Albino Luciani (19121978) pertenecía a una familia pobre de Canale d’Agordo, en la provincia de Belluno, al pie de la cadena montañosa de los Dolomitas en Italia. Desde que era un niño, e incluso como sacerdote y como obispo, siempre fue una persona tímida y reservada. Nadie podría haber imaginado que a los 66 años se convertiría en Papa. Un Papa que tuvo un destino desconcertante: permanecer en el trono de San Pedro sólo por 33 días (del 26 de agosto al 28 de septiembre de 1978), al morir de improviso.

A Marco Roncalli, autor de la primera biografía completa y crítica del “Papa de la sonrisa”, que será publicada con motivo del primer centenario de su nacimiento (17 de octubre), le pedimos que nos hablara sobre el Papa Luciani y, especialmente, que nos compartiese sobre las cosas nuevas e inéditas que encontró en estos cinco años de investigación.

"Cuando empecé a trabajar en este proyecto", dice Roncalli, "me encontré frente a un evento único: un Papa que reinó solo 33 días, un tiempo muy corto para haber sido capaz de hacer cosas importantes, pero que había dejado en los creyentes una fascinación extraordinaria. Su actividad como pontífice no justificaba aquel encanto, por lo tanto, era necesario buscar la causa en otro lugar: en la vida de Albino Luciani antes de la elección como pontífice…"


Desde niño tuvo que enfrentarse a situaciones difíciles de la vida, que dejaron profundas cicatrices en el alma. Se crió prácticamente sin un padre. Ya en 1913, cuando Albino tenía un año de edad, su padre estaba en Argentina. Volvió por la guerra de 19151918, y luego se marchó. Fue su madre la que hizo crecer y educó al niño, transmitiéndole los valores cristianos. "Mi madre fue mi primera maestra de catecismo", recordaba Luciani. Los años de la guerra fueron particularmente difíciles en esa zona del Véneto. Su hermano Eduardo, recuerda: "Había sólo hierba y las raíces de las plantas para hervir... De vez en cuando un pedazo de pan hecho de salvado y del aserrín de los árboles".


La elemental de su país natal, y luego entró en el seminario. Le encantaba leer y el párroco y los demás sacerdotes le ayudaban prestándole libros. Se conserva una oración que escribió en el cuarto grado, y es relevante porque revela su estilo claro y concreto, que lo caracterizará después como adulto: "Señor, tú que lo sabes todo y que todo los puedes, ayúdame a vivir. Yo soy aún un niño, no tengo estudios, soy pobre, pero quiero conocerte. Ahora no sé verdaderamente quién eres y no sé si te quiero, me gusta el Padre Nuestro, me gusta mucho el Ave María, oro por los difuntos y por mis seres queridos. Ayúdame a entender. Soy tu Albino. Amén".


A los 11 años entró en el seminario de Feltre. Como obispo escribirá: "Cuando nos llamamos entre nosotros, los hombres, la llamada es muy clara... Cuando Dios llama, es diferente; no hay nada escrito, ni fuerte ni evidente: una voz baja, un susurro, un pianissimo que toca el alma".


Pero siempre atento a lo que sucedía en el mundo real. Albino Luciani era una esponja. Escuchaba, pensaba, elaboraba. Y sobre todo leía. No solo libros de carácter religioso, sino sobre todo libros de literatura, que no siempre estaban disponibles en el seminario y que tampoco eran bien vistos. A través de los años, especialmente en la escuela secundaria, leyó libros de Molière, Verne, Twain, Dickens, Dovstoievski, Tolstoi, Camus, Péguy, Pascal, Erasmo, Chesterton, Goethe, Petrarca, Papini, Freud, Darwin, Nietzsche, Marx, Lenin, y así sucesivamente.


Fue ordenado sacerdote a los 23 años. Durante dos años trabajó como asistente del párroco en la parroquia, desarrollando "aquel apostolado sencillo entre la gente que me gustaba mucho". Y luego volvió otra vez al seminario, como profesor y como vicerrector. Diez años más de seminario, desde 1937 hasta 1947. Fueron los años de la Segunda Guerra Mundial. Años difíciles, dramáticos, especialmente para Italia. Consiguió, en aquellos años, obtener un título summa cum laude, en teología en la Universidad Gregoriana de Roma. Pero sobre todo, estudiaba los acontecimientos que sucedían en el mundo, la vida de los hombres que estaban fuera del seminario, para los que estaba preparando a los guías espirituales del futuro.


