Jueves, 23 de septiembre de 2021

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En tierra de lobos

En tierra de lobos

por Sólo Dios basta

Pasear por el monte es algo que ensancha el alma, renueva la vida y hace mirar todo de otro modo. La montaña es un lugar muy especial para encontrarse con Dios a solas o en grupo. La grandeza de las peñas escarpadas, la frescura de los arroyos que corren por el fondo y la calma singular de los prados de alta montaña hacen que uno quiera adentrarse en la espesura de un bosque o contemplar desde lo alto de un puerto el pueblo que te espera a la vuelta del paseo o entablar diálogo con un pastor que cuida su rebaño donde el silencio sólo se rompe por las esquilas del ganado.

Momentos así dan para mucho, se aprende a vivir de otra manera al ver que todo cambia cuando tu quehacer es cuidar de unos animales que son el sustento de tu familia. Es la vida del pastor, ya sea de ovejas, cabras o vacas. Son hombres recios, curtidos por el frío cierzo de la montaña en el invierno y por la dureza del lugar de trabajo. Es una vida que pocos conocen de verdad. Se aprende mucho de ellos. Tienen mucha experiencia y saben mirar el horizonte como pocos.

Ahora están revueltos porque su enemigo, el lobo, ha ganado una batalla que llevaba años abierta: ¿se pueden cazar lobos? Hace pocos días se ha prohibido totalmente la caza del lobo. Ya no se pueden hacer batidas para controlar la población de modo que haga menos daño a los rebaños que dan de comer a muchas familias de ganaderos. Cada vez es menor el número de aquellos que quieren vivir este oficio. Con esta nueva norma serán muchos menos aún. Han perdido una defensa natural contra su modo de vida que supone la permanencia de vecinos en pueblos de montaña donde apenas hay más trabajo posible que éste. Una labor que mantiene los caminos internos de los montes limpios para evitar incendios y que enseña a vivir cuidando siempre de su rebaño.

El lobo asalta los rebaños, esto no es un cuento ni una leyenda ni algo que puede ponerse en duda. Es una cruda realidad que está ahí sobre la mesa y no se puede negar. Los pastores protegen a sus ganados frente a los lobos, pero si éstos no tienen nadie que los pueda controlar el problema es muy serio. No se puede cazar a los lobos y ellos tienen que seguir viviendo mientras sufren los ataques. Siempre han existido y la convivencia ha sido dura. Ahora veremos qué sucede cuando empiecen a tomar zonas cercanas a las poblaciones y se acostumbren a tener inmunidad total para poder hacer cualquier fechoría. Desaparece el freno que siempre ha existido, la caza natural controlada, la defensa de la supervivencia de un oficio que no se tiene en cuenta y del que hay mucho que aprender.

Todo esto se puede escribir tras dialogar sobre el tema desde hace años y en muchas ocasiones con ganaderos del Alto Najerilla, más arriba del monasterio de Valvanera, en el extremo suroccidental de la sierra riojana. Una zona preciosa, llena de vida en verano, pero que en los largos y duros inviernos apenas nadie pisa las calles de estos pueblos salvo aquellos que han nacido allí y no quieren dejar su pueblo o los que todavía mantienen vivo este oficio ancestral. 

He paseado mucho por esos montes. En cuanto puedo me escapo a disfrutar de esos rincones donde hago vida el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz. Desde chaval he pasado varios días del verano en Brieva de Cameros por esos montes y riberas, por esos bosques y espesuras,  por esas cristalinas fuentes, por esos valles solitarios nemorosos, por esos lugares de encanto que mi Padre San Juan de la Cruz describe en su obra cumbre y que leo, saboreo y hago mía cada vez que sin prisa alguna subo hacia “El Congosto” o más arriba, hasta “La Mina”, o a “La Fuente Turrurías”, o más allá de las “Pozas de Linazas”, o por “El Palo” hacia Ventrosa, o al “Pico la Portilla” o a la misteriosa “Cueva Covaruña”. Son lugares para perderse de verdad y encontrarse con Dios a solas en el silencio o como dice San Juan de la Cruz en esa “soledad sonora”. ¡Aquí se entiende todo el Cántico a la perfección! ¡Se vive! ¡Se experimenta! ¡Se goza! ¡Se clama! ¡Se toca a Dios!

Por estos lugares  pastan ovejas, cabras, vacas, caballos y también se ven otros animales salvajes como zorros, aves diversas de todo tipo, ciervos y lobos. De todos ellos nos habla el Cántico. El lobo también se hace presente en el Cántico, y precisamente no de una manera amistosa sino todo lo contrario, con toda la dureza de lo que supone para los pastores. ¡El lobo es el demonio! Cuando comenta la segunda estrofa donde dice “Pastores, los que fuerdes; allá por las majadas al otero” lo deja todo bien claro. ¡Mucho cuidado con el lobo!: “También se pueden entender estos pastores del alma por los mismos ángeles; porque no sólo llevan a Dios nuestros recaudos, sino también traen los de Dios a nuestras almas, apacentándolas, como buenos pastores, de dulces comunicaciones e inspiraciones de Dios, por cuyo medio Dios también las hace, y ellos nos amparan y defienden de los lobos, que son los demonios” (Cántico espiritual 2,3).

No se anda con rodeos fray Juan de la Cruz. Los pastores protegen las almas de los lobos. Los ángeles nos preservan de los demonios. Unos optaron por dar gloria a Dios y otros por negarse a ello y querer que los hombres entremos en su oscuro mundo. Los ángeles buscan el día y los demonios la noche. Los hombres elijen también por dónde quieren caminar. La luz ayuda a vivir en paz, las tinieblas complican la existencia. Los ángeles dan fuerza para saltar barrancos y precipicios peligrosos, los demonios para dejarte caer hasta el abismo más profundo. Los ángeles están cerca de Dios, los demonios en el otro extremo. Los ángeles te ayudan a rezar, los demonios a tener miedo. Es la lucha que se entabla en el cielo y que se vive también en la tierra. Ángeles y demonios forman parte de nuestra vida espiritual y esto no se puede olvidar ni negar. Existen, se manifiestan y su actuación provoca consecuencias en nuestro camino espiritual.

La vida sigue, no dejo de pasear por Brieva y subir hasta lo más alto y allí seguir recreándome en el paisaje que se hace vida en esos versos finales del Cántico espiritual. Es la unión con Dios, cuando uno hace un camino y llega a esa intimidad con Dios donde todo es gozo, alegría, paz y se vive en plenitud de amor:

“Gocémonos, Amado,

y vámonos a ver en tu hermosura

al monte y al collado,

do mana el agua pura;

entremos más adentro en la espesura.

Y luego a las subidas

cavernas de la piedra nos iremos,

que están bien escondidas,

y allí nos entraremos,

y el mosto de granadas gustaremos”

(Cántico espiritual 36-37).

 

¡La hermosura de Dios! ¡Los montes y collados que manan el agua pura de la vida eterna! ¡La espesura de la Cruz! ¡Las subidas cavernas de la piedra donde se esconden los misterios de la sabiduría que hay en Cristo y se gustan en el mosto de granadas! ¡Ahí nadie puede entrar! ¡Ahí el demonio no tiene poder, y desaparece! “Aminadab, tampoco parecía” dice San Juan del Cruz al final del Cántico espiritual. Se refiere a él con este nombre y nos comenta que cuando un alma vive en Dios el demonio tiene miedo, pavor, huye, y muy lejos, y no se atreve a aparecer más. Esto lo podemos vivir todos cuando vamos, paseamos y oramos en tierra de lobos.

 

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