Lunes, 30 de noviembre de 2020

Religión en Libertad

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Sotana, hábito o corbata

Sotana, hábito o corbata

por Sólo Dios basta

Hace un mes en Italia es beatificado Carlo Acutis, adolescente de 15 años, y el pasado día 7 en la Sagrada Familia de Barcelona tiene lugar la beatificación del joven Joan Roig de 19 años. Ni uno ni otro llegan a los 20 años. Los dos buscan a Cristo por encima de todo y ese amor total a Dios les lleva al estado de bienaventurados, de beatos, y son reconocidos como tales por la Iglesia. En menos de un mes dos ceremonias de hondo calado con gran seguimiento por parte de los fieles y de los medios de comunicación. Ahí los tenemos: jóvenes, orantes, fieles y llenos del amor de Dios. Y lo que cabe resaltar aún más; que no son ni seminaristas ni frailes. Es bueno recordar y ser conscientes de este dato para dejar de pensar que los santos son sólo curas, frailes y monjas. ¡No! ¡Todos tenemos que ser santos! El Vaticano nos lo deja bien claro con estas últimas beatificaciones.

Mientras veo el momento de la proclamación del nuevo beato, Joan Roig, y el cuadro descubierto de su imagen me acuerdo de otro joven beato de Barcelona y casi de los mismos años. Es mi hermano de hábito Joaquín de San José, carmelita descalzo, que muere por la misma causa que Joan Roig: ser seguidor de Cristo con toda intensidad y entrega amorosa. Joan Roig es un activo miembro dentro de la vida eclesial del pueblo donde vive, El Masnou, pertenece a la Federación de jóvenes cristianos de Cataluña y trabaja en una fábrica textil de Barcelona. Joaquín es un religioso que realiza sus estudios de teología en el convento de Badalona.

Cuando estalla la guerra civil los dos saben muy bien que sus vidas corren peligro, pero no se alejan de quien da sentido total a su día a día. Se mantienen firmes en la fe, no dudan, saben lo que es la Verdad y la libertad que tienen en ella. Comienza el registro de casas y los dos son sacados de sus hogares. Asumen que llega pronto su fin y el momento de mostrar a sus verdugos la infinita bondad de Dios.

Joan es arrancado a la fuerza de la compañía de su madre de la que se despide con una frase lapidaria que expresa a la perfección lo que ya vivía desde hacía tiempo y lo que va a seguir viviendo: “Dios está conmigo”. Se llevan al hijo y la madre no puede hacer nada. Bueno sí, darse el abrazo final mientras se escuchan esas penetrantes palabras tan llenas de fe, esperanza y amor. Después de dar vueltas con el joven Joan los milicianos lo llevan al cementerio de Santa Coloma de Gramanet y allí, sin ninguna contemplación ante este joven que solo busca la paz y el bien para todos, recibe hasta seis tiros en su cuerpo que queda sin vida en mitad de la noche.

Joaquín tiene un primo en su mismo pueblo, Ordal, que estudia en el seminario de Barcelona. Se llama José Casas. Se llevan a los dos a la vez; los montan en un coche y los conducen a Villafranca del Penedés y después a La Moja. Un testigo escucha los diálogos entre los primos y el comité revolucionario que les invita a renunciar a su fe para darles la libertad. No cambian de actitud. El P. Alejo, carmelita descalzo, en su libro Nuestros Mártires de la Provincia de San José de Cataluña recuerda el relato de un testigo que expone los hechos con todo detalle y plena dureza: “Ellos contestaron que eso nunca, jamás, y prorrumpieron en gritos de ¡Viva Cristo Rey! Y viendo que iban a disparar, ambos, se abrazaron y cayeron bañados en su propia sangre. Pasaron algunas horas insepultos hasta que al amanecer los mismos revolucionarios obligaron a un labrador que se dirigía a sus labores con su carro a cargar con los cadáveres y llevarlos al cementerio de dicho pueblo, en donde recibieron sepultura”. 

 ¡Sangre de mártires de Cristo!, la que corre en La Moja, la sangre de dos primos, de dos almas entregadas a Cristo, un carmelita descalzo y un seminarista. Este seminarista mártir también está beatificado, es el beato José Casas. Cada uno sigue un camino distinto pero terminan unidos en un abrazo, en un gesto de amor que muestra como es la misericordia del Padre que perdona todo. Los dos quieren ser sacerdotes de Jesucristo y no llegan a recibir la ordenación, pero lo que sí que se manifiesta es la fortaleza que reciben del Espíritu Santo para vivir con toda paz esos momentos de sufrimiento angustioso antes de morir asesinados por odio a la fe. La fe que ellos  estudian en los libros, proclaman con su modo de vida y defienden hasta el extremo de morir antes que renunciar a ella.

Ahora vamos a unir a estos tres beatos mártires jóvenes de Barcelona. Se abría ante ellos un horizonte de futuro apasionante, los tres tenían su vocación, uno sacerdote, otro carmelita descalzo y otro abogado. Eran sus planes, pero Dios tenía otros planes para ellos, quería unirlos y así sucede según los designios de la divina providencia. La vocación del martirio llega para los tres en el mes de septiembre de 1936. Su vida termina en este mundo y comienza la del cielo. Allí nos esperan y desde allí interceden por nosotros. La oración es poderosa. ¿Qué mejor que acogernos a estos jóvenes beatos mártires y pedir que cuiden y den luz a los jóvenes de sus años que en estos tiempos, en su misma tierra, también quieren seguir a Cristo y les cuesta porque les falta decisión para ser felices como ellos, cada uno con su propia vocación, la que Dios quiera, pero sabiendo que todas nos unen en Cristo, que Cristo es el único que nos da la paz, la seguridad y la alegría cuando hacemos lo que Él quiere y no lo que nosotros deseamos?

Vayamos al Masnou y descubramos a Joan con 19 años cuidando de la vida de la parroquia, trabajando para ayudar a su familia y con ganas de llegar un día a poder hacer justicia a favor del que más lo necesita a imagen de Cristo; y sin dejar de asistir a misa con la elegancia de traje y corbata. Pongamos la mirada en Barcelona donde un seminarista de 20 años, José Casas, sueña con ser sacerdote, con celebrar la santa misa, con ser el párroco de un pueblo donde todos lo conocen al ver pasear por las calles y plazas al joven recién ordenado sacerdote que viste de sotana. Y pasemos a Badalona, entremos al convento de los padres carmelitas descalzos donde un fraile de 21 años que lleva su hábito y capa blanca cada sábado al cantar la Salve a la Virgen del Carmen espera poder llegar a predicar algún año la novena a la Reina del Carmelo, difundir la devoción del escapulario y mostrar el camino de encuentro con Dios según los santos del Carmelo a los que acudan  a pedirle dirección espiritual.

Todo queda ahí, en deseos, en proyectos, en sueños que cambian de rumbo hacia algo mucho más grande, más bello, más apasionante: ¡el martirio! ¡Son jóvenes, son libres, son mártires! No se repara en su corta edad, ni en la gran misión que llevan a cabo, ni en el bien inmenso que van a repartir con toda generosidad. Todo eso queda en segundo plano. Llega su hora y se unen en el martirio, todo se mancha de sangre y se abren las puertas del cielo para tres jóvenes que no reniegan de su fe ¡por eso los matan! Y tienen las fuerzas necesarias para afrontar este trance final porque han ido a misa cada día ya sea con sotana, hábito o corbata.

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