Miércoles, 29 de mayo de 2024

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El poder del Espíritu desde la Vigilia de Pentecostés

El poder del Espíritu desde la Vigilia de Pentecostés

por Un camino de fe

El Espíritu hace posible que el hombre pueda poseer una tierra, hable una misma lengua, tenga un mismo corazón y viva en comunión con el prójimo, con su semejante.

En este sentido, Dios en el origen crea al hombre en comunión perfecta con Él y con los demás. Yahvé concede al hombre una tierra nueva en la que poder habitar. Esta tierra construida por manos humanas con elementos de la propia tierra: la piedra y la argamasa, es el lugar donde el hombre puede, hablando una sola lengua, entrar en comunicación con lo que le rodea. Pero el hombre que está herido por el pecado quiere establecer un nuevo modo en el que habitar en esa tierra. Produce ladrillo y alquitrán que le van a llevar de nuevo al pecado y la esclavitud. La piedra le permitía vivir en libertad con el otro. El ladrillo y el alquitrán, que desprende un fuerte olor, no le permiten una vida en sintonía con el otro, sino que le hace esclavo del otro. Y apartándose del querer de Dios, se hace una nueva ciudad y una torre que desde el orgullo quiere hacerse como Dios, y esto le da un nombre para identificarse: se convierte en un siervo que va a desobedecer el plan de Dios. Por ello, ya no puede vivir en comunión con el otro, y deja de comunicarse con el que está a su lado. Y así, Dios hace que el hombre no puede entenderse con el otro, por el pecado cometido de querer ser como Dios. Dios viene a confirmar lo que el hombre ya había realizado. Esto hace que Dios disperse al hombre por la tierra. Este pierda su morada y su relación con los demás. Y solo el Espíritu puede devolver al hombre al origen y la tierra en la que había sido creado.

De esta forma, Dios va a elegir un nuevo pueblo, con el que quiere establecer una alianza. Le saca de la esclavitud en la que construían con ladrillo, para que puedan ser las piedras vivas en las que Dios viene a morar. El pueblo de Israel como pueblo escogido por Dios para ser una nación de alabanza dice que sí al Señor, y este viene habitar en medio de él. Así, Dios habita en medio de su pueblo, en una tierra nueva.

El Señor viene a la montaña, lugar de la presencia de Dios, para confirmar su Palabra. Y envía su Espíritu que desciende en forma de fuego, como signo de su presencia. Dios le da su vida para que el pueblo pueda vivir para Dios, con una existencia nueva.

De este modo, el pueblo de Israel tiene una tierra nueva donde habitar. Pero por su pecado pierde la tierra, y es enviado a vivir en una tierra extraña donde vive como extranjero. Israel se convierte en un hueso seco, que ha perdido la comunión con Dios. Pero el mismo Dios quiere entrar en ese pueblo, en su miseria, para vivificarlo con su presencia. Les dona su vida para que puedan volver a Dios y tener una vida nueva. Les regala de nuevo la tierra, en la que habitara un resto, que saliendo de sí mismos tendrán a Dios como su Dios. Israel que era un hueso seco, por la acción del Espíritu se vuelve un ser vivo en el que mora el mismo Dios. Israel que estaba muerto puede volver a la vida, y vuelve a vivir en la alianza que Dios ha hecho con él.

De esta manera, el Espíritu viene a dar vida a lo que estaba muerto, y vivifica a toda carne. La carne del hombre va a ser transformada por el Espíritu para darle una nueva vida. Y ella el Espíritu quiere morar. Por eso, el Espíritu viene a hacer de nuevo al hombre, y morar en él. Por lo cual, el Espíritu puede dar un nuevo sentido a la vida humana, cambiando la lógica del propio hombre. Por ello, los jóvenes verán visiones y los ancianos tienen sueños (cf. Joel 3). El mismo Espíritu cambia la lógica de la creación, y aparecen signos nuevos en el cielo y en la tierra. Y por el mismo Espíritu el hombre puede morar en una tierra nueva, recibir un nombre nuevo, y Dios ser su Dios.

Esta tierra en la que quiere vivir el Espíritu es el corazón del hombre, donde viene a anidar para dar al hombre un nombre nuevo: hijo de Dios. Desde el don de la filiación, el Espíritu viene también a transformar la carne del hombre, que será glorificada, para hacerlo hijo de Dios en plenitud. Por su poder se convertirá en hijo de resurrección. Así como el hombre es débil necesita al Espíritu que lo renueve por dentro e interceda por él. Y el deseo del mismo Espíritu queda cumplido.

De este modo, el que vive del Espíritu puede colmar su sed. Y desde el agua nueva que brota del hombre como un río de agua puede fecundar una tierra nueva para tener una nueva existencia  para él y para dar vida a otros. Por eso, el Espíritu viene a dar la comunión plena al hombre con Dios y con los demás, y, el hombre hablar desde el Espíritu que lo vivifica. El Espíritu va a hace nacer del hombre un torrente de agua viva que brota de lo más profundo de su ser, para tocar y sanar todo lo que le rodea.

Por el poder del Espíritu el hombre toma una nueva identidad: hijo en el Hijo, es llamado a una nueva tierra: el cielo, y puede hablar el lenguaje del Espíritu y estar en comunión con él.

Belén Sotos Rodríguez.

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