Sábado, 15 de agosto de 2020

Religión en Libertad

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Sin salir de casa

por Sólo Dios basta

Estos días todos nos quedamos con las ganas de participar de las procesiones de Semana Santa. Más aun los que pertenecemos a alguna cofradía como en mi caso o el de mis buenos amigos de la Vera Cruz de Calahorra a los que tan unido estoy, o de un amigo de Ávila entre otros, con los que hablo estos días de dicho asunto. Tenemos que vivirlo de otro modo más íntimo, especial y nuevo para dejar que Cristo recorra todos los rincones de nuestro corazón y nuestra alma en compañía de la Madre Dolorosa. O que visiten nuestra casa en vez de las calles de nuestro contorno. Hay que ir más allá, levantar la mirada al cielo y a la vez entrar en lo más secreto de nuestra vida para descubrir que ahí tienen lugar las procesiones más vivas, importantes y necesarias de nuestra existencia: cuando de verdad Cristo se queda para siempre entre nosotros al entrar el Domingo de Ramos y se suma el consuelo de la Virgen que sufre la muerte de su Hijo y nos ampara bajo su manto negro la tarde del Viernes Santo. Ahí quería llegar y para ello vamos a hacer juntos una de esas procesiones.

¿Y cómo? Pues aprovechando un artículo publicado en el libro de la Semana Santa de Calahorra del año pasado que se centra en una meditación ante una talla muy especial: la de Cristo atado a la columna. Lo copio aquí tal cual lo escribí el año pasado y luego seguimos:

* * *

Déjate mirar, camina y escucha

“Desde niño me es muy cercana la imagen de Cristo atado a la columna ante la doble mirada de dos sayones; uno que lo azota y otro que pide clemencia. Es el paso de la cofradía de la Flagelación de Jesús de Logroño a la que pertenezco desde antes de hacer la primera comunión. Este paso lo tengo grabado muy dentro de mí y cada año al salir en procesión por las calles de Logroño lo miraba y me miraba. Esa oración sencilla de niño se prolongaba en la adolescencia y durante la juventud tomaba otro cariz más intenso hasta llegar a la treintena de años y seguir acudiendo cada Martes Santo a verlo salir de la iglesia de Santa Teresita de Logroño.

Y algunos se preguntarán a qué viene este recuerdo. Pues bien sencillo, a que desde hace algo más de dos años tengo la dicha de poder vivir como carmelita descalzo en mi tierra, en el convento de Calahorra, y muy cerca del monasterio de las madres carmelitas descalzas. Al poco de llegar pasé un día a visitar la iglesia y quedé admirado ante la imagen del Cristo a la columna que tantas veces había visto en fotografía y también cuando estuvo en la exposición de Las Edades del Hombre en Ávila hace pocos años. Ahora no había duda, me encontraba ante la talla en directo y bien podía decir como la Madre Cecilia del Nacimiento, que recoge en su relato de la fundación del Carmelo femenino calagurritano, que de verdad es este “Cristo a la columna tan grande como un hombre, y tan perfectísimo que dicen es la primera cosa de España”. Entonces esa oración que hacía desde niño ante esa imagen del Cristo flagelado en Logroño se ha dilatado y fortalecido ahora al celebrar con frecuencia la misa en esta iglesia como uno de los capellanes de las carmelitas descalzas.

Al salir de la sacristía revestido para la celebración eucarística me paro ante la imponente imagen y me preparo a lo que voy a vivir en unión a toda la Iglesia: la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Ver a este Cristo a la columna me llena de luz, fuerza y emoción a la vez que me une en intimidad al mismo Dios. Es todo amor de Dios entregado a la humanidad para que todos seamos uno como el Padre y el Hijo son uno.

