El sociólogo especializado en religiones Massimo Introvigne es el responsable de la OSCE para combatir y denunciar la cristianofobia en sus países miembros. La OSCE (Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa) es un organismo más grande que la Unión Europea, ya que incluye países del Cáucaso y Europa Oriental y otros países fuera de la UE.

Introvigne constata que hay un laicismo agresivo en Occidente que presenta al cristianismo como un enemigo, y más en concreto a "la Iglesia Católica como un obstáculo a derribar". Este laicismo crea un clima en la sociedad y las instituciones que fomenta la cristianofobia en Europa y Occidente.

Una de las herramientas de este laicismo es relacionar "religión monoteísta" con violencia. Así, cualquier crimen violento de un terrorista yihadista en Asia pasa a ser responsabilidad "por asociación" del más pacífico parroquiano en España, Inglaterra o Austria. 

Este mismo mes en la Santa Sede la Pontificia Comisión Teológica Internacional ha publicado documento que analiza y denuncia esta estrategia: se llama «Dios Trinidad, unidad entre los hombres. El monoteísmo cristiano contra la violencia». El documento es largo y de lectura pesada, pero Introvigne considera que su análisis es muty acertado y por eso ha escrito un texto en La Bussola Quotidiana en lenguaje más divulgativo que resume su interés. Nosotros a continuación lo publicamos traducido del italiano.  




de Massimo Introvigne
La Nuova Bussola Quotidiana

El 16 de enero de 2014 la Pontificia Comisión Teológica Internacional ha publicado un voluminoso documento: «Dios Trinidad, unidad entre los hombres. El monoteísmo cristiano contra la violencia», fruto de cinco años de trabajo y texto específicamente aprobado y revisado por el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el futuro cardenal Gerhard Müller.

Temo ser fácil profeta si preveo que este documento, largo y complejo, será leído por pocos, tendrá escaso eco en los medios de comunicación social y caerá rápidamente en el olvido.

Mal: porque este gran trabajo, deseado y solicitado por Benedicto XVI y ahora completado bajo el Papa Francisco, es de una calidad verdaderamente notable y denuncia una agresión sin precedentes a la Iglesia a manos de la cultura laicista dominante, a la que responde punto por punto.

«La Iglesia es el obstáculo que hay que derribar». Así describe el documento el actual clima cultural, donde aguerridos poderes fuertes dan el tono no sólo a la cultura dominante en las universidades, sino también en la mayor parte de los medios de comunicación.

¿Cómo se intenta derribar a la Iglesia? Atribuyéndole la responsabilidad de todas las violencias más graves de la historia.

Éstas, se afirma, derivan de la fe en la existencia de verdades absolutas garantizadas por Dios creador, de una naturaleza que la razón puede conocer y descifrar como verdad. Esto es, derivan tanto del rechazo católico al relativismo como del monoteísmo, que convierte en fanáticos e intolerantes.

Hay, sobre todo, un «plan totalitario del pensamiento único», fundado sobre un «sentir relativista total»: es la dictadura del relativismo, que agrede a todo aquel que piense que existe la verdad.

Es más, la verdad está «indicada explícitamente como una amenaza radical para la autonomía del sujeto y para la apertura de la libertad. Sobre todo, porque la pretensión de una verdad objetiva y universal, referencia para todos, suponiendo que sea accesible al espíritu humano, es asociada inmediatamente a una pretensión de posesión exclusiva por parte de un sujeto o grupo humano. Esa llevaría, por tanto, a que el hombre que reivindique la posesión de la misma justifique su dominio sobre el hombre al que, según esta pretensión, le falta dicha verdad. Como consecuencia de esta representación de la verdad, que la considera inseparable de la voluntad de dominio, también el compromiso por su búsqueda y la pasión de su testimonio son vistos, a priori, como matrices del conflicto y de la violencia entre los hombres».

Para la dictadura del relativismo, la Iglesia sería responsable de esta violencia porque enseña el monoteísmo. Si hay un solo Dios hay también una sola verdad. Si en cambio hay más dioses, entonces son posibles más verdades. Solo el politeísmo garantiza el relativismo.



Hay una verdadera inversión respecto a la historia tradicional de las religiones, incluida la laica, que consideraba el monoteísmo un progreso respecto al politeísmo.

Este «vuelco del cuadro moderno es inesperado: ahora el monoteísmo es arcaico y despótico; en cambio, el politeísmo es creativo y tolerante».

Para añadir a la cuenta de los cristianos – que, efectivamente, a veces en la historia han cedido a la tentación de la violencia, pero bastante menos que otros e indudablemente menos que las ideologías anticristianas – también las masacres cometidas por otras religiones, continúa el documento, se recurre a una categoría que la historia de las religiones hace tiempo que ha puesto en discusión, a saber, la de las «tres grandes religiones monoteístas», que expresa es cierto algo de verdad, pero que trata al hebraísmo, al islam y al cristianismo – que en cambio son muy distintas entre ellas – como si su «monoteísmo» fuera idéntico.