La estima de sus superiores era grande y fue nombrado provicario de la diócesis, después vicario general y, en el 1958, obispo de Vittorio Veneto. Tomó como lema de su escudo episcopal la palabra Humilitas, explicando: "Yo soy el simple y pobre polvo; sobre este polvo el Señor ha escrito la dignidad episcopal de la ilustre diócesis de Vittorio Veneto". Nunca tuvo una gran consideración por sí mismo. Escribió: "Algunos obispos se parecen a las águilas, que vuelan con documentos magisteriales a alto nivel; yo pertenezco a la categoría de esas pobres avecillas, que en la última rama del árbol eclesial, trinan."


Con gran entusiasmo. No sabemos de su intervención directa, pero siempre estuvo presente en todas las sesiones y miraba aquel evento con asombro. Se refería a él con un lenguaje deportivo, comparándolo con un "partido extraordinario" donde juegan "más de dos mil obispos" y "el árbitro es el papa". De sus escritos se lee: "El Concilio me ha obligado a volverme un estudiante de nuevo y a convertirme también mentalmente." Después del Concilio, su pastoral tuvo una oleada de iniciativas nuevas, fuertes, que muchos juzgaron, incluso, como revolucionarias.

Luciani resultó ser un verdadero pastor, que se niega a ser encasillado en los estereotipos habituales de "conservador" o "progresista". Sin embargo, era firme en cuanto a la doctrina y los principios, pero lleno de compasión por la fragilidad humana, cercano a los problemas reales de las familias. Incluso entonces estaba creciendo en nuestro país la presencia de los inmigrantes que pertenecían a distintas religiones. Y él miraba con el corazón de un padre, incluso a esas personas. Escribió así: "Algún obispo se ha asustado: hay cuatro mil musulmanes en Roma, ¿tienen el derecho a construir una mezquita? No hay nada que decir: hay que dejar que lo hagan". Comprensivo, disponible, abierto, pero también inamovible en cuanto al rigor doctrinal y la disciplina. Siempre reiteró sobre la incompatibilidad entre el cristianismo y el marxismo. Ha condenado los abusos de los que amenazaban con convertir el Concilio en un "arma para desobedecer, una excusa para legitimar todas las ‘extravagancias’ que pasan por la cabeza."


Durante los 33 días de su pontificado continuó actuando en la simplicidad más absoluta, como lo había hecho siempre. Cuando, inmediatamente después de la elección, los cardenales le preguntaron qué nombre quería usar como papa, escogió la de los dos papas que le precedieron, lo que indica, como consecuencia, que él quería la continuidad. A la pregunta ritual contestó que quería llamarse Giampaolo I. Pero los cardenales le indicaron que el nombre Giampaolo era demasiado "familiar" para un Papa, y por eso lo adaptó al solemne Juan Pablo I. En los diversos discursos de sus 33 días de pontificado, continuó refiriéndose a la esencia del mensaje del Evangelio, con énfasis en la pobreza y en el uso correcto de la propiedad. Él realmente había asimilado la Populorum Progressio de Pablo VI y sin duda habría ordenado un poco la cuestión de las riquezas del Vaticano, promoviendo una Iglesia más solidaria con los pobres y una mayor comunión y un mayor compartir desde el vértice.


Fue el primer Papa que pidió hablar con la multitud en la primera aparición desde el balcón de San Pedro. Se negó a la coronación, a la tiara, como Pablo VI, y a la silla gestatoria. Para hablar con espontaneidad, dejaba a un lado los textos oficiales, causando alarma en los entornos de la Curia romana y de la diplomacia. Para dar lecciones de humanidad, en las audiencias llamaba a los niños a hablar con él como lo hacía en Vittorio Veneto y en Venecia. Esos 33 días fueron suficientes para crear un cambio de clima impredecible en la Iglesia, indicando en palabras y hechos, la belleza del cristianismo. Si hubiera tenido un largo pontificado, sin duda que hubiera dejado un signo fuerte e inconfundible.


De los documentos que he examinado, estoy seguro de que la muerte se produjo por causas naturales. Estoy seguro al ciento por ciento.