Jueves, 23 de mayo de 2019

Religión en Libertad

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Lo que el 2012 ha dejado: la aceleración de las cosas vinientes


El 21 de diciembre de 2012 cundió una sensación de desilusión en muchos. Como si en todo un mar de desesperanza la única tabla de salvación, la profecía maya, hubiera sido tragada por las olas de la realidad. Quisieron creer que la magia del universo traería el rayo cósmico que habría de sanar este mundo enfermo a una hora concreta en un día concreto porque necesitaban creerlo. El peso de la materia es insoportable cuando sólo hay materia y cualquier cosa que nos arranque de sus garras parece ser bienvenida. La profecía maya dio esperanzas a muchos que no tenían otra esperanza. Eran los frutos de un new age vaporoso que había encontrado en la profecía maya lo que sólo Dios puede dar: esperanza. Pero el 22 de diciembre nada había cambiado, nada había pasado. Las frágiles cuerdas que separan del desencanto se rompieron. Y más allá de cuanto se pudiera decir el 21 de diciembre dejó al descubierto un mundo secularizado anegado en tanta desilusión que acaba necesitando de lo mágico para recomponer lo que su mundano empeño ha quebrado.

Y por ello tras aquel totémico día del 21 de diciembre la corriente ideológica que quiere barrer a Dios del mundo –ese secularismo chulesco- logró un silogismo perverso, como un giro capcioso, porque empezó a presentar ante el hombre una única dicotomía resuelta, pero no entre Dios y el mundo, sino entre el realismo y la magia, siendo el realismo el sólo hombre y la magia meros sueños de fábula. Porque tras aquel día la realidad se había sobrepuesto a los sueños y los sueños habían confirmado que la materia que les envuelve es tan irreal como todo lo místico, como el mismo hecho religioso.

Pero el cardenal George, arzobispo de Chicago, había planteado con anterioridad la verdadera dicotomía. Quizá por ello se empeñaron tanto los medios (con National Geographic a la cabeza) en presionar en la única lectura posible de lo sobrenatural equiparando todo lo místico a una profecía -la maya-, y ésta a una fecha concreta -el 21 de diciembre de 2012-, para que no pasando nada aquel día no sólo se derrumbara tal profecía, sino todo lo sobrenatural con ella.

Pero la lectura de cuanto ocurre el cardenal George no la había realizado en término de baktunes mayas, o de calendarios de rescates, o de resultados favorables a lo religioso en cruciales elecciones legislativas de primerísimas potencias, ni tan siquiera en la seriedad de acuciantes problemas fiscales o financieros. No, el Cardenal había sido “pillado” con unas declaraciones que hablaban en términos tan anómalos que su propagación por la red fue casi inmediata.

La historia es conocida. Se filtró tras un encuentro con seminaristas y pasó a llamarse la profecía del cardenal George. Tal profecía no era más que su intuición acerca del futuro de la Iglesia, más en concreto, de la Iglesia norteamericana. “Yo moriré en la cama; mi sucesor en la cárcel; y su sucesor mártir”. Algunos tildaron de falso aquello que se decía que dijo. Pero el mismo Cardenal el 21 de octubre confirmó en su columna semanal que la tal profecía que se le atribuía no sólo era cierta sino que aún había dicho algo más. Porque para el Cardenal George, rompiendo todo lenguaje al uso en una Iglesia complaciente con lo que el mundo quiere oír, alertó sobre los verdaderos males que envuelven la realidad: la dicotomía volvía a presentarse en términos más profundos. “Lo que dije no es “profético” sino que es un modo de ayudar a la gente a pensar más allá de las categorías habituales, que limitan y a veces envenenan el discurso tanto privado como público.” ¿Cuál era, entonces, ese más allá de las categorías habituales? La evidenciación de un sentimiento antirreligioso, en gran parte explícitamente anticatólico, que está anegando la sociedad.

De nuevo la auténtica dicotomía volvía a ser planteada en sus verdaderos términos: la batalla a muerte entre Dios y no-Dios, que yendo más allá de cuanto está pasando acaba provocando cuanto está pasando. Batalla antigua, cierto, pero batalla que está entrando en una aceleración extraña, como conclusiva. Así lo dirá el Cardenal: “Soy citado (correctamente) mientras decía que preveía para mí morir en una cama, para mi sucesor morir en prisión, y para su sucesor morir como mártir en la plaza pública.”

