El gran compositor Ennio Morricone (400 películas en su haber, 7 discos de platino) explica en Credere.it la intimidad de su fe, desde los rosarios recitados con su madre a la oración diaria: una hora al día entre música e intenciones.

Subiendo por las escaleras de entrada a la casa de Ennio Morricone parece que volvemos a ver un encuadre de gran potencia: la cámara se eleva mientras Noodles (Robert De Niro), desesperado y destrozado por su propia violencia, se aleja hacia el mar donde reverbera el amanecer. El encuadre es de Sergio Leone en la película Érase una vez en América; la música, desgarradora, es del gran compositor que ha aceptado abrirnos su corazón.

-¡Es verdad! Leone me hacía trabajar antes de empezar a rodar. Los directores que dan más tiempo facilitan el trabajo tanto a ellos mismos como a mí: yo puedo dedicarme a la creación, ellos se acostumbran a la música que les propongo. Llegar al último momento puede comportar una decepción. La mayor parte de las colaboraciones creativas entre los directores y yo ha ido bien, ¡pero no todas!

»La música es un arte que para que se convierta en esposo o hermano de la película necesita el mismo elemento que caracteriza a la película: tiempo. La temporalidad hermana el cine con la música. ¿De dónde procede la música de una película? De un más allá misterioso.


-Provengo da una familia cristiana. Mi fe ha nacido en mi familia. Mis abuelos eran muy religiosos. Mi madre, mis hermanas y yo rezábamos siempre antes de irnos a la cama. Recuerdo el periodo de la guerra. Durante esos años terribles rezábamos el rosario. Estábamos todos muy impresionados. Me veo de nuevo, medio dormido, respondiendo a los Ave Maria de mi madre. Siempre hemos sido religiosos. Los domingos íbamos a misa y comulgábamos.


-Identifica a una persona honesta, altruista, respetuosa de Dios y del prójimo. Amar a los otros -aunque la palabra amar puede parecer fuerte-, pero es así. Esto es importante. Yo pienso verdaderamente en el bien de los otros, que mi modo de actuar no cause el mal en el prójimo. Es perfectamente normal para mí hacer algo por respeto a la persona con la que me encuentro.


-Sí, y también el del sacrificio. En estos últimos tiempos hay que sacrificarse aún más: yo mismo algunas veces me sacrifico para ayudar a las personas que están en paro, a las muchas preocupaciones que agobian. Con mi esposa, que es una buena persona, escrupulosa, hemos acostumbrados a nuestros hijos a esta generosidad. No está dicho que mis hijos la hayan aceptado completamente, no lo sé, pero sé que son buenísimos hijos, que se parecen al padre y a la madre. Ama a los otros como te amas a ti mismo: éste es, para mí, un modo normal de ser.


-La música ciertamente está cerca de Dios. Al mismo tiempo, la música está proyectada en el alma y en el cerebro del hombre. Le permite meditar. El discanto (técnica de polifonía medieval en la que un cantante canta el canto llano mientras otro entona una voz suplementaria, bien improvisada o compuesta previamente, ndt) y el fabordón (tipo de canto llano a dos, tres o más voces en cuya combinación se ve aplicada la armonía en su forma más elemental, ndt) provienen de los primeros tratamientos polifónicos del canto gregoriano; de aquí nace la música occidental.

»La música es el único arte real que se acerca verdaderamente al Padre eterno y a la eternidad. Me digo a mí mismo, y algunas veces a mi mujer, que la música ya existía, ¡toda ella! La música que ha sido escrita y que será escrita. ¡Y el compositor que la ha cogido y la cogerá! Según la propia época, según el momento en el que él escribe y según la civilización y el estado de la investigación musical de su tiempo. La música ya existe, aunque no esté.

-Luciano Salce, director para el que he compuesto la banda sonora de varias películas, un día me llamó y me dijo: “Tengo que dejarte”. “¿Por qué?”. Éramos amigos y lo seguimos siendo hasta su muerte. “Porque yo hago películas cómica y tu compones música espiritual, sacra. Tengo que dejarte obligatoriamente”. Este episodio me marcó mucho. Gracias a él empecé a reflexionar sobre ello. Probablemente a veces expreso lo sacro también cuando no lo busco o no pienso en ello. Ni tan siquiera hablo de inspiración, que no existe. Hablo de ideas. Tal vez estoy en un camino que lleva a estos resultados.

-Se me pidió Amen como composición para un coro para la iglesia de Santa María de los Ángeles de Roma, con ocasión de un Festival en el que participaban seis coros procedentes de todo el mundo. Decidí componer una obra donde sólo una palabra, «Amen», fuera cantada pero con la idea de implicar a los seis coros. Egisto Macchi me pidió que escribiera un Via Crucis. Le respondí que sí. Recientemente he escrito una música sobre la Creación. El aire, la luz, el agua, el fuego, la tierra, el hombre. Después, la torre de Babel, de la que mana, en hebreo, una multitud de voces en un crescendo cada vez más imponente.


-Sin dudas, las parábolas de Cristo. El relato de las bodas de Caná me emociona mucho. ¿Cómo no recordar la Pasión, momento importantísimo para la vida de Cristo y de todos nosotros?.



-El co-productor de la película, Fernando Ghia, me llevó a Londres a verla. Al ver el final me puse a llorar, esa matanza de indios y de jesuitas a manos de los portugueses y los españoles. Tenía delante de mí al director y a los dos productores y les dije: "No, yo no la hago, es preciosa así”. Creo que estuve llorando media hora. Y ellos insistían. Hasta que cedí: "Haré la música". No quería componerla porque si me equivocaba podría haber estropeado la película. Trabajando sobre tres elementos distintos que no podía ignorar, el oboe del jesuita padre Gabriel, la música coral y la música étnica de los indios, creo que fue un milagro que consiguiera componer una música en la que tres combinaciones independientes de sonidos funcionaban también contemporáneamente.


-¡Ciertamente! Pero más allá de la música se necesitan palabras, intenciones, concentración. Yo rezo una hora al día, incluso más. Es lo primero que hago. También durante el día, así, al azar. Por la mañana me pongo delante de ese Cristo (en el gran salón, iluminada por una ventana, hay una magnífica imagen de Jesús, ndr). Y también por la noche. Espero que mis oraciones sean escuchadas.

Ennio Morricone nació en Roma el 10 de noviembre de 1928. Se licenció en el Conservatorio en tromba y composición. Saltó a la fama en todo el mundo por las bandas sonoras de las películas del Oeste de Sergio Leone Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965), El bueno, el feo y el malo (1966), Hasta que llegó su hora (1968) y ¡Agáchate, maldito! (1971). Ha compuesto la banda sonora de más de 400 películas, colaborando con directores del calibre de Gillo Pontecorvo, Pier Paolo Pasolini, Bernardo Bertolucci, Giuseppe Tornatore, Brian De Palma, Roman Polanski, Oliver Stone, Pedro Almodovar, Roland Joffé. Ha recibido 27 Discos de oro, 7 Discos de platino, 7 David de Donatello (galardón cinematográfico de la Academia del Cine Italiano, ndt), 3 Golden Globe, 1 Grammy Award, además del León de Oro [del Festival de Venecia, ndt] y el Oscar a la carrera.

(Traducción del italiano por Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares)