Viernes, 23 de octubre de 2020

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Sufrir con Paciencia los defectos de los Demás

“Más vale ser paciente que valiente, dominarse que conquistar ciudades”. (Prov 16, 32) No es una virtud de moda. Todo lo queremos rápido bonito y barato. “Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor”. (Ef 4, 2) Nos convertimos a un Dios, “Un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor”. (Jl 2, 13) Tener paciencia es aceptar lo diferente. Quien ama tiene paciencia. Sin paciencia no se fraguan realidades importantes.
   Las diferencias cuestionan mi modo de estar en el mundo. Se puede cuestionar un partido radical y excluyente y, para zanjar la cuestión, me marcho dado un portazo. A unos les cuesta creer que dos se enfrenten por una decisión arbitral y a otros que se tomen con demasiada calma cuestiones como el aborto o la eutanasia.
   La paciencia es virtud de pobre ropaje, sin apariencia de heroísmo. Esta obra de misericordia está muy unida al amor al prójimo. Promueve tratar con amor a quien es fastidioso, aburrido o maleducado. Dios es paciente con todos. “Para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos”. (Mt 5, 45) Jesús con los discípulos es un ejemplo de paciencia. Ninguno llegaba a comprender, y algunos se pasaban cuatro pueblos en sus actitudes. En paciencia aceptó que maduraran hasta la venida del Espíritu Santo. La verdad es que tenían buena madera para sacar unos testigos.
   No se trata de ser uso faquires que aguantan todo lo que les viene encima. Esta obra de misericordia supone una actitud positiva ante los acontecimientos o las personas que nos rodean. No podemos evitar que alguien nos sea molesto o que todas las noticias de los medios de comunicación nos sean agradables. Dominar la situación con inteligencia y paciencia fortalece nuestro carácter y nos posibilita una convivencia feliz. Ante situaciones concretas debemos aguantar sin ceder. No es el prójimo quien debe determinar mi comportamiento ni ser el dueño de mis reacciones. Esta obra de misericordia exige mucha fortaleza. Empezamos a amar, de veras, no cuando encontramos a una persona perfecta, sino  cuando aprendemos a tratar perfectamente a una persona imperfecta.
   Sufrir con paciencia tiene una cualidad que sobrepasa la mirada inmediata. La mirada del paciente está llena de esperanza. “Pues hemos sido salvados en esperanza; efectivamente, ¿cómo va a esperar uno algo que ve? (Rm 8, 24) Nadie hubiera dicho que en aquel tozo de mármol había una piedad escondida. Miguel Ángel lo descubrió. Un pintor americano decía que descubrió su profesión por un beso de su madre. Un día llegué a casa, siendo muy niño, con gallo mal pintado en un papel. Mi madre me dijo que era precioso y me dio un beso. Cuántas personas han llegado a la santidad por la paciencia de confesores que no se cansaron en su orientación paciente. Cuántos enfermos no han perdido la esperanza por una mano amiga que les señaló una entrega amorosa por la iglesia, los sacerdotes por las misiones. Los padres, los educadores, cuantos tratamos alguna persona, los confesores… debemos ser especialmente pacientes. En cada persona con quien nos relacionamos existe una esperanza escondida.
    En toda comunidad siempre hay conductas o actitudes que tendremos que soportar. Siempre están marcadas por el conflicto. Aceptar al otro es una manera señorial de perdonar. Nuestra actitud cristiana ante los demás  debe evitar toda violencia: física como el maltrato; verbal como el insulto en todas sus formas; mental que es la acusación interior y el desprecio. No es bueno reprimir la tensión que puede crearse ante situaciones conflictivas. Hay que orientarla con el diálogo o consulta con personas prudentes que puedan aconsejar.
    Siempre es provechoso ante conductas que nos desagradan examinarnos con honradez ante el Señor de aquellas cosas que molestan a los demás. Entonces cae uno en la cuenta de cuán paciente es Dios con cada uno de nosotros y esto nos capacita para ser pacientes con los demás. “Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo”. (Ef 4, 32)
  
     
 
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