Domingo, 21 de julio de 2024

Religión en Libertad

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Roma, 1992. San Juan Pablo II (4)

por Victor in vínculis


Tras la cuarta beatificación, que se celebró el 25 de octubre de 1992, San Juan Pablo II se dirigió con estas palabras a los fieles congregados en el Ángelus de ese día:

«En la legión de los nuevos beatos merece una atención particular el nutrido grupo de los mártires de Barbastro. Todos en efecto, procedían del mismo seminario de los religiosos claretianos. Muchos eran clérigos que ya estaban a punto de recibir la ordenación sacerdotal. Durante la guerra civil española fueron acusados con pretextos y luego, asesinados a sangre fría. Nos conmueve el hecho de que hayan sido llamados a dar testimonio de Cristo no aisladamente, sino de modo comunitario, constituyendo así, en cierto sentido, «un seminario-mártir». Dicho acontecimiento adquiere un significado singular en este mes de octubre, porque en muchas partes del mundo los seminarios reanudan su actividad académica y formativa […]

Sanguis martyrum semen christianorum. Que el martirio, aceptado con entereza por los claretianos de Barbastro en su camino hacia el sacerdocio constituya un fermento de renovación para las vocaciones y los seminarios de todas las naciones. El Señor otorgue a la Iglesia pastores según su corazón. El testimonio luminoso de los mártires, que hoy veneramos, haga que cada uno esté dispuesto a ofrecer su contribución a la gran obra de la formación sacerdotal».


Ese domingo subieron a los altares 122 mártires de la persecución religiosa: 71 religiosos hospitalarios de San Juan de Dios -64 españoles y siete colombianos- y 51 claretianos de Barbastro (con la cuarta beatificación de mártires españoles se llegó a la cifra de 162 beatos).  Fue beatificada también una laica ecuatoriana: beata Narcisa de Jesús Martillo Morán.
 
4. HOMILÍA DE SAN JUAN PABLO II EL 25 DE OCTUBRE DE 1992
 

2. Los beatos Braulio María Corres, Federico Rubio y 69 compañeros, todos ellos religiosos de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, la mayoría españoles, “combatieron bien su combate, corrieron hasta la meta y mantuvieron su fe”.  Por tratarse de personas consagradas de nuestro tiempo, estos mártires son conocidos y recordados todavía en sus lugares de origen o donde ejercieron su apostolado. En efecto, asiste a esta solemne beatificación un nutrido grupo de parientes cercanos y numerosos paisanos. No falta tampoco un pequeño grupo de religiosos compañeros de los mismos mártires, de los cuales recibieron un ejemplo inolvidable.

Especial mención merecen los siete Hermanos hospitalarios de Colombia, por ser los primeros hijos de esa querida Nación que llegan al honor de los altares. Ellos se encontraban en España completando su formación religiosa y técnica cuando el Señor los llamó a dar este testimonio de su fe. Hoy, en coincidencia con el V Centenario de la Evangelización de América, reconocemos públicamente su martirio y los presentamos como una primicia de la Iglesia colombiana.

Todos estos Hermanos, -perseverando en su consagración a Dios en el abnegado servicio a los enfermos y en fidelidad a los valores del carisma y misión hospitalaria que practicaban- dieron su vida por la fe y como prueba suprema de amor. Su martirio sigue los pasos de Cristo, misericordioso y buen samaritano, tan cercano al hombre que sufre al entregar la vida por la salvación del género humano. No hay duda de que tenían muy presente una exhortación de su fundador, San Juan de Dios: “Si mirásemos cuán grande es la misericordia de Dios, nunca dejaríamos de hacer bien mientras pudiésemos”.  Estos mártires son ejemplo y estímulo para todos, pero particularmente para vosotros, Religiosos de la Orden Hospitalaria, y también para cuantos dedicáis vuestra vida al cuidado y servicio de los enfermos, especialmente los más pobres y marginados. En vuestro apostolado tratad de ser siempre instrumentos del Señor, que “está cerca de los atribulados y salva a los abatidos”, como hemos cantado en el salmo responsorial.
 
3. “Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente”.  Estas palabras de San Pablo, que acabamos de escuchar, parecen inspirar los mensajes dejados por los mártires Felipe de Jesús Munárriz y 50 compañeros Misioneros Hijos del Corazón Inmaculado de María. Todos ellos, también de nuestro tiempo, pertenecían a la Comunidad–Seminario de la ciudad aragonesa de Barbastro.

