Thérèse Hargot

es diplomada en Filosofía y Sociedad por la Sorbona de París, máster en Ciencias de la Familia y de la Sexualidad y sexóloga, y acaba de publicar Une jeunesse sexuellement libérée (ou presque) [Una juventud sexualmente liberada (o casi)], un ensayo sobre la realidad de la sexualidad en el mundo moderno frente a las ideas preconcebidas por la ideología feminista dominante. 



Eugénie Bastié ha entrevistado a Thérèse para Le Figaro, donde denuncia que, aunque creemos haber sido liberados por la revolución sexual, entre el culto a la prestación impuesta por la industria pornográfica y la ansiedad difundida por una moral higienista, nunca hasta ahora la sexualidad ha estado tan reglamentada.


-Fundamentalmente, nada. Si la norma ha cambiado, nuestra relación con la norma es la misma: permanecemos en una relación de deber. Hemos pasado simplemente del deber de procrear al de alcanzar el orgasmo. Del «no hay que tener relaciones sexuales antes del matrimonio» al «hay que tener relaciones sexuales lo antes posible». Antes, la norma la daba una institución, principalmente religiosa; hoy la da la industria pornográfica. La pornografía es el nuevo vector normativo en materia de vida sexual.

»Por último, mientras antes las normas eran externas y explícitas, hoy se han interiorizado y son implícitas. Ya no tenemos necesidad de una institución que nos diga lo que tenemos que hacer, pues lo hemos integrado muy bien nosotros mismos. Ya no nos dicen explícitamente cuándo tenemos que tener un hijo, pero todas hemos integrado muy bien el «momento justo» para ser madres: sobre todo que no sea muy pronto y cuando las condiciones económicas sean buenas. Es casi peor: como nos creemos liberados, no tenemos conciencia de estar sometidos a normas.


La obra de Thérèse Hargot ha suscitado desde su aparición en febrero un importante interés mediático.



-La novedad son las nociones de prestación y de éxito introducidas en el centro de la sexualidad, tanto en relación con el goce como con la maternidad: hay que ser una buena madre, tener éxito con el propio bebé, con la pareja. Y quien dice prestación, eficacia, dice también angustia por no conseguirlas. Esta angustia crea disfunciones sexuales (pérdida de erección, etc.). Tenemos una relación muy angustiosa con la sexualidad, porque se nos ordena tener éxito en este campo.


-A ambos, pero de manera distinta. Permanecemos en los estereotipos: el hombre debe rendir bien para tener éxito sexual; la prestación de la mujer está en relación con los cánones estéticos.


-El SIDA, las ETS [Enfermedades de Transmisión Sexual], los embarazos no deseados: nosotros, hijos de la revolución sexual, hemos crecido con la idea de que la sexualidad es un peligro. Nos dicen que somos libres y, al mismo tiempo, que estamos en peligro. Hablamos de safe sex [sexo seguro], de sexo limpio, hemos reemplazado la moral por la higiene. Cultura del riesgo e ilusión de libertad, este es el cocktail liberal que, desgraciadamente, reina también en la libertad. Este discurso higienista es muy ansiogénico e ineficaz: numerosas ETS se transmiten cada día.


-Lo más destacado es el impacto de la pornografía en su manera de concebir la sexualidad. Con el desarrollo de las tecnologías y de internet, la pornografía se ha convertido en algo excesivamente accesible e individualizado. Desde una edad muy joven condiciona su curiosidad sexual: hay niñas que con 13 años me preguntan qué pienso de los tríos. Pero, más allá de las páginas web pornográficas, podemos hablar de una «cultura porno» presente en los videoclips, en los reality shows, en la música, en la publicidad, etc.


-¿Cómo recibe un niño estas imágenes? ¿Es capaz de distinguir entre realidad y las imágenes? La pornografia toma como rehén el imaginario del niño sin dejarle tiempo para que desarrolle sus propias imágenes, sus propios fantasmas. Crea en él una gran culpabilidad porque estas imágenes le excitan sexualmente, pero también una dependencia, puesto que el imaginario no ha tenido tiempo de formarse.


Thérèse, durante una de sus clases de orientación en la escuela.


