Viernes, 21 de febrero de 2020

Religión en Libertad

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Madrugada del 23 de noviembre, en el cementerio de Vallecas

por Jorge López Teulón

Beata María Cecilia Cendoya Araquistain
En el cristiano hogar de Antonio e Isabel nació la pequeña Mª Felicitas el 10 de enero de 1910, en Azpeitia (Guipúzcoa). Vivaracha y juguetona. Crece feliz junto a sus hermanas. Sus padres imprimen en el corazón de sus cuatro hijas el santo temor de Dios y una sólida piedad.
Por razones de trabajo, la familia se traslada a Azcoitia. A los siete años recibe la primera Comunión. A partir de esa fecha aumenta su fervor. La vida eucarística tiene para ella delicias especiales. Ayuda cuanto puede en la parroquia y visita a Jesús Sacramentado todas las tardes.
Es muy buena, pero tiene un genio fuerte y cuando le dice a su madre que quiere ser religiosa, oye esta respuesta: “-¿Tú religiosa con ese genio...?”. Desde ese momento cambia y parece otra. La madre, se convence entonces de la autenticidad de su vocación.
Decidida y alegre, a sus 20 años atraviesa los umbrales del Primer Monasterio de la Visitación de Madrid, el 9 de octubre de 1930. Hermana Mª Cecilia es el nombre que recibe en la vida religiosa. Su temperamento vivo, contrasta con su carácter amable, humilde, sosegado y silencioso. Desde el principio sufre todas las consecuencias de la persecución religiosa: disturbios, votaciones, quemas de iglesias y conventos, dispersión de su Comunidad, etc.
Pocos meses después de su entrada en el monasterio, viendo la maestra que la postulante está asustada, le pregunta si quiere volver a su casa, y regresar cuando la situación mejore. Pero al punto responde con viveza en su pobre y simpático castellano: “-No, no, hermana mía, ¡antes cortar “cabeza”!”.
Durante estos años, tiene muchas oportunidades de ir con su familia, pero por amor a Jesús y a su vocación nunca acepta las propuestas y siempre dice con tesón que no quiere marcharse por nada del mundo.
Hace los votos solemnes el 27 de septiembre de 1935 y tiene la alegría de verse rodeada de todos los suyos. Está radiante de gozo.
Hemos tenido ocasión de poder seguir las vicisitudes vividas por las siete religiosas de la Visitación de Madrid:


 
Soy religiosa
Hacia las 7 de la tarde del 18 de noviembre es conducida a la muerte junto con sus Hermanas. Un frenazo rápido del camión que las lleva les indica el lugar designado para su ejecución. Suenan disparos y bárbaramente son fusiladas todas menos ella. Porque María Cecilia, nerviosa, echa a correr. Pronto se encuentra con unos guardias y se entrega diciendo: “-Soy religiosa”.
Al día siguiente por la mañana la llevan a una de las peores cárceles improvisadas, las desgraciadamente famosas «checas». En ella están detenidas unas doce mujeres. El suelo está lleno de agua, sólo hay un banco para todas... Hace mucho frío. Cuando entra la hermana Mª Cecilia se queda en un rincón. Entonces una joven se le acerca y le pregunta con cariño. Ella le contesta rápidamente: “-Soy religiosa”. Como le inspira confianza le cuenta todo lo sucedido:
“-Estábamos siete religiosas en un piso aquí en Madrid, somos salesas, vinieron a por nosotras, nos metieron en un coche y nos llevaron a un sitio oscuro donde había barrotes, era como un solar, pero no sé dónde es porque no conozco Madrid. Yo me bajé del coche de la mano de otra Hermana, éramos las dos últimas, y al notar que se caía muerta, no sé lo que me pasó, eché a correr y no sabía lo que hacía”.
A sus compañeras de calabozo las alienta a sufrir por Dios, las edifica a todas con su paciencia y unión a la voluntad divina, siempre la ven rezando, siempre en oración...
Poco a poco van llamando a las detenidas a declarar. A unas las dejan en libertad, a otras las fusilan. La hermana Mª Cecilia se va despidiendo de ellas con tristeza. Teme quedarse sola. Les asegura que cuando le llegue su turno no ocultará que es religiosa. Y es consciente de lo que esa afirmación supone en esos precisos momentos. En efecto, una marca roja aparece junto a su firma en la declaración que hace en la cárcel. Es la señal de los condenados a muerte.
La joven con quien habló, al despedirse le indicó la dirección de su casa, para que cuando saliera se dirigiera allí, pero pasaron los días y de Hna. Cecilia, no se supo nada.
A las afueras de Madrid, en las tapias del cementerio de Vallecas, la madrugada del 23 de noviembre, aparece su cadáver. La Beata Mª Cecilia ha derramado toda su sangre por amor a Cristo. Su fidelidad a toda prueba, le hace alcanzar a sus 26 años el martirio que tanto anhelaba.
 
Una cruz atravesada por una bala
Pronto corrió la voz, de que a las siete hermanas Salesas las habían matado, pero ¿dónde y cómo? Esto, nadie lo podía precisar y las circunstancias actuales exigían prudencia; así que sus familiares trataban de averiguar con gran cautela.
Desde 1939, fin de la guerra civil, hasta 1942 sucederán así los acontecimientos. La Comunidad vuelve desde Oronoz (Navarra) a Madrid, y se comienza a averiguar las circunstancias del martirio, al mismo tiempo que se emprenden las reparaciones del Monasterio, devastado por el fuego y el saqueo.
Se informan del martirio de las hermanas, localizan en el cementerio de Ntra. Sra. de la Almudena los cadáveres de seis de las Hermanas, cerciorándose de la autenticidad de los mismos, por fotografías que obraban en los cementerios, y gestionan el traslado de cuatro de ellas a la Cripta del Monasterio el 14 de junio de 1940.
Era necesario reconocer visualmente, sin tocar nada, los cadáveres bajo juramento. Se reconoció sin lugar a dudas a las hermanas Mª Gabriela, Teresa María, Mª Engracia y Mª. Inés. Sin embargo aunque estaban seguras de que los otros dos cadáveres eran de las hermanas Josefa Mª y Mª Ángela, sus rostros se encontraban tan desfigurados por los disparos que, con gran dolor no se atrevieron a prestar el juramento y sus restos quedaron enterrados, con sus nombres, en el cementerio de la Almudena hasta que fueron trasladados al Valle de los Caídos.
Gran consternación causó la desaparición de la hermana Mª Cecilia, solo se supo por personas que estuvieron con ella en la checa de su encarcelamiento, pero nada más pudieron aportar de su destino posterior. En 1941, vino al Monasterio una señora que acompañaba a su sobrina, que deseaba ser religiosa. Al entrar la superiora al locutorio, la señora se quedó mirando la cruz que llevaba en el pecho y admirada dijo “¡Ay!... como esa cruz he visto una en el Juzgado Municipal de Vallecas”.
Ella refirió que buscando el cadáver de su marido, desaparecido en 1936, lo encontró e identificó por los objetos que llevaba, allí vio una cruz atravesada por una bala y se le quedó bien grabada, estaba segura que era igual. Gracias a este dato providencial fue localizado el cadáver de la séptima hermana el 4 de octubre de 1941, en el cementerio de Vallecas.
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