Domingo, 15 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

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Paraísos rotos y la visión de santa Faustina


Se debate el alma cristiana entre dos sentimientos
: entre el de una cierta añoranza por un mundo que aparentaba darle una agradable morada y que ahora parece escapársele de las manos; y el de una cierta desazón al percibir que la misma mirada agradable con la que mira al mundo el mismo mundo no mira su fe. Porque en cualquier caso el alma cristiana de hoy quiere vivir la agradabilidad de su fe en un mundo agradable. Y se descubre, día a día, que el mundo está dejando de ser agradable y que su fe está dejando de parecerle agradable al mismo mundo. Pero no es una percepción unívoca ni de una intensidad similar. En todo caso el alma cristiana de hoy cuando quisiera comprender qué pasa en el mundo se desconcierta ante la complejidad de éste y ante la dificultad para sanarlo. Y cuando quiere comprender porqué se desprecia así su fe le parece, contrariamente, que es demasiado sencilla como para que no sea comprendida y apreciada. 


Y así el alma cristiana contemporánea, fiel hija de su tiempo, como cree en el progreso continuo y en el crecimiento perpetuo, atada a esta esperanza, asume que la complejidad del mundo ha de tener en sí misma el germen de su salud, pase lo que pase. Por ello se muestra pasiva, incapaz de ofrecer alternativas a un mundo, aunque agonice. Y paradójicamente, como el alma cristiana contemporánea cree, contrariamente, que la fe puede ser comprendida por sí misma en su sencillez, actúa con incansable esfuerzo para presentarla al mundo desnuda de toda imperatividad -con su sola racionabilidad más evidente- como quien construye la fe desde abajo o como quien la descarna de toda referencia sobrenatural. 


Porque en el fondo, quisiera el alma cristiana contemporánea que todo volviera a la agradable senda del buen vivir, de la que nunca se debió de haber salido. Como si lo razonable fuera sólo el bienestar, y cualquier duda sobre esta verdad ofendiera gravemente al sentido común y a lo esperable de las cosas. 
 

Este es el aparente dilema que abate el alma contemporánea de los cristianos, olvidados por completo de toda verdad escatológica: que dos son las sendas por la que transita el hombre, la holgada a la perdición y la estrecha a la vida eterna. Porque si algo se muestra a una mente abierta y a un corazón honrado es que antes de levantar una civilización se han debido trazar lo planos y profundizar en los cimientos. Y los cimientos que esta civilización ha puesto encuentran en el materialismo su única razón de ser; y los planos que han guiado la construcción han sido trazados con categorías contrarias a la fe, a la verdad del ser humano, a la verdad de Dios, posibilitando la construcción de una modernidad aberrante. Quizá por ello el materialismo práctico desde un principio silenció sus verdaderas pretensiones: se nos hablaba de crecimiento, de calidad de vida, de acceso al estado del bienestar, de liberalizar y flexibilizar los mercados para favorecer al acceso al mercado de trabajo, a la riqueza. Y así se iba, construyendo una modernidad que exigía poner en sordina las contradicciones, porque el esfuerzo merecía la pena. Y el paro, la caída de la natalidad, las adicciones, las familias rotas… no eran más que consecuencias de la elección por sociedades ricas. Y callaba el alma cristiana, engañada por las luces de bengala los más, fomentando la destrucción los menos. El mundo se había vuelto muy atractivo y merecía todos los esfuerzos. No era sólo el hijo del mundo, sino el mismo hijo de la Iglesia, porque ambos habían sacrificado sus horas a la construcción de la ciudad del hombre. Y así se podía ser, aparentemente, fiel hijo de la Iglesia mientras paralelamente se firmaban leyes inicuas o se recibían copiosas componendas de dudosa moralidad.


Ser cristiano ya no sólo no resultaba contrario al ideal del mundo, sino que era su detalle necesario al dar esa patina de moralidad a una estructura viciada en el origen. Lejano quedaba el clamor de los santos. Lejano y anacrónico, que gracias a Dios no hicieron al santo cura de Ars patrón de los sacerdotes, sino sólo de los párrocos, no fuera a ocurrir que les diera por criticar, cómo a tan exagerado santo, los bailes, las modas o la entrega a los placeres del mundo. 
 

Y de tanto caminar por esas contradicciones no se dio cuenta el alma cristiana que se acercaba a un camino sin retorno, en el que el mismo mundo le exigiría tomar partido: o el bienestar a cualquier precio o elegir a Dios a pesar de la incertidumbre sobre el mañana. Y ante tal dilema, ¿cómo podría decantarse por algo que no fuera mundo cuando para ella todo había sido de hecho sólo mundo?
 