Ese es el devenir que intuimos de la sociedad, y eslóganes manidos como aquel de que “la victoria es nuestra”, o ese otro de que “estamos en el bando ganador”, no dejan de ser pueriles mensajes vacíos. No, la victoria de Cristo desconcierta, porque es una victoria contra toda esperanza, contra toda evidencia, a pesar de cuanto pasa. Pero “cuanto pasa”, cuanto ocurre en esta etapa difícil de la humanidad es constatación evidente de esa batalla. El mundo se descompone porque la dicotomía que no se quiere ver es la que verdaderamente sucede. Dios o no-Dios, tajantemente, terriblemente.

Por eso, desde meses atrás, el secularismo activo quiso retorcer la evidencia de esa batalla espiritual a términos manipulables: mundo o magia. De tal modo que lo que se pudiera intuir de una lucha espiritual quedara circunscrito en categorías seculares. Sería enfrentada la realidad de una actualidad en crisis únicamente a una esperanza mágica encarnada por la profecía maya. Y ahí, sólo ahí, debían ponerse las esperanzas… para que una vez constatada la ausencia de fuerzas cósmicas sanadoras, la vuelta a la cruda realidad del materialismo fuera el único camino posible.

Porque el malo sí que sabe dónde está la batalla y dónde su enemigo. Enemigo que no es otro que la fuerza espiritual de Dios a través de su Iglesia. Y hoy la Iglesia, débil y cansada, sólo parece mantener en el Papa el fuerte muro de contención que se debe derribar para concluir la obra demoledora iniciada siglos atrás. Iglesia débil, porque siendo todavía una fuerza social en muchos lugares, su voz ya no alcanza a un mundo que no la quiere oír, ni a muchos cristianos que viven con independencia de sus creencias. Débil, porque los años presentes son vocacionalmente críticos: los apostolados van cerrando ante la ausencia de nuevas vocaciones. Débil porque muchas de sus tradicionales órdenes se acercan al abismo del número, previamente su paso por el abismo del error doctrinal. Débil porque en esta Iglesia jerárquica se perciben reposicionamientos doctrinales que, lejos de renegar de su fracaso, se están enrocando en mantener discursos acomodados al mundo que no sólo han provocado la ruina de las almas sino que quizá tengan mucho que decir sobre la misma ruina de la Iglesia. Y cansada porque parece haber perdido ese espíritu de fuego que le llevaba a desafiar al mundo, a la enfermedad y a la misma muerte.

Pero algo no funciona en el proceso demoledor porque como un pequeño resto, los que se han mantenido fieles a las enseñanzas de siempre, los que se mantienen fieles a ese baluarte inexpugnable del Papa, parecen no sucumbir al fuerte oleaje y ven nutrirse sus filas de vocaciones. Por eso ahora la batalla contra Dios ha de plantearse en términos de otra estrategia. El proceso demográfico evidencia que el tiempo juega a favor del sí a Cristo, porque los demoledores se extinguen en las estructuras vivas de la Iglesia, mientras que los fieles permanecen. Y si los años futuros han de ver mermado el número de los hijos de la Iglesia su porcentaje estará conformado mayoritariamente por hijos fieles. Quizá la estructura de los apostolados quede corta pero parece que sus miembros serán mayoritariamente sanos. Y esto, todo esto que los números van reflejando, es algo que el mal no ha de soportar. ¿Qué estrategia empleará entonces para combatir a la Iglesia?

El cardenal George pareció desvelarlo aquel 21 de octubre:

- “Mi sucesor morirá en la cárcel”, o lo que es igual, un primer y violento combate ideológico, social, que se irá cerrando más y más como una pinza implacable. El año 2012 nos ha dejado preclaros ejemplos que cada día se han ido haciendo más evidentes. ¿Cuál será la clave de este aceleramiento en la estrategia? Una legislación claramente anticristiana y un silenciamiento de Dios en toda vida pública.

- “Su sucesor morirá mártir”, porque, en segundo lugar, cuando esa legislación anticristiana compruebe que no ha acelerado el derrumbe de la Iglesia, sino que ha favorecido su recuperación, acudirá a la violencia como arma final. Violencia que fácilmente será reconducida contra la Iglesia por los artífices de la destrucción ante el panorama de una crisis financiera, ambiental y demográfica que acabará haciendo aguas.

Esta es la perspectiva acelerada de las cosas vinientes que intuyera el cardenal George. Pero el mismo arzobispo Cardenal no había protestado porque su “profecía” hubiera sido filtrada, sino porque se hubiera filtrado parcialmente. Y así añadió lo que faltaba a su intuición:

“Las citas omiten la frase final que añadí a propósito del otro obispo que sucedería al obispo pensado como mártir: “Su sucesor recogerá los escombros de una sociedad en ruinas y poco a poco ayudará a reconstruir una civilización, como la Iglesia ha hecho tantas veces en el curso de la historia humana”.




x cesaruribarri@gmail.com
 
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