Domingo, 18 de agosto de 2019

Religión en Libertad

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Más sobre la polémica Vidal

por No hacer mudanza

Quiero indicar para empezar que algunos comentaristas de mi artículo anterior no parecen haber caído en la cuenta de que exite otro artículo que le antecede en el que expongo mis críticas y discrepancias con Vidal. En el lado derecho del blog lo pueden encontrar. Dicho esto, me reitero en volver sobre el fondo de la cuestión.

Quedarse en el simple debate sobre legalidades, IBIs, exenciones fiscales y todo este enmarañado que tanto se presta a la manipulación y al sectarismo sigue siendo una excelente via de escape para no afrontar cara a cara el verdadero problema, que es el de las relaciones de la Iglesia Católica con el Estado español en su conjunto. Sobre las particularidades anteriores, diré de una sola vez que resulta evidente que la ley de mecenazgo exime a cierto tipo de entidades de algunas obligaciones contributivas, y que es un disparate pretender hacer distinciones de unas sobre otras, y todo el discurso habitual en este tipo de temas: que si los partidos, que si los sindicatos, que si otras confesiones... pero nada de todo esto me preocupa. Allá cada cual con sus manipulaciones sectarias, y aquí me refiero sobre todo al rubalcabismo y sus adláteres. Todo eso no son más que los árboles que no nos permiten ver el bosque.

La cuestión que yo planteo es muy diferente, y para tratar de ilustrarla tomaré una anécdota que me aconteció hace ya bastantes años. En una reunión preparatoria de una peregrinación a un santuario mariano, tratábamos del armazón y el hilo conductor que se quería dar a esa experiencia de peregrinación concreta. En cierto punto, mencioné la necesidad de insertar un momento concreto en el que se hiciera una proclamación fuerte del kerigma, es decir, el anuncio de Jesucrito muerto y resucitado como referente existencial válido y completo para todos los hombres. Ante mi sorpresa, me encontré con que la respuesta mayoritaria por parte de muchos de los presentes, sobre todo sacerdotes, fue la siguiente: ¡eso no es necesario, ya se da por supuesto!

¡Magnífico panorama! Si vivo en una Iglesia en la que el hecho de la muerte y resurrección de Jesucristo y las implicaciones eternas y universales de este acontecimiento salvífico para todos los hombres ya no se mencionan expresamente ni se proclaman a los cuatro vientos porque "ya se dan por supuestas", entonces poco tengo que ver con esta aventura ya. Si aún se vive en la obsoleta ficción de una sociedad que mantiene claras estas premisas, heredadas de modo institucional y transmitidas de padres a hijos tal y como sucedía en el orden nacional católico franquista o épocas anteriores, entonces poco queda por hacer.

Si la misión de la Iglesia se reduce a "defenderse" y mantenerse en determinadas posiciones jurídico-políticas, pues lo otro "se da por supuesto", si esta proclamación del kerigma produce verguenza pues ya nadie cree en ella, aún más, a aquél que la proclame se le tachará con toda seguridad de loco, si provoca sonrojo en unas estructuras más preocupadas por salvaguardar sus diversas articulaciones administrativas y en mantener una estructura clerical-funcionarial eficiente y eficaz, si se rehuye de la persecución y del insulto, si a lo único que se aspira es a la "defensa de" frente a una situación cercana a la persecución abierta, entonces cualquier parecido con la realidad original de la Iglesia es pura coincidencia.

Si para evitar el ridículo del escándalo y necedad de la cruz nos dedicamos a articular discursos harto intelectualoides y altamente científicos sobre cualquier tema que afecte a la sociedad de hoy, si para pasar por cuerdos ante los demás nos dedicamos a buscar estrategias eficaces y válidas para influir en la sociedad y acceder a mayores cuotas de poder político, si por miedo a ser apedreados y sacados a patadas de los pueblos, barrios y ciudades de nuestra geografía nos dedicamos a lanzar cruzadas por la justicia social, la vida humana, la igualdad y fraternidad entre los pueblos o el sursum corda, cualquier cosa menos proclamar a voces que un hombre volvió a la vida despues de muerto y que ese hombre es Dios y está hora entre nosotros, por que consideramos que eso YA SE DA POR SUPUESTO, no estamos más que ocultándonos como cobardes ante aquello que se nos encomendó anunciar por todo el mundo.

Así, puedo hablar de justicia social, porque voy a quedar muy bien; puedo hablar de marcos legales y de exenciones fiscales porque voy a quedar muy bien, puedo hablar del valor de la familia y de la dignidad humana, porque voy a quedar muy bien, puedo hablar de cualquier tema humano que sea porque pasaré por una persona razonable, tolerante e integrada en el mundo y la sociedad en la que vivo, pero de ninguna manera puedo ir por ahí gritando que un tipo que murió hace dos mil años está vivo ahora, porque entonces seré un fundamentalista, un integrista fanático y un loco peligroso.

Y yo en el evangelio no encuentro a Jesucristo llegando a componendas con los saduceos y fariseos, ni a acuerdos tácitos con las autoridades romanas, ni nada que se le parezca. Sólo veo a un hombre que no se calla nada, aún a sabiendas de que todo lo que dice le va a costar la vida, pues nadie, nadie se libra de oír lo que no quiere oír, ni romanos, ni levitas, ni escribas, ni fariseos, ni saduceos, ni zelotes, nadie. En cambio hoy hay cosas que conviene callar, por "prudencia", hay cosas que conviene mantener, por "estrategia" y hay libertades, comenzando por la libertad de los hijos de Dios, a las que hay que renunciar, ¿quizás por cobardía?

Sucede entonces que para recuperar la verdadera esencia y naturaleza de la Iglesia Católica es necesaria la persecución e incluso el martirio, como ocurre todos los días con los cristianos de otros lugares del planeta. Sucede que sólo a través de ellas podemos permancecer fieles a la verdadera misión y razón de ser de la Iglesia, pero en el fondo lo evitamos y empleamos todas nuestras energías en "la defensa"... de lo que sea. Resulta mucho más fácil buscar la eficacia y la utilidad, resulta mucho mejor trabajar en diferentes ámbitos, en la política, en los medios, en las asociaciones, en la empresa, en el mundo del trabajo, y así podemos olvidar que Jesucristo donde realmente se movió fue en el ámbito de la existencia cotidiana de las personas y en los "márgenes del sistema", sí, en la marginalidad, entre los hombres rotos, entre las víctimas de todo tipo. Pero entre la marginalidad y las instituciones, preferimos una y mil veces a estas últimas, por una simple cuestión de "eficacia". A los márgenes sólo acuden los locos, locos al estilo de esos que iban por ahí proclamando que un hombre muerto había vuelto a la vida, al estilo de una menuda mujer albanesa que se fue a la India buscando los márgenes más extremos del mundo. Allí sólo hay locos. No, aquí ya damos todo eso "por supuesto" y tenemos la "obligación" de movernos en las instituciones. Amén.
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