Miércoles, 24 de julio de 2019

Religión en Libertad

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Santo Ejercicio del Vía Crucis por el Beato Liberio

por Victor in vínculis

El Beato Liberio González Nombela fue uno de los 498 mártires de la persecución religiosa que fueron beatificados en Roma el 28 de octubre de 2007. Fue párroco de Torrijos (Toledo) y en 1933 publicó este Via Crucis dedicado " a los generosos suscriptores de "Culto y Clero" de la parroquia de Torrijos (Toledo). Tras las catorce estaciones nos ofrece las Salutaciones a las Cinco Llagas. El culto y la devoción a las Cinco Llagas de Cristo, "quatro las de los clavos, quinta la de la lança" al decir de Gonzalo de Berceo, se encuentra estrechamente relacionadas con la devoción a la Sangre de Cristo. La devoción fue iniciada por San Francisco de Asís.


Ejercicio del Vía crucis
 Acto de Contrición
 Ofrecimiento
 
Soberano Señor mío, ofrezco a tu Majestad divina todo lo que en este santo ejercicio hiciere, meditare y rezare; y así te lo ofrezco en remisión de mis pecados y de las penas merecidas por ellos, y por las almas de mi mayor obligación, según el orden de caridad y justicia, que debo y puedo hacer, como más agradable a ti fuere. Amén.

 
 
NOTAS.
a)    Para ganar las indulgencias del Vía crucis es necesario levantarse y arrodillarse en cada estación.
b)    Antes de todas las estaciones se dirá, al besar el suelo: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo
c)    Después de cada estación se dirá: Padre nuestro, etc.
Jesús, pequé; tened piedad y misericordia de mí
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén.
 
1ª Estación: Jesús condenado a muerte
 
Contemplamos la omnipotente Majestad de Dios entregada a la veleidosa autoridad de un juez intruso y cobarde. ¡La misma Santidad del Verbo Eterno condenada y vilipendiada por la hipócrita malicia de los hombres pecadores! ¡El que ha de juzgar inapelablemente a los vivos y a los muertos, voluntariamente sometido a una autoridad venal! Cuando mi soberbia me convirtiera en juez de mis hermanos, recuérdame, Señor, que te juzgo entonces despiadadamente a Ti. Cuando, por el contrario, los hombres sin piedad me juzguen, y sin escucharme me condenen, recuérdame que a Ti te condenaron primero.
 
2ª Estación: Jesús cargado con la Cruz
 
Sobre tus hombros santísimos contemplo, mi buen Jesús, la pesadísima cruz, símbolo de los mayores oprobios. ¿Quién podrá quejarse en la vida de ingratitudes y afrentas, viendo así correspondidas tus finezas y de tal modo pagados tus incontables favores? Cargado con la cruz, me pareces, Señor, más poderoso que fabricando los mundos. Ascendiendo al Calvario entre baldones, me resultas más bello y majestuoso que despidiendo rayos de luz en el Tabor de tus glorias. ¡Quién me diera poder arrebatarte el infamante peso, santificado así con tu humildad y tu cariño! ¡Qué grande es la cruz! Tan grande que, desde que Tú la abrazaste, no hay un solo mortal que pueda caminar sin ella.
 
3ª Estación: Jesús cae por primera vez
 
Mírame, pecador, confundido por tu amor con el polvo del camino. Acaso no reconozcas en mí a la majestad y fortaleza de Dios, humillada y abatida para curar tu soberbia. Fue grande mi humillación porque fue grande tu rebeldía. Bajé cuanto pude, porque tú te levantaras con mi gracia cuanto quisieras. En mi amoroso afán de santificarte, quise tocar con mi frente la tierra que te sostiene, para que, hasta cuando mires a ella, la mires como camino del cielo. ¡Dichoso tú, pecador, si en estas gotas de sangre que derramé en el sendero, aciertas a leer el himno de tu verdadera liberación del pecado y del infierno!
 