Es un mérito notable del documento denunciar «la concisa clasificación del hebraísmo, del cristianismo y del islam como las tres grandes “religiones monoteístas”», porque se trata de tesis difundidas también en el mundo católico.

El objetivo por el cual el moderno laicismo vuelve a proponer estas viejas teorías no es el diálogo interreligioso sino el ataque a la religión, cuyo fin principal es atacar al cristianismo; es más, atacar en particular a la Iglesia Católica.

«No podemos pasar por alto el hecho de que en cualquier lugar intelectualmente importante de nuestra cultura occidental, la agresividad con la cual se vuelve a proponer este “teorema” se concentra esencialmente en la denuncia radical del cristianismo».

«No deja de asombrar la puntillosa identificación del cristianismo como el obstáculo que hay que derribar en la lucha contra el monoteísmo que difunde la violencia religiosa en el mundo».

El documento rebate punto por punto estas acusaciones. Interpreta algunas afirmaciones belicosas del Antiguo Testamento mostrando que se enmarcan en un contexto histórico determinado, que hay que leer como metáforas de la lucha contra el Demonio y el mal moral y, sobre todo, que han sido superadas por el mensaje del Evangelio.

En una parte de no fácil lectura del documento, inspirada en el Magisterio de Benedicto XVI, se indica también que el cristianismo ha permitido por primera vez en la historia la distinción – no la separación – entre religión y política y ha fundado la autonomía de la política, superando así cualquier tentación teocrática.

No es verdad, se añade, que el politeísmo es tolerante: en el clima cultural creado por las religiones politeístas se han llevado a cabo auténticas masacres contra los seguidores de religiones distintas.

Asociar politeísmo y tolerancia parece incluso «extravagante». La misma «religión politeísta del imperio romano, a pesar de toda su extraordinaria modernidad en el concepto de ciudadanía y de su estructura multiétnica y multireligiosa, persiguió y se ensaño específicamente con el cristianismo, culpable de rechazar la incensación del emperador como figura divina. La respuesta se expresó en el testimonio no violento y en la aceptación del martirio cristiano».

Por no hablar, también, de las ideologías modernas, portadoras de «un creciente y desconcertante despliegue de estilos de vida y de comportamientos inspirados en la violencia: espontánea, inmediata, destructiva. Siempre más inconsciente de sí misma e incluso éticamente justificada», o consagrada por las leyes. Las ideologías, especialmente las destructivas del siglo XX, son en realidad nuevos politeísmos, donde «el hombre hostil al Dios bueno y creador, en la obsesión de “ser como Él”, se convierte en un “Dios perverso” y prevaricador respecto de sus semejantes. Del politeísmo de estas contrafiguras narcisistas del “Dios perverso”, que procede del pecado desde el origen, no puede venir nada bueno para la convivencia pacífica entre los hombres».

Hoy, la agresión contra la Iglesia Católica y los cristianos continua, fundada sobre el «prejuicio – típico del modelo racionalista – según el cual, también en ámbito existencial y social hay un solo modo para afirmar la verdad; negar la libertad o eliminar al antagonista».

El horizonte es el de la eliminación de Dios y la imposición – a veces persuasiva, a veces violenta – del ateísmo, con la consiguiente negación de la libertad.

«La eliminación de Dios, establecida sobre la base de una razón "naturalista", se asocia hoy con frecuencia a la resolución "biológica" de la libertad humana. Según esta perspectiva nuestro cerebro se habría construido el pensamiento de Dios por razones vinculadas a una determinada etapa evolutiva: en función del gobierno de la complejidad, para compensar la inevitabilidad de la frustración, como dispositivo de neutralización de la muerte».

La religión es, por tanto, una patología que hay que eliminar. El futuro que las ideologías preparan a la humanidad es, sin embargo, un futuro de violencia y muerte.

Ya hoy vivimos – concluye el documento – en el «tiempo de la persecución», que «debe ser sostenido, a la espera de la conversión deseada para todos. De esta paciencia, de este sufrimiento, de esta tenacidad de los “santos” al cargar con la tribulación de la espera somos deudores hacía muchos hermanos y hermanas que son perseguidos por su pertenencia cristiana. Nosotros honramos su testimonio como respuesta decisiva a la pregunta sobre el sentido de la misión cristiana en favor de todos. La época de una nueva certeza sobre la relación entre religión y violencia entre los hombres está abierta por su valentía. Tendremos que merecerlo. Del acontecimiento de esta nueva época, y de los frutos del Espíritu que la deberán seguir, la Madre del Señor debe ser considerada la paladina insustituible. La conciencia y la invocación de su especial intercesión deberá ser un tema especial de nuestra conversión y de nuestra oración».

(Traducción de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares)