Miércoles, 08 de abril de 2020

Religión en Libertad

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Santificado sea tu nombre

por Creo, Señor, aumenta mi fe

La oración del Padrenuestro tiene dos partes. La primera está centrada en las peticiones para la glorificación del Padre, la segunda en nuestras necesidades. Estas dos facetas de complementan en toda plegaria también en la oración cristiana. “Está aquí la matriz de toda oración cristiana -diría de toda oración humana- que está siempre hecha, por un lado, de la contemplación de Dios, de su misterio, de su belleza y bondad, y de otro, de sincera y valiente petición de lo que necesitamos para vivir, y vivir bien. Así, en su simplicidad y en esencialidad, el ‘Padrenuestro’ educa a quienes ruegan multiplicando palabras vanas, porque como dice el mismo Jesús, ‘vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo’. Cuando hablamos con Dios, no lo hacemos para revelarle lo que tenemos en nuestros corazones: ¡Él lo sabe mucho mejor! Si Dios es un misterio para nosotros, en cambio, no somos un enigma para sus ojos. Dios es como esas madres a las que les basta una mirada para entender todo de sus hijos: si están contentos o están tristes, si son sinceros u ocultan algo… El primer paso en la oración cristiana es, por tanto, la entrega de nosotros mismos a Dios a su Providencia… Y es precisamente esta confianza la que nos hace pedir lo que necesitamos sin afán ni agitación”.

La entrega a la Providencia divina esa en la base de toda oración cristiana. Tú sabes lo que me conviene; Tú eres mi Padre.

Quien se entrega a su Providencia paternal desea que sea conocido y amado sobre todas las cosas. Que su nombre, su Persona sea santificada. "En esta petición –la primera, ¡Santificado sea tu nombre!- se siente toda la admiración de Jesús por la belleza y grandeza del Padre, y el deseo de que todos lo reconozcan y lo amen por lo que realmente es. Y al mismo tiempo, esta súplica de que su nombre sea santificado en nosotros, en nuestra familia, en nuestra comunidad, en el mundo entero. Es Dios quien nos santifica, quien nos transforma con su amor, pero al mismo tiempo también somos nosotros quienes, a través de nuestro testimonio, manifestamos la santidad de Dios en el mundo, haciendo presente su nombre. Dios es santo, pero si nosotros, si nuestra vida no es santa, hay una gran incoherencia. La santidad de Dios debe reflejarse en nuestras acciones; no esto no vale. Esto también hace daño, esto escandaliza y y no ayuda”.

La santidad, si es verdadera, siempre tiene repercusiones externas. Se cumplió en Jesús, y se cumple en los santos: “La santidad de Dios es una fuerza en expansión, y nosotros le suplicamos para que rompa rápidamente las barreras de nuestro mundo. Cuando Jesús comienza a predicar, el primero en pagar las consecuencias es precisamente las barreras de nuestro mundo. Los espíritus inmundos imprecan: ‘¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: ¡el Santo de Dios!' Nunca se había visto una santidad semejante: no preocupada por ella misma, sino volcada hacia el exterior. Una santidad –la de Jesús- que se expande en círculos concéntricos, como cuando arrojamos una piedra en un estanque. El mal tiene los días contados, el mal no es eterno, el mal ya no puede hacernos daño: ha llegado el hombre fuerte que toma posesión de su casa. Y este hombre fuerte es Jesús, que nos da a nosotros también la fuerza para tomar posesión de nuestra casa interior”.

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