4ª Estación: Jesús encuentra a su Madre
 
La vista de Jesús escarnecido debió rasgar de dolor el corazón de su Madre. Son tan graves, sin embargo, las culpas de los hombres, que hace falta que se junten, para lavarlas, los raudales de sangre del Corazón de Jesús y los torrentes de misericordia del Corazón de María. ¡Dichoso encuentro para ti, Señor, que ves iluminada la noche de tus tormentos por los fulgores de esta que llama la Iglesia “Estrella de la mañana”! ¡Dichoso también para nosotros, que desde entonces sabemos que hemos de hallar a los dos en las sendas de nuestra amargura! Con tu presencia, Jesús, los trabajos resultan ligeros. Con la presencia de María se vuelven consoladores. Sufrir en la tierra bajo la luz de vuestras miradas es vivir bajo un sol sin noches ni ocasos.
 
5ª Estación: Jesús ayudado por el Cirineo
 
Aprende, cristiano, en esta escena de mi pasión las lecciones que te dicta. Pude inspirar compasión a un hombre desconocido, y ¿no la infundiré tal vez en almas, como la tuya, santificadas a diario con los santos Sacramentos? Ayúdame, por piedad, a sostener las cien cruces que la maldad de los mortales hace gravitar sobre mis hombros. La ignorancia religiosa delos pueblos, las blasfemias, las impurezas, los escándalos, el diabólico afán de borrar la idea de Dios del corazón de los niños; la impiedad de los gobiernos, el poco celo de mis sacerdotes, la soledad de mis Sagrarios… son cruces que has de ayudarme a llevar con tu celo por mi causa. Hazlo, al menos, por interés, recordando que prometí no dejar sin recompensa un vaso de agua dado en mi nombre.
 
6ª Estación: La Verónica limpia el rostro del Señor
 
Te agradecemos, santa mujer, en nombre de la humanidad regenerada, este rasgo delicado de limpiar la sangre, el sudor y el polvo del rostro de nuestro Dios. Nos enseñó la razón que éramos imagen del Creador, por nuestro mismo origen. Nos enseñó la fe que esta imagen se afeó por el pecado y se restauró por la pasión de Jesucristo. Pero, tú santa mujer, nos descubriste el más hermoso y consolador secreto: el que la imagen perfecta del Redentor solo se imprime en aquellos, que siendo limpios, como el lienzo que le ofrecieron tus manos, se aproximan a Él para consolarle, con fidelidad de amigos y ternura de hermanos, en los momentos de dolor. Queremos tu heroica fortaleza para acercarnos a Jesús tanto más cuanto los malos le odien y persigan.
 
7ª Estación: Jesús cae por segunda vez
 
No son los quebrantos de tu cuerpo, con ser muchos, los que otra vez en la tierra te derriban. Son los pecados de la pobre humanidad, previstos en la sucesión delos tiempos por tu mirada abarcadora de horizontes infinitos. El imponente turbión de sus maldades batió con infernal sacudida las rojas margaritas de tu pecho y rodaron sus hojas por la impiedad marchitas. En ese mar de acibaradas ondas, formaron mis delitos tristísimo cortejo. Perdóname, Señor. Mi palabra de honor quiero empeñarte de que emplearé el resto de mi vida en buscarte muchas almas con incansable celo. Si en mí y en ellas caíste por culpas y desvíos, reinarás de nuevo como único Señor.
 
8ª Estación: Jesús consolado por las mujeres
 
¿Por qué son siempre pocas las lamas que consuelan, Jesús mío, tus penas y dolores, y muchas las que, pérfidas, renuevan tu cruz y tu pasión? Acaso porque quieres sufrir por los que amas: si no hubiera miserias en la tierra, no fuera a nuestros ojos tan bueno y compasivo tu amante Corazón. ¿Es que quieres acaso que tus amigos fieles se muevan, contemplando tus dolores, a afectos generosos de ardiente caridad? Yo quiero ser de aquellos que, en tu ascensión al Gólgota, te salen valerosos al encuentro, brindándote su pecho como escudo, sus manos como espadas, sus ojos como antorchas, su lengua como heraldo de tu amor.
 
