Miércoles, 24 de julio de 2019

Religión en Libertad

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"Empleado en la destrucción de iglesias"

por Victor in vínculis

Josep Gassiot Magret en su obra “Apuntes para el estudio de la persecución religiosa en España” narra a continuación los excesos salvajes “En los primeros meses de la Guerra Civil”.
Y este odio a todo cuanto llevase la marca de la religión cristiana, hacía que en los registros que se efectuaban en las casas particulares se arrebataran y se destruyeran todas las imágenes religiosas, sin atender las quejas o reclamaciones de quienes decían que tales objetos religiosos significaban recuerdos de familia.
En una postal editada por la F.A.I. con el título de “destrucción de propaganda fascista”, aparece la fotografía de la destrucción en plena plaza de San Jaime (foto bajo estas líneas), de miles de estampas religiosas.

A veces eran amontonados en el cruce de las calles los objetos religiosos y antes de quemarlos se hacía escarnio de las imágenes. Guardamos de esto tristes recuerdos.
Dice muy bien el Rvdo. Luis Carreras en su obra “Grandeza cristiana de España” (pág. 39):
Aquel domingo el pueblo espontáneo no estaba en la calle. Incluso, cuando estuvo, eran grupos bien señalados y dirigidos los que realizaban la obra vandálica en presencia misma de las fuerzas que antes fueron llamadas de orden público. Había una preparación minuciosa, había una organización ejecutiva, había unos métodos y unas consignas. De haber sido el pueblo espontáneo, aún el pueblo engañado e incitado por las leyendas en curso, los mismos excesos hubieran tenido otras características de anormalidad; habría más excepciones de buen sentido, de respeto, de piedad por las víctimas; los hechos repetidos en innumerables ciudades en que el pueblo auténtico defendía a los párrocos hubieran tenido otra suerte más afortunada, que la técnica del terror y los comisionistas del asesinato lograron casi siempre impedir. Sobre todo la devastación y la ferocidad no hubieran sido uniformes, rápidos y universales. El pueblo no habría creado un estilo, que en toda Cataluña, en toda la España republicana presentaba los mismos elementos de salvajismo y exterminio, y que, aun en los casos en que había interés y mandato de no manifestarse, como en Vizcaya, no pudo dejar de cometer algunos de sus horrendos desenfrenos a fin de no desmentir su naturaleza y universalidad”.
“Quienes han presenciado los hechos vandálicos de Cataluña están provistos de toda clase de pruebas. Son miles los ciudadanos que han visto con horror la llegada de las caravanas técnicas del incendio y del crimen en Vic, Igualada, Sabadell, Tarrasa, Montserrat, Manresa, Solsona, Seo de Urgel, Gerona, Lérida, Tarragona, hasta en los últimos valles del Pirineo, aun en el Valle de Arán, tan lejos de la conmoción revolucionaria”.
“En la ciudad de Vic, centro de gran vida religiosa, en la mañana del martes, 21 de julio, llegaron unos camiones con tales bandas forasteras al país y en medio de la noble Plaza Mayor. Su jefe con voz estentórea, de pie en uno de ellos, anunció: "Antes de dos horas, Vic ha de arder por los cuatro costados". Y efectivamente, con rápida disciplina, aquellos técnicos, bien provistos de material de bomba y de esencia, se lanzaron a incendiar iglesias y conventos, a profanar venerados sepulcros de santos y otras figuras de la Iglesia, como Balmes y Torras y Bages, jugando al fútbol con el cráneo de este último.


Las pinturas maravillosas de José María Sert fueron destruidas; empezó a arder el incomparable Museo Diocesano; sólo voluntades intrépidas pudieron evitar que éste quedara destruido, así como la milenaria Basílica de Ripoll, hacia cuya devastación fueron las hordas malditas”.


“De la existencia de tales especialistas en toda España se pueden dar pruebas al infinito; una, empero, basta. Después de la toma del Bilbao, se halló en aquel Comisariato de Policía este documento a favor de un tal Eduardo Suárez: “Al portador de este salvoconducto no puede ocupársele en ningún otro servicio, porque está empleado en la destrucción de iglesia”. El salvoconducto está librado en Gijón en el mes de octubre de 1936, y lleva los sellos de la C.N.T., F.A.I. y de los grupos libertarios de aquella ciudad”.




Profanación de la tumba de San Bernat Calbó, Catedral de Vic.
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