Entonces lo miro y me mira. No tengo prisa, hay un juego de miradas penetrante donde todo sucede en el silencio. Un silencio que habla por sí sólo. Un silencio bañado en amor de Dios. Es en estos momentos cuando entiendo con mayor claridad ese pensamiento de San Juan de la Cruz que dice “el mirar de Dios es amar y hacer mercedes” (Cántico espiritual 19,6). ¡Qué gran verdad! Dios me está amando y está derramando su gracia, sus mercedes para entrar de lleno en el misterio eucarístico. Es una mirada que lo dice todo. Que me transforma y me introduce de lleno en la Pasión. La Pasión de Cristo que tanto sufrió atado a la columna. Y no es una mirada cualquiera, es una mirada que uno no puede olvidar cuando se ha dejado mirar por Él. Es una mirada que atrae y da una paz que no puede dar nadie en este mundo.

Muchas veces buscas la paz, el sosiego, la calma y te cuesta encontrarla y mucho más vivirla ¿a qué sí? ¿Y sabes por qué? Porque la buscas donde no se encuentra, en tu “yo” y tienes que buscarla en el Único que da la paz, el que es capaz de entrar en tu vida con esa mirada. Dios te mira y ¿tú le miras? Él te mira cada día con amor, ese amor que entrega en el dolor de los azotes, no deja de mirarte. No se mira a sí mismo, sino que te mira a ti y te mira para darte la paz que buscas por otros lugares y personas. Deja que te mire en la misa, que te contagie de esa paz que Él tenía en esos momentos duros, pero llenos de amor en la Pasión. Si te dejas mirar por Él, tu vida cambia, seguro. Te lo digo porque lo he vivido en primera persona. Cuánta paz da mirar a un Cristo como éste y poner todos tus agobios, problemas, dudas, angustias,… en esa columna. Él toma todo y lo entrega al Padre mientras que tú lo llevas a otras realidades y se complica más aún. Déjate mirar por Cristo y mírale. Ahí está la paz del mundo, de tu familia, de tu misma persona, cuando recibes el amor y la gracia de Dios.

Sigo mirando y me fijo en sus pies, parece que quiere andar, que quiere dar un paso, está de pie, con la pierna derecha hacia atrás para tomar impulso y acercarse, pero no puede. A la vez que veo sus pies con intento de caminar me doy cuenta que sus manos están atadas con una cuerda que a su vez está enganchada a la cadena de la columna. Y además la cuerda también le ata el cuello. Todo Él amarrado. El Autor de la libertad atado mientras es flagelado y sin poder acercarse aunque éste sea su deseo. Cuando la voluntad queda rendida a otro sucede esto. Por eso para poder andar tenemos que liberarnos de todo porque “en este camino siempre se ha de caminar para llegar, lo cual es siempre quitando quereres, no sustentándolos” (Subida del Monte Carmelo 1,11,6) nos recuerda san Juan de la Cruz.

¿Y sabes por qué no da el paso? Porque está esperando a que lo des tú; el que contempla esta imagen y se da cuenta que Cristo no se cansa de esperar a que empieces a caminar, a que des pasos, a que te acerques a Él, a que te unas a Él, a que participes de la eucaristía sabiendo que Él está presente. Espera que vayas hacia Él en el momento de la comunión porque quiere entrar dentro de ti. Pero igual no estás preparado, estás atado como Él, pero con unas ataduras distintas. Las cadenas y cuerdas de Cristo flagelado son materiales, las mías y las tuyas son espirituales, son las ataduras del pecado que nos impiden dar el paso hacia Cristo. Para eso Cristo se dejó azotar, para decirte que aguantes y sigas por puro amor como Él lo hizo por ti y lo hace en cada eucaristía. Si de verdad te acercas a Cristo y comulgas libre de toda cadena y cuerda, es cuando te unes a Él sin medida, con ese amor que nada puede frenar porque es amor divino, no amor humano que muchas veces nos ata y no nos deja ser libres para el paso hacia adelante.

