En la situación de profunda crisis política que se está viviendo en España, sorprende la aparente indiferencia por parte de sus mejores cabezas y líderes en los más diversos ámbitos. Llama la atención el silencio de aquellos que, por la hondura de su formación humanística y extraordinaria proyección profesional, disponen de la información y los recursos intelectuales indispensables para abordar con independencia de criterio un análisis realista y mesurado de los graves problemas que afectan a España. Problemas que se han venido larvando a lo largo de los últimos años y que, en la atribulada hora actual, inmersos en una intensa crisis moral, social, institucional, económica, educativa y demográfica, podrían precipitarnos en un incontrolable caos de largas y nefastas consecuencias para el bien común.

En la vida académica, intelectual, empresarial y religiosa de España se cuenta con un relevante número de personas cuya inteligencia y conocimiento de la realidad son extraordinarios. Justo el tipo de personas que se requieren en los momentos de confusión y zozobra, para aportar claridad en una situación realmente problemática y que desde hace años –ante la inexplicable indolencia de muchos y el solipsismo egoísta de algunos– se ha venido transformando en un fértil semillero de mediocres oportunistas e iluminados de viejo cuño gramsciano. Una nueva casta de advenedizos ocurrentes pretende reemplazar la desgastada vieja casta que, activa o pasivamente, precipitaron a millones de españoles en una radical crisis moral y confusión identitaria, desde la cual debemos, no obstante, reaccionar con urgencia los españoles, ante los peligros que se ciernen sobre nosotros.

El reduccionismo ideológico y guerracivilista perpetrado por los socialistas, así como el economicismo y la renuncia a sus principios de raigambre cristiana enarbolado por el PP, en los periodos que ambos gobernaron, vino poco a poco a debilitar o extirpar del todo los asideros morales, culturales e institucionales que precisan toda nación y toda civilización para sostenerse en el tiempo. Compartimos con el resto de Europa y de Occidente ese desfondamiento moral y perplejidad intelectual generalizados, que nos están abocando a una peligrosa impotencia nihilista que, no lo olvidemos, ha precedido siempre al caos o al total hundimiento de las mismas personas y de los proyectos humanos, ya sea de una nación, de una cultura o de toda una civilización. Por eso, en el conjunto de Europa, y en España en particular, es más necesaria que nunca la decidida participación en la vida pública de los mejor preparados, con la determinada determinación de aportar su invaluable granito de arena en aras del bien común.

En el origen del suicidio demográfico en que andamos empantanados, los ataques a la libertad de conciencia y de expresión, la imposición de la ideología de género, el abortismo, el homosexualismo político, el déficit democrático, la corrupción generalizada, la confusión de poderes, etc., hay una profunda crisis moral y antropológica que hay que desenmascarar con prontitud y sin miedo, introduciendo la argumentación racional y la constatación de la realidad en el discurso político y mediático. Si no queremos que ventajistas de distinto pelaje y deformación ideológica terminen por conducirnos a desastres que no quisiéramos para nuestros hijos ni para nosotros mismos, ha llegado la hora de la generosidad y de involucrarnos personalmente en la defensa del bien común. Es la hora de los españoles que no hemos perdido el sentido de la inviolable dignidad del ser humano y de la grandeza de España como nación. La razón está de nuestra parte, y las peligrosas consecuencias de no reaccionar serían ya incuestionables.

Participar en la vida pública requiere, sin duda, mucha generosidad y un especial espíritu de sacrificio. Los jóvenes, porque esa dedicación al bien común a través de la política implica suspender temporalmente su vida laboral con los riesgos que de ello se derivan; los menos jóvenes, porque donde quiera que han logrado demostrar sus capacidades profesionales dejarán durante un tiempo de obtener legítimos beneficios. Jóvenes y menos jóvenes, porque defender hoy el sentido común y los valores que elevaron a España y al conjunto de Europa por encima del estado de barbarie cultural, política y religiosa constituirá sin duda una apasionante aventura, pero no sin riesgos y contratiempos de diverso tipo en un ambiente cada vez más crispado y radicalizado. Sin embargo, no poner en marcha con prontitud la recuperación de dichos valores precipitará nuestra patria y ámbito de cultura a un peligroso desmoronamiento de consecuencias incontrolables. Por eso, desde esta tribuna, apelo a la generosidad de quienes, habiendo recibido mucho, tienen ahora la oportunidad de contribuir al bien común.

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