Sábado, 18 de septiembre de 2021

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La Napro y la Teología del cuerpo

por Cocreadores

Quiero hablaros hoy de la íntima relación de la Naprotecnología con la Teología del Cuerpo, como una continuación de la entrada anterior.

Durante muchos siglos, las relaciones entre hombre y mujer se consideraban, para la Iglesia, como un mal menor que debía ser solucionado con el contrato matrimonial. La vocación al matrimonio parecía algo bastante inferior a la vida consagrada y, la santidad (salvo excepciones) estaba reservada a aquellos que vivían el celibato. Esto empieza a cambiar en la segunda mitad del siglo XX, sobre todo con el Concilio Vaticano II. Ya los últimos papas empiezan a mirar el sacramento del matrimonio de otra manera, es un camino al cielo que había quedado un poco olvidado.

El papa San Pablo VI da un paso decisivo con la Encíclica Humanae Vitae. Fue un profeta que nos anunció la verdad defendiendo la santidad del matrimonio. Se ganó una buena cantidad de enemigos tanto dentro como fuera de la Iglesia, eligió el camino de la Cruz, el camino de Cristo. Después de esta, no volvió a escribir ninguna encíclica más.

Pero el Papa que dio un fundamento teológico más profundo al matrimonio va a ser San Juan Pablo II. Con sus Catequesis sobre el amor humano que fue dictando poco a poco en las audiencias semanales durante los años 80 (desde el 5 de septiembre de 1979 al 28 de noviembre de 1984); va a ir hilando una parte fundamental de su magisterio. Fue como una lluvia fina que iba impregnando la Iglesia. Empezaba la contrarrevolución mirando a “los orígenes”, es decir, volviendo al Génesis, a ese ideal que tenía el Señor para nosotros cuando nos crea hombre y mujer.

Durante varios años el Papa va desgranando con una belleza que sorprende el significado y la profundidad que tiene el Sacramento del Matrimonio, sería muy largo que os hablara sobre todo ello. Hablará en sus catequesis de lo que él denomina la “Teología del Cuerpo”. Es muy difícil hacer una síntesis de lo que nos contó durante 129 catequesis. Lo importante es tener una visión general: ya desde las primeras el Papa nos habla de la creación del hombre, del amor que pone el Señor en su criatura, de cómo Dios nos crea hombre y mujer en igualdad de condiciones, a su imagen y semejanza. De cómo nos crea como ayuda adecuada el uno para el otro, de cómo nuestro cuerpo nos habla de esa grandeza que es la unión y complementariedad: mi ser está diseñado para entregarse al otro en cuerpo y alma y no somos completados hasta que nos damos. Porque el ser humano es un ser relacional, llamado al amor, a la entrega. Que hermoso es leer en el Génesis cómo se sorprende Adán cuando contempla a Eva por primera vez, esa exclamación que es una gran declaración de amor: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!”. Adán es feliz, ahora ya no le falta nada.

El matrimonio nos hace felices, nos completa, nos plenifica, si lo vivimos “como Dios manda”, ¡Como todo! El problema es que se ha contaminado, lo hemos ensuciado, no lo vivimos en santidad. Ese contrato matrimonial que hacemos entre nosotros, también lo hacemos con el Señor y así, debemos vivirlo a tres: nosotros dos con la ayuda inestimable del Señor, confiando en que él nos va a sostener, en que él va a regalarnos la vida, si nos abrimos a ella.

Cuando usamos medios anticonceptivos artificiales nos vamos alejando de Dios y rompemos la alianza que él firmó con nosotros y que nos iba a llevar a la felicidad. Esto lo explican muy bien Scott y Kimberly Hahn en su libro “Roma, dulce hogar”. Separando los significados unitivo y procreativo del acto conyugal… manchamos este y deja de ser un camino de santidad: porque es una forma de decirle a Dios: mira, no te necesito, ya no cuento contigo, me sobras, yo tomo las decisiones y tú no tienes nada que decir en mi vida. Es como cuando Adán y Eva mordieron la manzana, queriendo ser como Dioses. Tomamos las riendas de nuestra vida y no le dejamos actuar. Somos nuevos dioses.

