de pequeños sacrificios, ensanchar la ventana de mi alma que transparentaba al buen Dios: ventana estrecha como la de un muro románico, y sucia. Puse el empeño que pude en limpiarla y hacer obras de ampliación. No sé si lo conseguí. Dios utiliza ventanas muy diversas para hacerse ver... Es tan juguetón... Oh, sí, claro, los libros son una ellas y estas flores rojas y aquel señor que cuida al anciano... No sufra.
 
–Me han dicho que eso que dice usted "parece fácil". Y me han dicho que deje pasar años de anhelo y espera antes de tomar grandes decisiones.
 
–Lo sé. 
 
–¿Lo sabe?
 
–Claro, estoy en su presente. Bueno, en el presente infinito de Dios. Algún día lo verá, tampoco se preocupe de eso ahora. Sus amigos tienen razón porque ellos mismos han sido pequeños rayos de Luz que se han filtrado entre las persianas sombrías de otras ventanas. "Parece fácil" quiere decir que no lo es. Parece fácil pintar como Velázquez porque la genialidad estriba muchas veces en hacer que parezca fácil aquello que es muy difícil. Y no, no es fácil. 
"Parece fácil" no es exacto: lo correcto es decir "es imposible". Es imposible soportar un dolor inhumano sin la fuerza que viene de lo alto, la fuerza del Espíritu. Que se reconozca esta ayuda o no, ni tiene importancia -de momento-, ni resta eficacia a la ayuda sobrenatural. Es imposible convivir con la muerte de un ser querido sin el don de fortaleza que da el Espíritu Santo, como dicen en la Iglesia de la tierra (en la del Cielo no se dice nada, porque no hay necesidad: se ve). ¿Comprende?
 
–Creo que sí.
 
–Ahora vamos con el anhelo y la espera. Supongo que habrá adivinado ya que su amigo le habla de la paciencia, "sed pacientes en la tribulación" dijo el impaciente de San Pablo. Se lo pondré más fácil: en el mundo de los negocios, a mayor riesgo corresponde una mayor ganancia. Llevado al extremo, sería lo de perder todo o ganar todo. Bien. La importancia de las decisiones está directamente relacionada con el tiempo que necesitamos para tomarlas. Me voy al extremo de nuevo, pero real como la vida: el Hijo tardó 33 años en tomar la decisión y asumir las consecuencias de morir por salvar a los hombres. Es más, en el tiempo de descuento casi se echa atrás. 
Pero dijo, finalmente, que no se hiciera su voluntad, sino la del Padre, Su Padre y el nuestro. Aquel "sí" fue menos diáfano que el de la Virgen María aceptando un embarazo no deseado del propio Dios. Fue un "sí", el de Cristo, angustiado hasta el sudor de sangre y el pánico a la muerte violenta. Su amigo sabe de qué habla. 
La paciencia es el camino; y el Paciente por excelencia es Jesucristo. Tiene usted buenos amigos.
 
–Sí, señor.
 
–Bien. Usted puede irse en paz ahora. Yo me quedaré un rato más aquí, se me ha concedido. Se me ha concedido rezar como cuando estaba en este mundo. Lo añoraba. Añoraba esa oscuridad de la fe, no solo por el mérito que tiene rezar sin ver -y cuya medida inmensa desconocemos- sino porque nuestra naturaleza espiritual echa de menos, mucho, este planeta atormentado, esta tierra. ¿Por qué cree que Jesús se quedó con nosotros, aquí abajo, hasta el fin de los tiempos? ¡Ah! Se lo diré: una vez hecho hombre no pudo olvidar que lo fue, que lo es; sentía tan profunda añoranza de este mundo que eligió quedarse en el Sagrario, y venir cada vez que un sacerdote consagra en la Eucaristía. Esto de la resurrección de la carne, de nuestros cuerpos, es el regalo del Padre al Hijo único enamorado de los hombres. ¿Cristo está solo en el Sagrario?Bueno, no exactamente. 
Está tan contento de estar ahí, que se impacienta por abrazarnos y poder contarlo a sus amigos. Dígaselo a todo el mundo y ¡déjense abrazar por Él, se lo ruego!
 
–Sí, sí... Y no sale del Sagrario para no matarnos de ternura, ¿no? 
 
–Eso es. "Nadie puede ver a Dios sin morir..." de amor, diría yo. Pero le esperan a usted. Adiós. Gracias por el libro.
 
–No, gracias a usted.
 
–Gracias a usted, joven. Una de las gozosas ocupaciones en el Cielo es estar SIEMPRE dando gracias. Dios le bendiga. No se atormente en exceso.
 
El monje, esta vez, sigue ahí. Me saluda. Lleva el libro, su libro, en la mano. Y sonríe con picardía.
 
–Sean buenos, si pueden.
 
 
 
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