Miércoles, 22 de septiembre de 2021

Religión en Libertad

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Nostalgia de Matías Montero: Dar la existencia por la esencia

por Angel David Martín Rubio



A los promotores de la recuperación de la memoria histórica les ha debido pasar desapercibido que hoy, 9 de febrero se cumple un aniversario más del asesinato en las calles de Madrid del estudiante Matías Montero.
 
Estoy convencido de que no han caído en la cuenta porque si no ¿cómo explicar su silencio ahora que tanto se promueve el recuerdo de los sucesos del pasado?

O tal vez hay otra razón más convincente… Matías Montero era un falangista que cayó abatido por las balas de los pistoleros socialistas y de eso es mejor no hablar. Su ejemplo, como el de tantos otros, es la prueba de que la historia no fue como nos la quieren referir los ideólogos de la memoria. O como nos la quiso contar el juez Garzón al pretender involucrar a la Falange en presuntos delitos cometidos en la España de los años treinta y cuarenta.
 
Casi siempre, hablar de la violencia en relación con la Falange de los años de la República y la Guerra Civil se reduce a glosar airadamente la desvirtuada frase de José Antonio acerca de la “dialéctica de los puños y las pistolas”. Frase que en su justo contexto debe compartir todo hombre de bien. Al mismo tiempo, se  olvida que no es posible comprender la dinámica de violencia en que desembocó la Segunda República y el papel que en ella desempeñaron los falangistas, cuando se ignora que este Movimiento perdió en sus primeros meses de existencia a decenas de sus miembros y simpatizantes, asesinados con el intento deliberado de frenar el crecimiento de la organización.

Es lo que se ha explicado con toda propiedad en el reciente libro de Cristóbal Córdoba: De cada cuatro, cayeron tres, publicado por ediciones Barbarroja. Como denunció el propio José Antonio en el Parlamento el 1 de febrero de 1934:
 
Frente a esas imputaciones de violencias vagas, de hordas fascistas y de nuestros asesinatos y de nuestros pistoleros, yo invito al señor Hernández Zancajo a que cuente un solo caso, con sus nombres y apellidos. Mientras yo, en cambio, le digo a la Cámara que a nosotros nos han asesinado un hombre en Daimiel, otro en Zalamea, otro en Villanueva de la Reina y otro en Madrid, y está muy reciente el del desdichado capataz de venta del periódico F.E.; y todos éstos tenían sus nombres y apellidos, y de todos éstos se sabe que han sido muertos por pistoleros que pertenecían a la Juventud Socialista o recibían muy de cerca sus inspiraciones. Estos datos son ciertos”.

Y poco antes de caer asesinado Matías Montero, todavía afirmaba con clarividencia frente a los que pedían venganza:
 
Una represalia puede ser lo que desencadene en un momento dado, sobre todo un pueblo, una serie inacabable de represalias y contragolpes. Antes de lanzar así sobre un pueblo el estado de guerra civil, deben los que tienen la responsabilidad del mando, medir hasta donde se puede sufrir y desde cuando empieza a tener la cólera todas las excusas”.



A Matías Montero lo mató el PSOE, más concretamente un militante de las Juventudes Socialistas, cuando venía de distribuir el periódico FE en la Puerta del Sol. El asesinato fue en 1934, faltaban dos años para la Guerra Civil pero apenas unos meses para que socialistas y nacionalistas se sublevaran contra la República en Octubre. Entre sus ropas encontraron un artículo que había escrito para la misma revista FE: Las flechas de Isabel y Fernando, en ese escrito se comprueba lo que poco después definiría Sánchez Mazas:
 
Víctimas del odio, los nuestros no cayeron por odio, sino por amor, y el último secreto de sus corazones era la alegría con que fueron a dar sus vidas por la Patria.
 Ni ellos ni nosotros hemos conseguido jamás entristecernos de rencor ni odiar al enemigo, y tú sabes, Señor, que todos estos caídos mueren para libertar con su sacrificio generoso a los mismos que les asesinaron, para cimentar con su sangre joven las primeras piedras en la reedificación de una Patria libre, fuerte y entera”.  

El ejemplo de Matías Montero es uno más de los muchos miles de españoles que, en aquella trágica coyuntura, supieron dar la existencia por la esencia. Porque, como escribió José Luis López Aranguren en 1945:
 
La suprema libertad, cumplida en la vocación, y la suprema perfección, cumplida en la Obra acabada, se logran siempre a través de la resistencia, de lucha y, entre todas las luchas, la más alta, la lucha contra el dolor, que consiste en el sacrificio, en el heroísmo, en “dar ―como dijo José Antonio― la existencia por la esencia”, y la vida natural por la vida angélica”.

Pocas veces nos cuentan que, al lado del crimen, existió la defensa del perseguido y junto a la denuncia convivió el perdón y la entrega generosa de la propia vida. Porque no es verdad que la reconciliación llegara a España en 1975 ni en 1978, la reconciliación la habían venido conquistando, año tras año, día tras día, ellos, los que habían logrado reconstruir el suelo machacado de su patria y las heridas, más difíciles de curar, de las conciencias.
 
España tendrá mucho que perder si dejamos que la venganza de los nietos, azuzada por la pasión política de socialistas y nacionalistas ahogue tan noble legado muchos años después.

Y es que siguen teniendo plena actualidad las palabras de José Antonio sobre los despojos del mártir:
 
Que Dios te dé su eterno descanso y a nosotros nos niegue el descanso hasta que sepamos ganar para España la cosecha que siembra tu muerte”.
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