9ª Estación: Jesús cae por tercera vez
 
Tercera vez caído se encuentra aquí mi Dios. La tierra más piadosa que los hombres, le ofrece su regazo, descanso momentáneo a su dolor. Pensaste, Jesús, en tantas recaídas de los hombres, traidores a tu ley, rebeldes al imperio de tu cruz. ¡Oh, conforta con tu gracia a los mortales, que tantas veces caen desfallecidos bajo el yugo terrible del dolor. No fijes tus maridas en quien goza, bebiendo los placeres fementidos de corrompidas charcas. Contempla con tus ojos compasivos las almas flageladas, los cuerpos abatidos por penas y dolores, y tengan el valor ante tu trono de un acto continuado de santa expiación.
 
10ª Estación: Expolio de Jesús
 
Más pobre que en Belén te me presentas, dulcísimo Jesús. Allí no te faltaron los pañales de nieve y de cariño, que preparó tu Madre. Aquí te falta todo. Lo poco que conservas, los míseros vestidos, teñidos en tu sangre, lo arrebata la saña delos hombres inhumanos, que gozan, ¡desgraciados!, viendo a su Dios sufrir. La túnica inconsútil de tu Iglesia, mil veces en la Historia rasgada y repartida, se trueca de repente en púrpura y armiño de triunfo y esplendor. Tu Esposa, empobrecida, es más rica en virtudes: como la quieres Tú. Tu carne inmaculada sufrió esta vil afrenta, tal vez para curarnos las pútridas heridas de faltas de recato, de modas indecentes; los frutos corrompidos de nuestra liviandad, Señor; que seamos castos en obras, pensamientos y palabras, pues somos racionales, pues ese es nuestro orgullo, y esa tu voluntad.
 
11ª Estación: Jesús clavado en la Cruz
 
¡Qué bueno eres, mi Dios! Tus manos, que derraman en el mundo torrentes de hermosura y bendiciones, permiten ser clavadas a un madero, por miedo a castigar. Tus brazos extendidos me brindan tus perdones. ¡Señor, que nunca sea mi corazón más duro que el del feliz ladrón a quien donaste el Cielo, por precio tan mezquino! Suspenso entre los cielos y la tierra, pediste nuestro indulto al Padre Eterno; trajiste a los mortales la prenda más segura de reconciliación. ¡Bendita cruz, eterno pararrayos de la ira justiciera de Jehová! ¡Benditas llagas, claveles que este mundo han perfumado; que atraiga corazones vuestro olor!
 
12ª Estación: Jesús muere en la Cruz
 
Humillemos a nuestra frente con el abatimiento más profundo. Tan ardiente e impetuoso es en la tierra el huracán del pecado, que ha podido secar, con el soplo de la muerte, la misma fuente de la vida. Si yo no muero al pecar, es porque Cristo ofreció su vida en prenda de mi conversión y mi rescate. Rásguese para siempre el lienzo de mis apegos terrenales, como el velo del Templo, de Cristo ante la agonía; salgan de mi alma las pasiones, como los muertos de sus sepulcros, pártanse las piedras de mi indiferencia, como las rocas del Calvario; oscurézcase el sol, si es precios, con tal de que mi lengua, solaz del corazón en estas horas, pronuncie con frecuencia la bella confesión del jefe de los soldados romanos: “Verdaderamente era Hijo de Dios este crucificado”.
 