-Desde luego. La promesa «mi cuerpo me pertenece» se ha transformado en «mi cuerpo está disponible»: disponible para la pulsión sexual masculina, que no tiene ninguna restricción. La anticoncepción, el aborto, el «dominio» de la procreación pesan sólo sobre la mujer. La liberación sexual ha modificado sólo el cuerpo de la mujer, no el del hombre. Se dice que para liberarlo. El feminismo igualitario, que acosa a los machistas, quiere imponer un respeto descarnado de las mujeres en el espacio público. Pero es en la intimidad, y sobre todo en la intimidad sexual, donde se repiten las relaciones de violencia. En la esfera pública mostramos respeto a las mujeres; en la privada, vemos películas porno en las que las mujeres son tratadas como objetos. Al instaurar la guerra de los sexos, en la que las mujeres compiten directamente con los hombres, el feminismo ha desestabilizado a los hombres, que vuelven a la dominación en la intimidad sexual. El éxito de la pornografia, que representa a menudo actos de violencia contra las mujeres, del porno vengativo y de Cincuenta sombras de Grey, novela sadomasoquista, son una buena demostración de esto.


-A veces, con nuestros ojos adultos tenemos tendencia a mirar de manera conmovedora la liberación sexual de los más jóvenes, maravillados por su ausencia de tabúes. En realidad ellos sufren presiones enormes, no son libres en absoluto. En principio, la moral del consentimiento es algo muy justo: se trata de decir que somos libres porque estamos de acuerdo. Pero hemos extendido este principio a los niños, exigiéndoles que se comporten como adultos, capaces de decir sí o no. Ahora bien, los niños no son capaces de decir que no. Nuestra sociedad tiene tendencia a olvidar la noción de mayoría de edad sexual.  Ésta es muy importante. Estimamos que por debajo de una cierta edad hay una inmadurez afectiva que no nos hace capaz de decir «no». No hay consentimiento. Es realmente necesario proteger a la infancia.




-Critico menos la píldora de lo que critico el discurso feminista y médico que rodea la anticoncepción. Hemos hecho de ella un emblema del feminismo, un emblema de la causa de las mujeres. Pero cuando vemos sus efectos en su salud, en su sexualidad, ¡es para dudar de ello! Son ellas las que modifican su cuerpo, no los hombres. Es totalmente desigual. Los métodos naturales me interesan desde esta perspectiva, pues son los únicos que implican de manera igualitaria al hombre y a la mujer. Se basan sobre el conocimiento que las mujeres tiene de su cuerpo, sobre la confianza que el hombre debe tener en la mujer, sobre el respeto del ritmo y de la realidad femeninas. ¡Creo que esto es mucho más femenino, realmente, que distribuir un medicamento a mujeres con salud perfecta! Haciendo de la anticoncepción una cuestión que atañe sólo a la mujer, hemos quitado responsabilidad al hombre.


-«Ser homosexual» es, ante todo, un combate político. En nombre de la defensa de los derechos hemos reunido bajo una misma bandera arco iris realidades distintas que no tienen nada que ver entre ellas. Cada persona que dice «ser homosexual» tiene una experiencia de vida diferente, inscrita en una historia distinta. Es una cuestión de deseos, de fantasmas, pero para nada una «identidad» de pleno derecho. No hay que plantear la cuestión en término de ser, sino de tener. Esta cuestión obsesiona a los adolescentes, que se sienten obligados a elegir su sexualidad. La visualización del coming out [salir del armario] plantea muchos interrogantes a los adolescentes, que se preguntan «¿cómo sabe si es homosexual, cómo sé si yo lo soy?» La homosexualidad da miedo, porque los jóvenes se dicen «si lo soy, jamás podré volver atrás». Definir a las personas como «homosexuales» es crear homofobia. La sexualidad no es una identidad. Mi vida sexual no determina lo que yo soy.


-No hay que enseñar a los adolescentes a realizarse sexualmente. Hay que enseñar a los jóvenes a convertirse en hombres y mujeres, hay que ayudarles a desarrollar su personalidad. La sexualidad es secundaria respecto a la personalidad. Antes de hablar de preservativos, de anticoncepción y de aborto a los niños hay que ayudarles a formarse, a desarrollar una estima de sí mismos. Hay que crear hombres y mujeres que puedan ser capaces de estar en relación los unos con las otras. No son necesarios cursos de educación sexual, ¡sino de filosofía!

Traducción de Helena Faccia Serrano (diócesis de Alcalá de Henares).