Hoy, cuando ya se percibe que este camino quizá no tenga retorno; cuando se hace más necesaria la voz de los hijos de la ciudad de Dios para abrir nuevos caminos al hombre; hoy, ante un horizonte que se oscurece, es cuando esa voz se torna más silenciosa, acobardada y dormida por los efluvios del vino del bienestar.
 

Y el alma cristiana mira atónita cuanto pasa, sin comprender porqué se cierra un horizonte que parecía tan agradable y transitable, o más bien, sin comprender porqué se debe cerrar cuando nunca antes se le había otorgado al hombre tal poder sobre la vida. Porque olvidada la auténtica verdad, que sin Cristo no habrá paz, todo se trastoca. Y es que yace la cristiandad bajo el signo de la gran tentación, aquella que no sólo afirmaba que sin Dios habría libertad, sino una peor, porque se atrevió a retirar a Dios y pareció devolver el paraíso perdido a los hombres. Y así parecía ser, porque bastó con retirar a Dios de la vida de los pueblos para que éstos empezaran un desarrollo sin igual. 
 

Por ello la fe habrá de ser golpeada, para evitar que se levante como un faro que ilumine las mentiras sobre las que se ha construido la modernidad y las ponga remedio. Pero esos golpes a la fe que ya se intuyen parecen necesarios para la salud de los pueblos. Santa Faustina fue testigo de una visión con tan chocante paradoja.
 

Una vez vi una multitud de gente en nuestra capilla y delante de ella, y en la calle por no caber dentro. La capilla estaba adornaba para una solemnidad. Cerca del altar había muchos eclesiásticos, además de nuestras hermanas y las de muchas otras Congregaciones. Todos estaban esperando a la persona que debía ocupar lugar en el altar. De repente oí una voz de que era yo quien iba a ocupar lugar en el altar. Pero en cuanto salí de la habitación, es decir del pasillo, para cruzar el patio e ir a la capilla siguiendo la voz que me llamaba, todas las personas empezaron a tirar contra mí lo que podían: lodo, piedras, arena, escobas. Al primer momento vacilé si avanzar o no, pero la voz me llamaba aun con más fuerza y a pesar de todo comencé a avanzar con valor. Cuando crucé el umbral de la capilla, las Superioras, las hermanas y las alumnas e incluso los Padres empezaron a golpearme con lo que podían, así que, queriendo o no, tuve que subir rápido al lugar destinado en el altar.

En cuanto ocupé el lugar destinado, la misma gente y las alumnas, y las hermanas, y las Superioras, y los Padres, todos empezaron a alargar las manos y a pedir gracias. Yo no les guardaba resentimiento por haber arrojado contra mí todas esas cosas, y al contrario tenía un amor especial a las personas que me obligaron a subir con más prisa al lugar del destino. En aquel momento una felicidad inconcebible inundó mi alma y oí esas palabras: Haz lo que quieras, distribuye gracias como quieras, a quien quieras y cuando quieras. La visión desapareció enseguida.”
 

Cuántas similitudes hay en ésta visión, más allá de la misma vida de la santa, con cuanto anticipan los tiempos, como si estuviéramos ante una curiosa metáfora de tiempos vinientes. Porque esas multitudes que llenaban capilla, patio y pasillo simbolizan también una humanidad en rebeldía contra Dios; y la misma santa Faustina simboliza esa pequeña Iglesia, fiel a su misión, que es llamada a servir el Altar de Dios pese a la oposición de los hombres. Y bien quisiera, acosada por la persecución que intuye, darse media vuelta y permanecer en su pequeña celda, pero la voz le llama, la voz de Dios que le exige secundar una misión y servir a Su causa. Y así lo que primero son violencias desde la distancia, esos palos, lodos y piedras -símbolo de las ideologías, herejías y leyes- acabarán siendo violencias físicas y materiales, en la violencia de sus finales.


Duro signo, por cuanto una vez emprendido el camino del sí a Dios parecerá que ya no haya nada a lo que agarrarse salvo Dios, s
alvo su gracia. Habrá sido retirado todo consuelo, justamente para correr más al encuentro del Único que pueda dar la paz, porque cuanto más corra más paz encontrará.

Es un curioso panorama lleno de similitudes con tanta revelación privada, pero narrado en primera persona. Cierto que con otros matices en los que se nos descubre como esos golpes que ha de recibir la Iglesia, parecen necesarios para urgir su carrera hacia Dios, en busca de Su consuelo y no de las glorias humanas. Para que una vez tomado de nuevo el servicio del Altar, el servicio de la causa de Dios, como única causa por la que merece la pena el vivir y el morir, es cuando de nuevo vuelva la salud al mundo




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