Viernes, 23 de agosto de 2019

Religión en Libertad

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He llorado

por Sólo Dios basta

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Sí, hace pocos días. Lo digo sin vergüenza. He llorado. Hacía tiempo que no lloraba, no sé cuándo fue la última vez. No suelo llorar a menudo, pero hay momentos en que los sentimientos se apoderan de uno y no pasa nada por darles rienda suelta. Al contrario, es bueno, beneficioso y reconfortante. Ahora me acuerdo, la última vez que lloré fue cuando murió el P. Tomás Álvarez el verano pasado. De eso ya he hablado alguna vez. El llorar libera, quita miedos y complejos y demuestra que no eres de piedra, que quieres a la gente, que no vives al margen de los que Dios pone a tu lado en la camino de la vida.

Estaba en el funeral de la “Pequeña”, así era conocida Mari Carmen en su pueblo, en el Burgo de Osma (Soria). Había muerto la víspera de un modo inesperado y dramático. No doy más detalles. La conocía desde que estuve en este enclave precioso de la provincia de Soria como carmelita descalzo. Casi siempre que voy cada dos meses a confesar y atender espiritualmente a las carmelitas descalzas que hay en esta villa episcopal, iba a su casa para compartir la mesa con ella y su marido Raúl. Un matrimonio muy unido, como decía el mismo Raúl al final de la misa, llevaban toda la vida juntos: “40 años de matrimonio, 10 de novios y conocidos desde que andaban a gatas”. Me encontraba con las carmelitas en el locutorio después de comer cuando nos llega la noticia. No nos lo creíamos. No podía  ser, estaba bien, no tenía más que alguna molestia que le había hecho acudir al servicio de urgencias del ambulatorio donde se termina su vida en este mundo. Hacía justo una semana le había visto en un funeral con esa alegría, ilusión y ganas de vernos de nuevo que le caracterizaba. Así habíamos quedado, en encontrarnos cuando viniera al Burgo a confesar a las carmelitas. El encuentro fue esa misma tarde en el tanatorio, donde al verla seguía sin creer que esto fuera real. La compañía desbordaba el lugar, no cabía más gente en la sala y pasillos y además no le faltaban en sus manos ni el rosario ni el escapulario de la Virgen del Carmen a la que cantaba la misa de los domingos con  la coral dirigida por su marido. “Reza mucho por mí, reza mucho por mí” me decía Raúl. Él lloraba y yo no. Era impotencia lo que sentía, no sabía que decirle. Rezamos un responso por ella, por la Pequeña, y la encomendamos a la Reina del Carmelo.

El funeral se celebra en el Santuario del Carmen. Ahora es la parroquia, antes era el convento de carmelitas descalzos. Un convento muy especial para mí ya que en él estreno mi vida sacerdotal. Una vez ordenado en Burgos, soy enviado al convento del Burgo de Osma y empiezo a celebrar la eucaristía, a confesar, a acompañar a gente, a vivir como sacerdote de Jesucristo siguiendo los pasos de los grandes místicos carmelitas, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Son años vividos con intensidad por lo que acabo de decir, pero también con una alegría inmensa al poder vivir en el convento donde los que me imponen la casulla el día de la ordenación sacerdotal hacen el noviciado y emiten la profesión religiosa. Muchas veces me lo recordaban, allí visten el hábito por primera vez muchos frailes y ahora esta casa se acercaba a su fin. Entonces a la intensidad y alegría se une el dolor por tener que cerrarla después de más de 400 años de vida carmelitana. Al poco tiempo de llegar aquí se decreta el cierre del mismo sin aclarar los motivos de esta decisión. Había venido en noviembre de 2013 y celebré la última misa en este altar tan querido a los pies de la Virgen del Carmen en el mes de julio de 2015. En ese tiempo tienen lugar muchas experiencias que forman parte de mi historia personal, de la gente que acude a los cultos de este santuario y de aquellos que saben que aquí siempre había hijos de Santa Teresa de Jesús para todo aquello que necesitaba su alma y que ahora ansían su regreso.

Todo esto lo voy reviviendo en la eucaristía, no estoy en el altar ya que somos muchos sacerdotes; desde el banco miro a la imagen de la Virgen del Carmen. Nunca la había podido ver mientras celebraba la misa. Tampoco había vuelto a celebrar desde que me fui. Ahora todo es diferente. Es la parroquia del lugar, ya no es convento de frailes descalzos. Esta realidad empieza a tomar fuerza en mí. Veo la talla de San Juan de la Cruz del retablo que me empuja a seguir adelante, a no dudar, a seguir firme, a poner todo en manos de Dios. Llega el momento final de la misa, se canta la Salve. La que tanta veces he cantado en esta iglesia con la gente del Burgo, pero sobre todo con la muchedumbre inmensa de fieles que en la novena del Carmen vienen a cantarle a la Madre y lo que es más espectacular aún, el día de su fiesta al terminar la procesión. Esto solo lo sabe el que lo ha visto y vivido en primera persona. Un coro de voces inigualable que canta con pasión a su Madre del Carmen como lo han hecho sus antepasados de generación en generación remontando en la historia hasta los albores del siglo XVII. Y así empiezo a recorrer mi historia personal y empiezo a emocionarme. Miro alrededor, me doy cuenta que todos tienen la mirada en la Virgen. Las voces que durante la misa habían estado silenciadas por el dolor ahora rompen el desconsuelo para demostrar que hay un amor más fuerte que la muerte. Un amor que todo lo sana, todo lo consuela, todo lo acoge en su corazón: el amor de una Madre.

Todos a una voz empezamos a cantarle a la Virgen, a la Madre, a la Reina y Hermosura de El Burgo de Osma y su tierra. La iglesia se va llenando del canto mariano, los sentimientos afloran, el alma se abre, la Madre acoge la súplica, el Hijo está en el corazón después de la comunión, el Padre abre los brazos, el Espíritu Santo se derrama con poder y Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz acompañan el momento. Entonces no se puede hacer otra cosa: llorar. Llorar de emoción mientras vuelvo a escuchar el canto de la Salve en esta iglesia donde tantas veces he celebrado la eucaristía y ahora, lleno de recuerdos, regreso de nuevo a ella después de casi tres años  con la alegre esperanza de que cuando Dios quiera volveré a estar con la “Pequeña”. Por eso he llorado.

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