 

Es todo un Seminario el que afronta con generosidad y valentía su ofrenda martirial al Señor. La entereza espiritual y moral de esos jóvenes nos ha llegado a través de testigos oculares y también por sus escritos. A este respecto son bien elocuentes los testimonios personales que los jóvenes seminaristas nos han transmitido. Uno de ellos escribiendo a su familia dice: “Al recibir estas líneas canten al Señor por el don tan grande y señalado como es el martirio que el Señor se digna concederme”. Otro escribía también: “¡Viva el Corazón Inmaculado de María! Nos fusilan únicamente por ser religiosos” y añade en su lengua materna: “No ploreu per mi. Soc màrtir de Jesucrist”.

Estos mártires expresaban su firme decisión de dedicarse al ministerio sacerdotal en los siguientes términos: “Ya que no podemos ejercer el sagrado ministerio en la tierra, trabajando por la conversión de los pecadores, haremos como Santa Teresita: pasaremos nuestro cielo haciendo bien en la tierra”.
Todos los testimonios recibidos nos permiten afirmar que estos Claretianos murieron por ser discípulos de Cristo, por no querer renegar de su fe y de sus votos religiosos. Por eso, con su sangre derramada nos animan a todos a vivir y morir por la Palabra de Dios que hemos sido llamados a anunciar.
Los mártires de Barbastro, siguiendo a su fundador San Antonio María Claret, que también sufrió un atentado en su vida, sentían el mismo deseo de derramar la sangre por amor de Jesús y de María, expresada con esta exclamación tantas veces cantada: “Por ti, mi Reina, la sangre dar”. El mismo Santo había trazado un programa de vida para sus religiosos: “Un hijo del Corazón Inmaculado de María es un hombre que arde en caridad y que abrasa por donde pasa; que desea eficazmente y procura, por todos los medios, encender a todo el mundo en el fuego del divino amor”.
[…]

5. Unánime es el testimonio de que, tanto los Hermanos de San Juan de Dios como los Misioneros Claretianos, murieron dando gloria a Dios y perdonando a sus asesinos. Varios de ellos, en el momento del martirio, repiten las mismas palabras de Cristo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.  Todos prefieren la muerte antes que renegar de la fe y de su vida religiosa. Caminan hacia el suplicio contentos por el don del martirio, del que no se sienten dignos, no obstante en el corazón de todos, especialmente de los jóvenes, se fraguaran grandes ideales apostólicos de anunciar el Evangelio a los hombres; unos, con el cuidado de los enfermos; los otros, con el ministerio de la predicación como misioneros.

En el momento supremo de la prueba todos manifiestan un gran amor a su Instituto y también a su familia natural, en cuyo seno han recibido la semilla de la fe, dando los primeros y sólidos pasos en la vida cristiana que les llevaría a descubrir la semilla de su vocación religiosa, apoyados por el desprendimiento y generosidad de los propios padres.

El testimonio de estos beatos es un ejemplo vivo y cercano para todos, pero particularmente para vosotros, Hermanos de San Juan de Dios y Misioneros Claretianos. Al ser jóvenes y estudiantes de teología la mayoría de ellos, su vida es como una llamada directa a vosotros, novicios y seminaristas, a reconocer la validez permanente de una adecuada formación y preparación intensa, basada en una sólida piedad, en la fidelidad a la vocación y en la pertenencia gozosa a la Iglesia, sirviéndola a través de la propia Congregación; en una vida abnegada de comunidad; en la perseverancia y testimonio de la propia identidad religiosa. Sin todos estos presupuestos, nuestros Beatos no habrían podido alcanzar la gracia del martirio.

Todos estos mártires nos han dejado, de palabra o por escrito, un mensaje particular: el perdón de los enemigos. Toca a cada uno de nosotros poner en práctica ese perdón. Con San Pablo podemos repetir: “Que Dios les perdone”, pero al mismo tiempo cada cristiano debe plantar en el propio ambiente esta semilla del perdón. No cabe duda de que nuestros Mártires, con su constante intercesión y protección, la harán crecer en copiosos frutos de reconciliación.
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