Sábado, 20 de julio de 2024

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Esperanza es agua para la reseca humanidad

Esperanza es espera, con sentido

Esperanza es espera, con sentido
mi yugo es fácil de llevar y mi carga es ligera

por La divina proporción

La esperanza es una virtud teologal que no depende de nosotros, sino que es regalo de Dios. El Espíritu Santo infunde en nosotros esta virtud, cuando nosotros abrimos la puerta al Señor. ¿Por qué? Porque la esperanza es espera. Espera que se nutre y llena de sentido. Sentido que es el mismo Cristo que habita en nosotros. La esperanza da lugar a otro maravilloso regalo: la paz interior. Paz que nos permite vivir nuestra vida sin buscar otra causa que la Voluntad de Dios. Cuando el enemigo nos ataca, lo primero de nos intenta contagiar es la duda que nos lleva a sospechar y echarnos la carga de las causas sobre nosotros.

...terminadas las bodas y habiéndose desposado con la Iglesia y admitiéndola en el tálamo de sus misterios, se regocijarán los ángeles por la vuelta del Rey a su natural beatitud. Con ellos conviene que esté conforme nuestra vida, porque así como ellos, exentos de malicia, están siempre preparados a celebrar el regreso de su Señor, así nosotros, vigilando a su puerta, debemos estar prontos a obedecer cuando venga llamando. Sigue pues: "Para que cuando viniere y llamare a la puerta luego le abran".

Por esta vigilancia que, como queda dicho, nos mandó tener el Señor, dice que ciñamos nuestros lomos, teniendo encendidas las antorchas. Porque la luz puesta delante de nuestra vista rechaza el sueño, y cuando nuestros lomos están ceñidos con un cíngulo nuestro cuerpo no se duerme fácilmente. Porque el que está ceñido por la castidad e ilustrado por una conciencia limpia, vela siempre encendida (San Gregorio Niceno, in Cat. graec. Patr., ex illius orat., vel. hom. 11, in cant)

Vigilar es esperar. Podemos esperar llenos de dudas y sospechas. Podemos esperar tranquilos y abiertos a lo que Dios pueda desear que suceda. Dios es quien maneja las mareas en el mundo. Nosotros podemos andar sobre las aguas o hundirnos en ellas. Ya Cristo indicó a Pedro: 

Pedro salió de la barca, caminó sobre el agua y fue hacia donde estaba Jesús. Pero vio que el viento era fuerte, tuvo miedo, se empezó a hundir y gritó: —¡Señor, sálvame! Jesús de inmediato lo tomó de la mano y le dijo: —Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? (Mt 14,29-33)

Hoy en día nos dedicamos a crear castillos en el aire. Castillos que se caen incluso antes de llegar a intentar subirnos en ellos. Castillos que crean enfrentamientos y dolor, porque los pintamos con los colores de la ideología y no de la fe sencilla y profunda en Dios. Castillos que nos hacen dudar de lo sustancial de la fe porque no son obras de Dios, sino de nuestro orgullo humano. Lo triste es que estos castillos no nos conducen a nada más que a desesperar. Por eso es tan importante que llevemos aceite suficiente para que nuestra esperanza no se apague con las tormentas del mundo que nos rodea y podamos andar sobre las aguas de mundo sin dudar de la Voluntad de Dios. Hoy en día parece que navegamos sometidos a las tormentas del mundo, aunque la mano de Dios siempre nos espere tendida. ¿Olvidamos la mano o tenemos el compromiso? Compromiso de dejar a un lado las ideologías que nos destrozan interiormente.

Hay una frase de Gustave Thibon, filósofo católico francés, que me encanta

 

El revolucionario que mata la tradición no es más que el fariseo que la perpetúa de manera muerta: aquí se embalsama, allá se abandona al crematorio, pero, en ambos casos, están trabajando en un cadáver. (Gustave Thibon)

Tanto el revolucionario, como el fariseo, trabajan con lo insustancial, lo aparente, lo ideológico. Ambos trabajan con nuestras filias y fobias, nuestros temores y desconfianzas. Nos hacen dudar de Dios para señalarnos a nosotros mismo como la causa de la tormenta de fe que padece la humanidad. La fe no tiene que ver con lo que hacemos o dejamos de hacer de forma humana. Tampoco tiene que ver con las estructuras sociales que creamos y destrozamos, cada década o milenio. La fe es otra virtud teologal y, por lo tanto, regalo de Dios. Si la fe se tambalea, la esperanza se desvanece. Pero lo más duro es que la caridad desaparece. Caridad que es amor a Dios y de forma semejante, al prójimo. Empezamos a odiarnos y rechazarnos. El enemigo sabe que nada más cierto que "divide y vencerás" y pone todo su empeño que ello.

¿A quién abrimos la puerta? Cristo nos llena de paz y esperanza. El enemigo de llena de desconfianza y desesperación. La libertad que Dios no ha regalado nos permite abrir la puerta a quien deseemos. Si vivimos llenos de desesperanza y sospechas, a lo mejor hemos abierto a quien no debíamos. 

Vengan a mí los que estén cansados y afligidos y yo los haré descansar. Lleven mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y de corazón humilde. Así hallarán descanso para el alma, porque mi yugo es fácil de llevar y mi carga es ligera (Mateo 11,28-30).

 
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