La preparación para la Misa tiene muchos aspectos. Como participamos de ella con todo lo que somos —cuerpo y alma, y ésta con todas sus potencias, y con nuestra historia, y nuestros vínculos—, hay una preparación integral que abarca cada dimensión. Sólo quiero dar unos breves consejos sobre algunos aspectos.
 
a) Prepárate con tiempo. Esto significa varias cosas: no esperes a que falten 3 minutos para salir de tu casa corriendo, especulando que “el padre siempre empieza tarde”.
Acuérdate de algo muy importante: el orden del tiempo expresa el orden de nuestros amores. Para las cosas que valoras, siempre estás listo mucho tiempo antes. Si no lo haces para la Misa, es probable que tu amor por Jesús en la Eucaristía necesite un “ajuste”.
Doblemente difícil —y por eso también, doblemente meritorio— es hacer esto para quienes tienen hijos pequeños, o padres ancianos. Pero, ¡cuánto valora Jesús esta preocupación del amor!
 
b) Prepara tu inteligencia: es bueno —y hoy contamos con muchos medios para eso— leer artículos o libros sobre la Misa. Nos hace bien y falta, nos da muchos más elementos para entender las cosas, nos permite percibir el sentido de los signos.
Tal vez no puedes hacer esta lectura cada semana, pero sí hay algo que siempre es posible: leer previamente el Evangelio que será proclamado. Mejor: leer todas las lecturas y rezar el Salmo. Te aseguro que llevarás una gran “ventaja” procediendo de este modo: entrarás mucho más fácilmente en sintonía con lo que Dios tenga preparado decirte. Hoy puedes hacerlo con tu Biblia —es lo ideal—, pero también con los muchos subsidios que se pueden adquirir, e incluso buscando en internet, y todavía más fácilmente con el celular. ¿Lo ves? No hay excusas.
 
c) Prepara tu corazón: la Misa es un momento de amor, de adoración, de gratitud, de contrición... Todos los sentimientos de nuestro corazón se encuentran en ella. Pero no es suficiente “activarlos” una vez a la semana... nos cuesta enormemente, como si tuviéramos un músculo adormecido.
Como un deportista que se prepara para la competencia semanal, tú también “entrena” tu corazón durante la semana, teniendo frecuentes y profundos momentos de oración.
Entrénate en pedir perdón, en aclamar, en postrarte ante Él... y cada semana será mucho más sencillo hacerlo con tus hermanos en la asamblea. ¿No será por esta falta de entrenamiento que te cuesta mucho y te cansa a veces una horita de celebración?
 
d) Prepara tu cuerpo: no vas a una fiesta de casamiento, ni a un cumpleaños.
Pero tampoco vas a ver un partido de fútbol, ni al gimnasio, ni a pescar.
Es bueno que encuentres tu propio estilo para ir vestido y aseado a la Misa, sin ostentaciones, sin buscar destacarte, pero con noble elegancia, de un modo acorde a la dignidad del gran Rey que vas a ver.
No dejes de preguntarte, además: ¿es este modo de vestirme modesto y pudoroso? ¿Hay algo en mí que pueda ser motivo de distracción o, peor aún, de pecado para quienes se sienten junto a mí o me vean ir a comulgar?
 
e) Lleva la semana:  un error sería ir a Misa y dejar en casa la semana vivida. O dejarla adentro del auto o colgada en la entrada del templo, como quien se quita un abrigo y lo deja en un perchero.
¡No! Tu semana, con cada detalle vivido, tienes que llevarla en tu corazón. Nada debe quedar sin ofrecer. En algún «huequito» de tu corazón, «pon» los rostros y las intenciones de cada persona que te cruzaste en el camino. Todo y todos tienen que ir a Misa.