Miércoles, 11 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

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Sobre Voltaire y Tierno Galván, dos feroces enemigos de la fe

por Isabel Warleta

Escribir sobre la fe y la conversión te hace plantearte cosas que de otra manera no te plantearías, o al menos no con la asiduidad con la que lo hago ahora. A ello se une la dificultades por las que está pasando la Iglesia Católica hoy día, lo que no es otra cosa que la demostración de que el enemigo anda revuelto y le encanta crear división, sobre todo cuando podemos comprobar que el Espíritu Santo anda realmente ajetreado moviendo corazones.

Por ello me dio por pensar que ante la fe caben varias posturas por parte de los creyentes: los hay que creen por fe pura y dura, para algunos se trataría de la “fe del carbonero” pero personalmente me merece todos los respetos; otros apoyan esa fe en la razón, pero la compaginan con la aceptación de que el Misterio es el Misterio y mucha parte de su vida como creyentes la apoyan en la sola fe; y en tercer lugar tenemos aquellos que a todo quieren dar una conclusión “razonada”, que me expliquen a mí cómo puedes llegar a explicar la Trinidad por la sola razón, o más aún, ¿cómo puede alguien explicar que Dios se hizo Hombre y murió en una Cruz por nosotros? No hay manera razonable. Últimamente estoy leyendo cosas de apologetas de la Iglesia que debo reconocer que me dejan perpleja, porque detrás te tanto razonamiento, legalidad, teología, filosofía,... Cristo no aparece por ningún lado. Y ese es el peligro, si Cristo no está ¿de qué va esto? Otro peligro es que todo aparece deshumanizado, parece que los que formamos parte de la Iglesia no somos humanos, tenemos que ser seres perfectos, sin pobrezas, cuando Cristo dijo que Él había venido a los pecadores; los perfectitos no le necesitan, ya son perfectitos pero sin Cristo porque, repito, no le necesitan. Deberíamos estar despiertos ante esto, porque la verdad es que tanto racionalismo enfría más corazones de los que ilumina, espanta más que atrae.

Hoy sin embargo vengo a hablar de dos personalidades históricas que durante la mayor parte de su vida rechazaron a Cristo, y lo hicieron de manera ostensible pero que, llegado el momento de la muerte, dieron el paso a la reconciliación con el Señor. Son dos casos radicales, a los que no se ha dado publicidad porque no interesa, pero uno de ellos lo dejó por escrito, incluso llegó a publicar su profesión de fe y a pedir perdón a la Iglesia por su postura beligerante durante toda su vida.

El primero es uno de los padres de la Ilustración: Voltaire, feroz anticatólico durante toda su vida, uno de los padres del pensamiento moderno que nos ha llevado al actual relativismo, aquel que puso las bases para que otros afirmaran que Dios había muerto. Pues bien, al final de su vida acudió a la reconciliación, según los estudios publicados por Carlos Valverde en 1989 y para lo que dio suficiente información como para confirmar lo que decía. No solo eso, sino que dejó su profesión de fe por escrito y lo hizo publicar en su revista “Correspondance Littérairer, Philosophique et Critique” poco antes de morir.

El segundo caso es el de Enrique Tierno Galván, muchos ya habíamos escuchado sobre su deseo de reconciliación pero no teníamos datos concretos. Pues bien, el periódico El Mundo publicó hace unos años un reportaje sobre la habitación en la que murió Tierno Galván (en la que habían estado otros personajes conocidos) y recurre al testimonio de la monjita que cuidaba a los pacientes para confirmar dichos pasos hacia la Iglesia por parte del Viejo Profesor. Uno puede creerlo o no, pero hay datos que parecen confirmar este extremo al que éste diario da publicidad (y no se puede decir que el diario El Mundo tenga un interés especial por favorecer a la Iglesia, pero muchas veces simplemente se muestra riguroso).

Ahí quedan estos dos testimonios, espero que os gusten o, al menos, que os sorprendan.


El testimonio de Tierno Galván lo podéis encontrar en:
http://www.elmundo.es/suplementos/cronica/2009/695/1234047607.html

El testimonio de Voltaire os lo trascribo tomado de:

http://lasbodasdecana.wordpress.com/2007/05/16/voltaire-y-otros-feroces-contras-de-la-iglesia-murieron-catolicos/

Aunque el artículo original se publicó en el Diario Ya en 1989.

UN 30 DE MAYO DEL AÑO 1778

La investigación de documentos antiguos siempre depara sorpresas. La última me ha salido al paso mientras hojeaba el tomo Xll de una vieja revista francesa, Correspondance Littérairer, Philosophique et Critique (17531793), monumento inapreciable y riquísimo para conocer el siglo de las luces y los comienzos de la gran Revolución.
Todos sabemos quién fue Voltaire: el peor enemigo que tuvo el cristianismo en aquel siglo XVIII, en el que tantos tuvo y tan crueles. Con los años crecía su odio al cristianismo y a la Iglesia. Era en él una obsesión. Cada noche creía haber aplastado a la infame y cada mañana sentía la necesidad de volver a empezar: el Evangelio sólo había traído desgracias a la Tierra.