13ª Estación: descendimiento
 
Ya tienes en tus brazos, Madre mía, el cuerpo de tu Hijo. No mires el mosaico de torturas grabado en esas carnes virginales. Piensa, Madre, en el fruto de tanta iniquidad. Piensa en nosotros, que fuimos a ese precio rescatados, no por nuestro valor, polvo del polvo, sino porque Dios quiso elevarnos a tanta dignidad. En tardes de tormenta, dibújese en el cielo el iris de la paz, al quebrarse en la lluvia la limpia luz del sol. En este atardecer del Viernes Santo, la lluvia de tus ojos, herida por los rayos del sol de las eternas claridades, pintar pudo en el cielo el iris de la paz y la esperanza. ¿Quién temerá, Señora, si te tuviere a ti por medianera? Si grande fue tu dicha por ser trono de Cristo, la nuestra no es menor, pues diariamente desciende a nuestro pecho, envuelto en el sudario de blancos accidentes. Tú, Señora, que así sabes sentir cosas del Cielo, enséñanos devotamente a comulgar.
 
14ª Estación: Cristo es sepultado
 
Desciende de la cumbre del Calvario el fúnebre cortejo, llevando el cuerpo muerto de Jesús. Getsemaní, testigo de sus horas de agonía, va a ser el relicario que custodie tres días la más apreciada joya, la santa humanidad. Miraban los antiguos con espanto a sima pavorosa del sepulcro, fracaso de la vida, imperio de la muerte, festín de los gusanos. Nosotros, los cristianos, mirámosla tranquilos, desde que en sus tinieblas morará nuestro Dios. Estación de descanso de unas horas, mientras que llega el día del Juicio Universal. Túnel, en cuya boca se dibuja la luz de otra ribera, donde la fe me llama, donde el amor me espera. Tierra donde se pudre nuestra carne, para nacer de nuevo convida indeficiente, como se pudre el trigo bajo el surco, para nacer el tallo y la dorada espiga. ¡Te adoramos, Señor, con rendimiento! ¡Inmaculada Virgen, madre nuestra, tus hijos hoy venimos a consolar tu triste soledad!
 


Salutaciones a las cinco Llagas
 
1. Te saludo, oh santísima llaga del pie izquierdo de mi Señor Jesucristo, y te pido, Señor, por ella me perdones mis ingratitudes y pecados, los que conozco y los que ignoro por inadvertencia o por olvido. De todos me arrepiento con profundísimo dolor, y propongo con tu gracia no volver a cometerlos. Padrenuestro y gloria.

2. Te saludo, oh santísima llaga del pie derecho de mi Señor Jesucristo, y te pido, Señor, por ella perdones las ofensas todas cometidas contra Ti por mi familia y por mi pueblo. Los méritos infinitos de tu Pasión y Muerte satisfagan por todas ellas, supliendo el exceso de tu clemencia los defectos de nuestra contrición. Padrenuestro y gloria.

3. Te saludo, oh santísima llaga de la mano izquierda de mi Señor Jesucristo, y te pido, Señor, por ella concedas tu indulgencia y perdón a los pecados de España. No olvides, Jesús, ni aún en las horas en que en ella se renueva tu agonía del Viernes Santo, que es la tierra visitada por tu Madre Santísima, y que cuenta con la promesa infalible de ser el reinado preferente de tu Divino Corazón.  Padrenuestro y gloria.

4. Te saludo, oh santísima llaga de la mano derecha de mi Señor Jesucristo, y te pido, Señor, por ella perdones los pecados que contra Ti en todo el mundo se cometen. Recuerda, Jesús, que por todos los hombres moriste, y que en todos los lugares de la tierra se ofrece tu Cuerpo Sacramentado, como víctima de reconciliación. No solo de este mundo, perdido en la inmensidad de los espacios; de mil mundos mayores puede limpiar la escoria el fuego divino de tu Corazón. Padrenuestro y gloria.

5. Te saludo, oh santísima llaga del costado de mi Señor Jesucristo, y te pido Señor, por ella purifiques las almas de los fieles difuntos, que expían sus culpas, aguardando el momento de gozar de Ti. Al rasgarse tu pecho sacrosanto, se ha resuelto, para el hombre que anhela salvarse, la mayor dificultad. ¡Dichosa puerta de la gloria, que nos busca, nos llama y nos atrae, y que ya eternamente no se podrá cerrar! Padrenuestro y gloria.


 
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