- El tiempo de Adviento es un tiempo de preparación para la venida del Señor, no de una sola, sino de las dos: en Navidad celebramos que vino al mundo en la gruta de Belén. También nos preparamos para su segunda venida al final de los tiempos. A todos nos vendrá bien aprender de la pobreza, humildad y servicio de José y María camino de Belén, hacer una buena limpieza del alma acercándonos al sacramento de la reconciliación, y dejar que ese corazón limpio de llene de amor. Preparándonos bien para la Navidad, estaremos bien dispuestos por si llega el fin del mundo. Si estás preparado para la Navidad, estás preparado para el fin del mundo.

- El Apocalipsis está escrito en clave. Utiliza un género literario, el apocalíptico, que se desarrolla en tiempos de persecución para burlar la censura. Quienes conocen lo que significan las distintas frases, imágenes, números o colores en la tradición bíblica, como sucedía con los primeros cristianos, lo pueden entender. A quienes no están familiarizados con ese lenguaje, se les escapa el mensaje que encierra.

- Los que habían oído la predicación de Jesús o de los Apóstoles sabían bien que la afirmación “Vengo pronto” es una llamada a vivir siempre con esperanza y de un modo coherente con la fe, de modo que estuvieran siempre bien preparados para esa venida final de Jesús, fuese cuando fuese. No se trataba del anuncio de algo necesariamente inmediato.

- Sí, en algún momento tendrá lugar la segunda venida de Jesucristo, para juzgar a vivos y muertos. Es algo que sucederá, aunque no sabemos cuándo. Nada impide que sea en nuestra generación, aunque nada hay que implique una mayor probabilidad de que esto suceda en seguida. Podría ser mañana –espero que no, porque todavía me quedan muchas cosas por hacer–, o dentro de cientos o miles de años.

- Es bueno. Los primeros cristianos lo deseaban con tranquilidad, de ahí la exclamación que repetían en arameo: Marana tha! (que significa “ven Señor”), y que se le escapa al propio San Pablo al final de su primera carta a los Corintios. Ahora, todos los católicos también lo pedimos cuando asistimos a Misa, justo después de la consagración: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!”.

- Un católico de misa dominical debería oírlo varias veces todos los años, ya que en los Evangelios de las Misas dominicales de las últimas semanas del tiempo ordinario y en las primeras semanas de Adviento (es decir, de mediados de noviembre a mediados de diciembre) se menciona de un modo o de otro. Es posible que, a pesar de que en el Evangelio se hable de ella, muchos sacerdotes traten de otros temas en las homilías de esos domingos, pero nos vendría muy bien que nos lo recordasen de vez en cuando, para estar siempre preparados y no vivir como si Dios no existiera, o como si no fuera a venir nunca a pedirnos cuenta de nuestras acciones.

-Todo cálculo de fechas acerca de la segunda venida de Jesucristo y el fin de este mundo carece de credibilidad. La Iglesia enseña, de acuerdo con lo enseñado por Jesús antes de su Ascensión a los cielos, que a nosotros no nos toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad (Hechos de los Apóstoles 1,7). Esta venida puede acontecer en cualquier momento, así que, es cuestión de estar siempre bien preparados. Pero la fecha concreta está en las manos de Dios.

- Me parece que ninguna de ellas fija fecha alguna. Ninguna “revelación” privada puede superar, corregir, o enmendar la plana a la Revelación definitiva realizada por Cristo. En caso de ser auténtica, sólo ayuda a vivir más plenamente lo que Jesús enseñó. Y Jesús no anunció ninguna fecha. Por un lado, siempre es más cómodo adormecer la propia conciencia retrasando el momento de convertirse y cambiar de vida, autoconvenciéndose de que todavía no se han cumplido todas las condiciones previas para fin, que falta muchísimo. Pero no nos engañemos, todas podrían haberse cumplido ya de algún modo.

- Lo verdaderamente triste es vivir como si nunca fuese a llegar el momento de dar cuenta a Dios de todos nuestros actos, porque, aunque a uno no le toque ser testigo del final de este mundo, le llegará el momento de la muerte, y comparecerá ante el tribunal de Dios.

Además, el Juicio final es una realidad consoladora para quien ha vivido rectamente. En unos tiempos donde tanta gente inocente padece las consecuencias de una crisis que no ha provocado, sufre la prepotencia de los poderosos, los más débiles se sienten indefensos ante los atropellos de algunas leyes injustas y se ven recortadas algunas libertades por ideologías totalitarias, parecería que el mal es lo que verdaderamente triunfa.
 
Que llegue el momento en que un Juez juzgue según la verdad y haga verdadera justicia, no es algo que pueda ser temido por quien ha vivido con rectitud. Dios deja una medida grande –supergrande según nuestra impresión– de libertad al mal y a los malos; pero, no obstante, la historia no se le va de las manos. El mal no tendrá la última palabra.