Manejó como nadie la ironía y el sarcasmo en sus innumerables escritos, llegando hasta lo innoble y degradante. Diderto le llamaba el anticristo. Fue el maestro de generaciones enteras incapaces de comprender aquellos valores superiores al cristianismo, cuya desaparición envilece y empobrece a la humanidad.
Pues bien, en el número de abril de 1778 de la revista francesa antes citada (páginas 87-88) se encuentra uno nada menos que con la copia de la profesión de fe de M. Voltaire. Literalmente dice así:
«Yo, el que suscribe, declaro que habiendo padecido un vómito de sangre hace cuatro días, a la edad de ochenta y cuatro años y no habiendo podido ir a la iglesia, el párroco de San Sulpicio ha querido añadir a sus buenas obras la de enviarme a M. Gautier, sacerdote. Yo me he confesado con él y, si Dios dispone de mí, muero en la santa religión católica en la que he nacido esperando de la misericordia divina que se dignará perdonar todas mis faltas, y que si he escandalizado a la Iglesia, pido perdón a Dios y a ella.»

Firmado: Voltaire, el 2 de marzo de 1778 en la casa del marqués de Villete, en presencia del señor abate Mignot, mi sobrino y del señor marqués de Villevielle. Mi amigo».

Firman también: el abate Mignot, Villevielle. Se añade: «declaramos la presente copia conforme al original, que ha quedado en las manos del señor abate Gauthier y que ambos hemos firmado, como firmamos el presente certificado. En París, a 27 de mayo de 1778. El abate Mignot, Villevielle».

Que la relación puede estimarse como auténtica lo demuestran otros dos documentos que se encuentran en el número de junio de la misma revista -nada clerical, por cierto,- pues estaba editada por Grimm, Diderot y otros enciclopedistas.

Voltaire murió el 30 de mayo de 1778. La revista le ensalza como «el más grande, el más ilustre, quizá, ¡ay!, el único monumento de esta época gloriosa en la que todos los talentos, todas las artes del espíritu humano parecían haberse elevado al más alto grado de perfección»

La familia quiso que sus restos reposaran en la abadía de Scellieres. El 2 de junio, el obispo de Troyes, en una breve nota, prohibe severamente al prior de la abadía que entierre en sagrado el cuerpo de Voltaire. El 3 responde el prior al obispo que su aviso llega tarde, porque -efectivamente- ha sido enterrado en la misma abadía.

La carta del prior es larga y muy interesante por los dalos que aporta. He aquí los que más nos interesan ahora: La familia pide que se le entierre en la cripta de la abadía hasta que pueda ser trasladado al castillo de Ferney. El abate Mignot presenta al prior el consentimiento firmado por el párroco de San Suplicio y una copia -firmada también por el párroco- «de la profesión de fe católica, apostólica y romana que M. Voltaire ha hecho en las manos de su sacerdote, aprobado en presencia de dos testigos, de los cuales uno es M. Mignot, nuestro abate, sobrino del penitente, y el otro, el señor marqués de Villevielle (…) Según estos documentos, que me parecieron y aún me parecen auténticos -continúa el prior-, hubiese creído faltar a mi deber de pastor si le hubiese rehusado los recursos espirituales (…) Ni se me pasó por el pensamiento que el párroco de San Suplicio hubiese podido negar la sepultura a un hombre cuya profesión de fe él había legalizado (…). Pienso que no se puede rehusar la sepultura a cualquier hombre que muera en el seno de la Iglesia (…) Después de mediodía, el abate Mignot ha hecho en la iglesia la presentación solemne del cuerpo de su tío. Hemos cantado las vísperas de difuntos; el cuerpo permaneció toda la noche rodeado de cirios. Por la mañana, todos los eclesiásticos de los alrededores (…) han dicho una misa en presencia del cuerpo y yo he celebrado una misa solemne a las once, antes de la inhumación (…) La familia de M. Voltaire partió esta mañana contenta de los honores rendidos a su memoria y de las oraciones que hemos elevado a Dios por el descanso de su alma. He aquí los hechos, monseñor, en la más exacta verdad».

Así parece que pasó de este mundo al otro aquel hombre que empleó su temible y fecundo ingenio en combatir ferozmente a la Iglesia.

La Revolución trajo en triunfo los restos de Voltaire al panteón de París -antigua iglesia de Santa Genoveva-, dedicada a los grandes hombres. En la oscura cripta, frente a la de su enemigo Rousseau, permanece hasta hoy la tumba de Voltaire con este epitafio:
«A los Manes de Voltaire. La Asamblea Nacional ha decretado el 30 de mayo de 1791 que había merecido los honores debidos a los grandes hombres».

Carlos VALVERDE
Catedrático de Filosofía
Publicado en YA, día 02/06/1989
Tomado de Arvo.net



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