Jueves, 02 de diciembre de 2021

Religión en Libertad

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¡Que le corten la cabeza!

por Juan Miguel Carrasquilla

—¡Señores, muy buenas!. Les presento: Herodes Antipas, tetrarca de Jerusalén…Su majestad, el rey de Inglaterra, Enrique VIII.
Ambos se saludaron con incomodidad y suficiencia. Llevaban un rato juntos a solas, cada uno por su lado, merodeando por un palacio, desconocido para ambos para evitar suspicacias y menosprecios entre ellos. Ambos, después de observarse brevemente, me miraron inquisitivamente, esperando respuestas.
—Señores, les separa más de 1500 años, pero les une el mismo pecado y la misma consecuencia.
Ambos se unieron a mujeres en adulterio... Herodes se enamoró de Herodías, la mujer de su hermano y repudió a su legítima mujer. Juan el Bautista, le denunció su mal proceder y el resultado ya lo sabemos: Salomé bailó, solicitó y obtuvo la cabeza en bandeja de plata, del hombre más grande nacido de mujer. Por su parte Enrique VIII, repudió a Catalina de Aragón y se empeñó en Ana Bolena. Tomás Moro, no se amilanó y mantuvo su negativa a oponerse al Papa, Clemente VII, que no concedía la anulación del matrimonio con Catalina. El resultado fue idéntico…rodó la cabeza del testarudo Tomás.
Para mejor ejemplo de adulterio y asesinato tenemos al Rey David pero, como aquel fue “un hombre según el corazón de Dios”, hablaré con él en otro momento, a solas.
La incomodidad de ambos aumentaba y el rey inglés se adelantó:
— ¡Vamos!, yo necesitaba un heredero varón, era una cuestión de estado, del futuro de Inglaterra. —gritó ofuscado, apretando todos los músculos de su cuerpo bajo la enaguas reales.
—Eso provocó la decapitación de Tomas Moro y John Fisher, y Ana Bolena, y seis matrimonios, y la ruptura con Roma…y todo para nada, “Dios salve a la reina” canta el himno de su querida nación. Una mujer sigue sentada en trono de Inglaterra a día de hoy.
Sus mandíbulas apretadas y su mirada llena de ira, me provocaron un escalofrío que recorrió mi garganta.
Con su musculoso brazo lleno de brazaletes de oro, Herodes me señaló llamando mi atención. Era su turno:
—Pero ¿quién se creía ese andrajoso arrogante para atreverse a juzgar mi conducta?¡Juan no era más que un agorero insolente…no era nadie para desafiar mi autoridad!
—Tanto el Bautista como Moro, no hicieron otra cosa que denunciar a la luz lo que sus propias conciencias ya sabían y les costaba reconocer por la perversidad de sus deseos: no estaban actuando correctamente. El hombre sabe, en el fondo de su alma la verdad. Lo que es correcto y lo que no. La historia de la humanidad es la historia del autoengaño y la mentira. El gran mal es no reconocer nuestros pecados—le respondí temerariamente.
Se hizo un silencio tenso. Ambos me miraban a punto de estallar. De repente algo cambió en el rostro de Herodes:
—Yo respetaba a aquel hombre. Juan tenía algo…algo divino. Me provocaba temor y atracción a la vez­—dijo cabizbajo.
El rey Enrique confesó:
—Yo admiraba a Sir Thomas…no podía comprender su insistencia en traicionar a su rey.

Algo había cambiado. Ya no veía a hombres fuertes, enérgicos y soberbios ante mí. Su aspecto era deforme. La deformidad que provoca el pecado en el alma era manifiesta al final de sus vidas. Estaban obesos, jadeantes y cansados por la lujuria, la ira y la gula, tres pecados que van de la mano. Veía hombres pobres, esclavos de sus deseos, sin fuerza y sin grandeza. Enrique musitó con la mirada perdida:
—Pero éramos reyes…

Y seguirá denunciando los pecados y anunciando el perdón de las culpas, porque la iglesia no se inventa el remordimiento, eso está innato en la conciencia del hombre, ya puede correr hasta el infinito y más allá, que la verdad nunca le dejará estar satisfecho y en paz. La iglesia seguirá denunciando el error y el pecado, por que la verdad es el amor de Dios que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta. Nos espera, como el Padre del hijo Pródigo, para poder elevar nuestra naturaleza vendida al poder del pecado. El hombre de hoy cree que la iglesia es el enemigo porque habla del pecado, del sufrimiento y de la cruz, y quiere dejar de oir esas cosas del pasado, ya superadas, engañándose en una libertad utópica que le entierra más y más en la esclavitud. Queriendo ser libre, se deja sujetar cada vez más, de pecado en pecado, el primero lleva al segundo y así sucesivamente, hasta que la conciencia se llena de grasas y engaños que deforman el bien y el mal. La iglesia seguirá empecinada en no comulgar con relativismos y concesiones amorales, seguirá siendo la voz que clama en el desierto, “rectificad los caminos del Señor”…molestando e incomodando a los reyes de este mundo, porque hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Aún a riesgo de que la iracunda reina de corazones del cuento de Carrol ordene: ¡Que le corten la cabeza!

En ellos se cumple la profecía de Isaías: Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane.” (Mt 13, 14)
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