Y doy el paso y me acerco al Cristo flagelado, no hay mucha luz, pero como me he aproximado le veo mejor la cara, y me doy cuenta que no tiene la boca cerrada. El rostro sufriente y dolorido deja contemplar su boca entreabierta. No está abierta del todo dando un grito como en la Cruz, sino que parece que algo va a decir, y para eso tengo que estar cerca, muy cerca. Entonces la boca toma vida para susurrar lo que va a suceder, ese derramamiento de sangre que tanta gracia nos trae. Me dice que sea consciente de lo que voy a celebrar, algo muy grande, demasiado, a lo que no puedo acostumbrarme nunca. A prestarle mi boca, para que Él diga en el momento de la consagración: “Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre”. Es la grandeza del sacerdote que es quien se deja tomar por Cristo para celebrar cada día el santo sacrificio de la eucaristía donde el Hijo de Dios nos entrega su cuerpo y su sangre después de ser azotado atado a la columna.

Eso es lo que dice al sacerdote, pero a cada uno de los que acuden a la misa Cristo también le susurra algo al oído del alma. Hay que gustar la soledad, quedarse a la espera y afinar toda nuestra vida espiritual para poder acoger lo que el mismo Dios nos quiere manifestar cada vez que participamos en la eucaristía. Acércate de verdad a esta imagen de Cristo atado a la columna y ponte a sus pies para descubrir que su boca quiere decirte algo. ¿Le oyes? No tengas prisa, como tampoco el sacerdote para celebrar la misa. Entonces podrás vivir de otro modo, porque sabes lo que tienes que hacer, lo que Dios quiere, lo que Dios te sugiere, lo que Dios te inspira en su palabra, “en suma paz y tranquilidad, escuchando y oyendo el alma lo que habla Dios y Señor en ella, porque habla esta paz en esta soledad” (Llama de amor viva 3,34). Así nos describe San Juan de la Cruz el modo de recibir la amorosa advertencia de Cristo. Escuchar en soledad lo que el Hijo nos comunica en lo más íntimo de nuestro corazón. Son palabras que marcan la vida si sabemos acogerlas y ponerlas en práctica.

Por eso te invito esta Semana Santa a que pases por el monasterio de la madres carmelitas descalzas y le mires, y te dejes mirar por este Cristo; que te acerques porque Él no puede al estar atado; y que una vez que te has dejado mirar y estás a sus pies, bien cerca, dejes que te hable, te susurre, te sugiera lo que has de hacer para bien tuyo y de toda la Iglesia. Entonces te darás cuenta de la grandeza que hay en esta imagen que la tienes aquí esperando, no sólo estos días, sino cualquier día del año, para que seas capaz de abrir tu corazón al amor divino y tu vida cambie. Este es el sentido de las imágenes, llevarnos a lo más íntimo de la realidad que representan, en este caso, el dolor de Cristo atado a la columna mientras recibe los azotes y el amor infinito que de ahí emana. Pero si vas más allá, te darás cuenta que hay una mirada que penetra tu vida, un camino a recorrer y unas palabras que te detallan cómo has de hacer ese camino, para que cuando llegues al final, veas cara a cara al que ahora ves en una imagen tallada de Cristo atado a la columna”.

* * *

Pues bien. Ahora ya vemos cómo hacer una procesión en nuestra casa, de forma individual o en familia: ¡rezando! Lo más importante es que nos pongamos ante el paso procesional de la Semana Santa que más nos llena y más nos invita a amar de corazón para mirarlo con los ojos del alma, acercarnos con nuestros propios pasos y escuchar con toda nuestra atención en silencio. También podemos tomar una imagen cada día. Hay muchas y muy variadas. Entonces nos daremos cuenta que se puede hacer una magna procesión dando muy pocos pasos, porque no son necesarios más, uno o dos, ya basta, sólo aquellos que nos ponen a la distancia necesaria de poder escuchar al que tanto tiene que decirnos. Y todo esto es posible hacerlo, vivirlo y compartirlo sin salir de casa.

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