Miércoles, 26 de junio de 2019

Religión en Libertad

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El diablo sabe tentarnos

Judas, una traición tan antigua como actual.

por La divina proporción

Por qué traicionamos al Señor? Hay algo que nos impulsa a revelarnos ante su Voluntad e intentar imponer lo que a nosotros nos hace sentir bien, lo que nos gusta o lo que nos conviene. La traición a Dios viene desde el Génesis, cuando Adán y Eva traicionaron la confianza de Dios, comiendo el fruto del árbol de Conocimiento de Bien y del Mal. La serpiente le dijo que serían como Dios y la promesa de ser o tener, fue más fuerte de la confianza. Así se evidenció la debilidad de la naturaleza humana.

¿Por qué Judas traicionó a Jesús? La pregunta sugiere diversas hipótesis. Algunos recurren al hecho de su avaricia; otros sostienen una explicación de orden mesiánico: Judas se habría decepcionado al ver que Jesús, no insertaba en su programa, la liberación político-militar de su país. En realidad, los textos evangélicos insisten en otro aspecto: Juan dice expresamente que “el diablo había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, la intención de entregarlo” (Jn 13,2). Lucas escribe de manera análoga: “Satán entró dentro de Judas, llamado Iscariote, que era del número de los Doce” (Lc 22,3). De esta manera, se sobrepasan las motivaciones históricas y se explica el asunto desde la responsabilidad personal de Judas, quien, miserablemente, cedió a una tentación del Maligno. En todo caso la traición de Judas permanece en el misterio. Jesús le llamó amigo (Mt 26,50), pero en sus invitaciones a seguirle sobre el camino de las bienaventuranzas, no forzó las voluntades ni les dejó inmunes contra las tentaciones de Satán, respetando su libertad humana…

Acordémonos de que también Pedro quiso oponerse a Jesús y a lo que le esperaba en Jerusalén, pero recibió un fuertísimo reproche: “¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!” (Mc 8, 32-33). Después de su caída Pedro se arrepintió y encontró perdón y misericordia. También Judas se arrepintió, pero su arrepentimiento degeneró hasta la desesperación y llegó así a la autodestrucción… Tengamos presentes dos cosas. La primera: Jesús respeta nuestra libertad. La segunda: Jesús espera nuestra disponibilidad al arrepentimiento y a la conversión; él es rico en misericordia y en perdón.

Además, cuando pensamos en el papel negativo desempeñado por Judas, debemos insertarlo en cómo Dios conduce los acontecimientos. Su traición llevó a Jesús a la muerte, pero éste transformó el horrible suplicio en un espacio de amor salvífico y en la entrega de sí mismo a su Padre (Gal 2,20; Ef 5, 2.25). El verbo “traicionar” es la traducción de una palabra griega que significa “devolver, entregar”. A veces el sujeto es el mismo Dios en persona: es él quien por amor “entregó” a Jesús por todos nosotros (Rm 8,32). En su misterioso proyecto salvífico, Dios coge el gesto inexcusable de Judas como una ocasión de don total del Hijo para la redención del mundo.
(Benedicto XVI, Audiencia general del 18/10/06)

En este texto de Benedicto XVI hay algo muy interesante: su punto de vista trascendente. Más allá de lo aparente e inmanente, se oculta las causas más profundas. Los estudiosos y aficionados a lo socio-cultural sólo son capaces de ver causas aparentes de la traición: desaliento ante un Mesías que no era político ó la simple avaricia de quien se cree por encima del bien y del mal. Ya Judas evidenció esta tendencia cuando recriminó a la Magdalena que gastara un caro perfume para lavar los pies del Señor. La visión socio-solidaria no era precisamente valorada por Cristo como lo primordial. La indicación de Cristo seguramente desató un resentimiento cainita en Judas. ¿Quién era ese Mesías que no se dedicaba a labores revolucionarias y shows de marketing solidario?  Judas era el encargado de administrar los recursos del grupo, lo que evidencia su tendencia a lo palpable frente a lo trascendente. Como bien indica Benedicto XVI, estas son razones secundarias. La verdadera razón de la traición de Judas fue que permitió al diablo conformar su voluntad.

Los seres humanos nos dejamos llevar con demasiada facilidad por esta soberbia. Una soberbia que desprecia a Dios y después, condiciona nuestro interés por el prójimo a la estética y la ideología personal. Esto se nota especialmente cuando buscamos evidenciar nuestra afinidad con el “partido” dominante de cada momento. En ese caso, no nos importa menospreciar y maltratar a quien no se alinea con las potestades y principados del mundo. ¿Ejemplos? Sólo necesitamos abrir cualquier página de información para darnos cuenta que dentro y fuera de la Iglesia, lo que prima es aparecer como valedor de la línea oficial del momento. Judas fue tentado y cayó. Nosotros somos tentados y caemos con igual facilidad. Por eso, tiene sentido rezar en la Padre Nuestro para que no caigamos en la tentación del maligno. ¿Cómo sabemos que hemos caído? Es sencillo. Cuando levantamos el dedo para señalar al prójimo e indicarle la puerta de salida.

Traicionamos al Señor cuando representamos el papel del fariseo. Nos miramos a nosotros mismo encantados, llenos de soberbia, viéndonos a nosotros mismos como elegidos y perfectos. Todo ello mientras miramos de reojo al publicano que se esconde en las sombras para pedir misericordia a Dios. Judas vendió al Señor por 30 monedas. ¿Por cuánto vendemos al Señor cada uno de nosotros? Más de una vez lo hemos vendido por salir en la prensa como parte del “partido” que en ese momento impera.
 

 
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