Todo esto lo entendió muy bien Thomas Hilgers, y quiso hacer de la Teología del Cuerpo una bandera, y así se lo hizo saber al Papa en una preciosa carta que le escribía:

“Durante estos años, en los que hemos conducido nuestra investigación y desarrollo de nuestros programas educativos, has enseñado de una forma históricamente extraordinaria. Sus audiencias semanales de principios de los años 80, que respondían a la enseñanza de la Humanae Vitae con el desarrollo de la "Teología del cuerpo", se basaban en el relato del Génesis de que hemos sido formados "a su imagen y semejanza".

En realidad, hemos tenido el privilegio de estudiar a las mujeres y a los matrimonios en las etapas de procreación que existen antes, durante y después de la concepción. Hemos tenido el privilegio de observar la salud de la mujer tanto desde la perspectiva tradicional como desde la nueva perspectiva del Modelo Creighton. Hemos podido aplicar estrategias que han mejorado nuestra capacidad para evaluar los problemas médicos que puedan existir y, posteriormente, tratarlos.

Nuestro trabajo, nos hemos dedicado a realizarlo completamente dentro del contexto de la enseñanza católica. Esta ha sido nuestra guía y nuestro faro. Lo hemos hecho sin disculparnos y sin avergonzarnos. Hemos avanzado con audacia y, a veces, con grandes dificultades, porque la sociedad contemporánea todavía no entiende lo que la Iglesia intenta decir.

A mi esposa le gusta decir que durante los últimos 25 años hemos estado probando las enseñanzas de la Iglesia y durante esos mismos 25 años hemos comprobado cada vez más el éxito que pueden tener para la gente real. Aunque a menudo se ridiculiza a la Iglesia por su posición sobre la anticoncepción, la esterilización, el aborto y la fecundación in vitro (y otras tecnologías reproductivas artificiales), hemos demostrado que estas enseñanzas son superiores a esos enfoques reproductivos artificiales y que mantienen la integridad moral de la propia toma de decisiones, la dignidad de la persona humana y la integridad del matrimonio y la familia.

Como científico me he guiado completamente por las ideas filosóficas y teológicas de la iglesia y han dirigido mis esfuerzos y los de mis colegas. Creo que la Naprotecnología es la encarnación en un sentido práctico y cotidiano y desde una perspectiva médica y sanitaria de la Teología del cuerpo en la práctica real. Ha sido un honor y un privilegio llevar a cabo esta investigación y compartir estas ideas con usted.

Todos deseamos agradecerle mucho su extraordinario liderazgo durante el tiempo de su pontificado y por haber sentado las bases y los cimientos del futuro de la Iglesia y del futuro de la humanidad. No tenemos ninguna duda de que esto encontrará su lugar adecuado dentro de la humanidad y aumentará la capacidad de la persona humana para amar y ser amada, para compartir y servir, para evangelizar en un mundo que sufre profundamente y para amar de formas que no hemos podido hacer en el pasado. Les agradecemos su liderazgo y agradecemos a la Iglesia su liderazgo durante estos siglos y milenios. Esperamos que, de alguna manera, este trabajo contribuya a reforzar la confianza que la Iglesia pueda tener en este notable empeño. Y rezamos para que Dios esté con usted y con todos los que están directamente asociados a usted de una manera muy especial en este momento”.

Hablar del matrimonio es una maravilla, pero vivirlo también. He oído muchas veces que es muy difícil el camino de la vida conyugal, yo creo que es difícil cuando lo vivimos sin Dios, con nuestras propias fuerzas, como todo en la vida, si nos apoyamos en Cristo es mucho más liviano. Ya lo dijo él: “Venid a mí los que estéis cansados y agobiados que yo os aliviaré”. Y Cristo siempre cumple lo prometido. Nunca nos engaña, nos engañamos nosotros mismos creyendo que podremos hacer las cosas sin él.

Una vez más me siento conmovida por como Dios actúa a través de su Iglesia, como el hombre es capaz de escuchar la voz del Señor que le mueve a no quedarse impasible ante la realidad que le rodea. Es un camino que nos llena de esperanza ante lo que vemos alrededor, esa “cultura de la muerte”, como decía Juan Pablo II, no tendrá la última palabra. Es el Amor de Dios el que, de nuevo, ganará la batalla.

 

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