Martes, 20 de octubre de 2020

Religión en Libertad

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Los goloritos de Ávila

por Sólo Dios basta

Comienza un nuevo mes, mes de mayo, de la Virgen, de la vida, de la madre, de bendición de campos, de fiestas populares, de romerías a ermitas, de…, pero este año mucho de esto no es posible disfrutarlo. Toca vivirlo en  casa cada uno. Como regalo a no poder deleitarme en estos momentos por esos prolongados paseos a la vera del río Iregua o del Cidacos entre arboledas y campos de cultivo recibo un regalo muy especial, la visita de dos goloritos que se posan sobre un seto enfrente de mi ventana y al poco siguen su vuelo. Nunca había visto a estos pájaros por aquí y menos tan cerca, a menos de dos metros. Por esos paseos orantes en la naturaleza alguna vez los he visto, pero en contadas ocasiones. En Ávila sí solía ver bandadas enteras cuando paseaba alrededor de la muralla. Esos paseos en torno a la muralla de Ávila y por tantos rincones de esta ciudad me daban mucha vida y estos goloritos me lo recuerdan. Lo que nunca había pensado es encontrarme con estos coloridos pájaros en un libro y encima contemplados por Santa Teresa.

Voy a concretar esto último. Estos días gozo de la lectura de un libro que tenía pendiente de leer y por fin ha llegado su hora. El autor es Juan Manuel de Prada y el título El castillo de diamante. Una novela que nos presenta esa relación tan intrigante, compleja y sonada entre Santa Teresa de Jesús y la princesa de Éboli, la gran señora Ana de Mendoza. En la parte inicial recrea la visita de la Madre Teresa a Doña Luisa de la Cerda para consolarla en el duelo por la muerte de su marido. Allí está Ana y allí van entrando la una en la otra. Santa Teresa quiere mantener su vida de retiro dentro de un palacio con todo lo que eso supone; y la princesa de Éboli la espía a ver qué hay de verdad en esa monja que tanta atracción suscita en la casa en que conviven en Toledo. Pues bien en una mañana cualquiera tiene lugar el siguiente encuentro:

Bajó Ana al claustro, acercándose de puntillas al lugar donde escribía Teresa, que en ese momento había soltado la pluma para escuchar los trinos palpitantes como un minúsculo corazón de un jilguero que se había posado en uno de los álamos del patio. Mientras Ana se aproximaba a Teresa, hasta situarse a su vera, el jilguero siguió cantando como si quisiera romperse; y Teresa siguió escuchándolo con los ojos cerrados, silente, casi extática, caídas las manos como palomas exhaustas sobre el regazo. Y exclamó dichosa, sin abrir todavía los ojos: ¡Gracias, Majestad, por permitirme gozar de tanta belleza!

Ahí tenemos la escena, ahora que cada uno se meta en ella y descubra como Ana de Mendoza baja las escaleras hacia el patio del palacio mientras la Santa de Ávila escribe junto a un árbol hasta que un pajarillo se posa cerca de ella y empieza cantarle con toda su fuerza dando paso a que la que tiene la pluma en ristre la deje descansar para ver, con los ojos cerrados, las maravillas, grandezas y misericordias de Dios y gozarse en Él.

Es curioso que lea este pasaje del libro poco después de ver los goloritos por la ventana. Antes aclaro que en La Rioja a los jilgueros los llamamos de un modo propio: goloritos. Jilgueros o goloritos, es lo mismo; esos pajarillos pequeños, de canto curioso, penetrante y alegre al igual que su colorido externo que los hace tan atractivos por su cabeza roja, blanca y negra y sus alas negras con tintes amarillos que dan vida a nuestros campos con su presencia y su figura que diría San Juan de la Cruz. Pues bien, veo una pareja de jilgueros o goloritos, de cerca, venir de paso y con un cristal de ventana por medio. Ahí tenemos que ir, a ver de cerca, dentro de la pequeñez, la grandeza de Dios en su obra que es la naturaleza; el paso de la vida, que como los goloritos los ves venir, hacer una pausa y seguir su camino sin que nadie los detenga ni les corte el camino del cielo. Por último advertir que esta visión es gracias a que hay un cristal que nos separa, sino es muy difícil que puedas ver a estos pajaritos tan cerca, tan vivos y tan libres a la vez. El cristal deja pasar toda la luz, toda la imagen y todo el sonido; lo único que falta es unirnos a lo que vemos y escuchamos. Para eso hay que salir a la calle, al campo o a las murallas de Ávila.

Es hora de pasearnos por la ciudad más alta de España y amurallada en la que nace una gran mujer, santa y doctora de la Iglesia: Santa Teresa de Jesús. A Ávila hay que ir alguna vez en la vida; y si se puede volver mejor, porque eso ayuda en gran medida a conocer más y mejor a los grandes Santos del Carmelo: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Algo de esto sucede el año que vivo en Ávila mientras estudio a estos dos maestros de la vida mística de todos tiempos, culturas y credos. No sólo profundizo en sus vidas, obras y doctrina, sino que también recorro las calles, plazas, iglesias, monasterios, rincones, etc. donde hay presencia de ellos y parte de todo eso que se aprende en las aulas. No sirve únicamente el ir a clase. Hay que pisar la ciudad, pasear sin prisa dando la vuelta a la muralla, o subir a lo más alto, a los Cuatro Postes, o llegar hasta la playa de Fuentes claras para ver agua en abundancia.

En estos paseos también se puede hacer oración si vas solo para dejar que todo te hable de estos Santos que han cambiado tu vida de tal modo que te hacen dejar la vocación de sacerdote diocesano para tomar el hábito de carmelita descalzo. Una vocación preciosa que en lugares como Ávila es mucho más bella y contagiosa. He recorrido muchas veces esos tres lugares tan emblemáticos de la ciudad de los santos y de los cantos al mismo tiempo que dejaba al aire soplar con fuerza desde los Cuatro Postes para descubrir ahí al Espíritu Santo, admiraba el reflejo del agua en Fuentes claras para gozar del cielo en la tierra y daba la vuelta a la muralla de piedra para afianzarme en la vocación recién estrenada. 

En estos paseos de vez en cuando solían acompañarme con su vuelo, canto y colorido bandadas de goloritos a los que no había invitado ni llamado, pero se hacían presentes para dar más vida a la oración. Junto al agua mientas buscan refresco, en lo alto contemplando la ciudad y a los pies de la muralla en el tiempo de las semillas que son su alimento. Me paro. Sí, hay que pararse cuando vas por la zona de la puerta de San Vicente camino de La Encarnación mientras bajas la ladera sobre la que se asienta la ciudad amurallada, y de repente aparece una quincena o más de jilgueros que revolotean sobre unos campos que ya empiezan a estar secos y pueden hallar allí la comida para su sustento. La escena es para verla, disfrutarla y dejarla grabada en la memoria para siempre. Abajo La Encarnación, en medio el barrio de Ajates, y a tu lado, un poco más allá de la escalera en piedra que baja entre hierbas secas y espigadas, los graciosos jilgueros que buscan comida a la vez que sin saberlo brindan un complemento sustancioso a otro alimento, el espiritual, que es el que no puede faltar a todo cristiano que busca la unión con Dios en la vida de oración, al igual que aquellos que muchos años antes, siglos mejor dicho, también han recorrido estas calles y murallas buscando a Dios dentro del castillo de su alma, apoyados en lecturas, mirando a través de un cristal y dejándose llevar por el amor de Dios en toda circunstancia para poder volar, alto, muy alto y bajar cuando quieran a saborear las semillas de la vida que son los momentos de oración que han sabido dejarnos por escrito para que ahora nosotros veamos, leamos y vivamos en Dios y para Dios.

Ahora vuelvo al inicio: veo a Santa Teresa con la princesa de Éboli mientras un jilguero centra el momento de unión entre ellas dos y Dios y observo unos goloritos por la ventana en un mes de mayo especial en el que desaparecen vivencias enraizadas y nacen otras nuevas. Ante esto descubro una oportunidad ideal para pasearme por Ávila y recorrer cada rincón donde poder encontrarme con Santa Teresa de Jesús que recibe una visita en el locutorio del monasterio de La Encarnación, con San Juan de la Cruz acompañado de los niños a los que enseña el catecismo por las callejas del barrio de Ajates o con la Virgen de la Vacas que sale en procesión para recorrer cada iglesia y mantener viva la presencia del amor de una Madre que no se olvida de ninguno de sus hijos de Ávila, o lo que es más sencillo y fácil de experimentar que resume todo de otra manera y nos abre a una nueva mirada que nos lleva a la unión con Dios. ¿A qué sabéis a qué me refiero? Pues sí, no puede ser otra vivencia sino la compañía inesperada, repetida y provechosa del revoloteo, trino y armonía de los goloritos de Ávila.

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