La exposición de la doctrina de la fe mediante preguntas y respuestas memorizables, con vistas sobre todo a la educación infantil, ha tenido a lo largo de la historia numerosas versiones. En España las más célebres son las de los jesuitas Gaspar Astete (15371601) y Jerónimo Martínez de Ripalda (15361618), ampliamente utilizadas hasta el último tercio del siglo XX.

No había existido nunca, sin embargo, una obra similar que gozase además del marchamo pontificio. El Catecismo del Concilio de Trento o Catecismo Romano, promulgado por San Pío V en 1566 era llamado "de párrocos", pues su finalidad era sobre todo formar a los sacerdotes con vistas a su predicación. Como el actual Catecismo de la Iglesia Católica, se trataba de una exposición fundamentada, más que sintética, y en ningún caso para niños.

De ahí la singularidad histórica del Catecismo Mayor de San Pío X, de cuya publicación el 18 de octubre de 1912 se cumple este jueves un siglo. La pretensión del Papa Giuseppe Sarto era que ese libro sirviese para la enseñanza de la doctrina cristiana no sólo para niños, sino para adultos de cultura media, y que gozase de la universalidad propia de una obra encargada por el sucesor de Pedro.

El desafío era grande, porque la dificultad de formular preguntas y respuestas de forma que no resultase ni demasiado complicada para los pequeños, ni demasiado infantil para los mayores, parecía insoslayable. A esto se añadía la diversidad de culturas nacionales, en particular en países de misión, y la necesaria adaptación a sistemas y tradiciones de enseñanza muy distintos.

La idea provenía del Beato Pío IX, quien la sugirió al Concilio Vaticano I. La Santa Sede lo redactaría, y los obispos se encargarían de la traducción y de su eventual enriquecimiento con capítulos adaptados a sus necesidades particulares. La propuesta fue aprobada, pero el brusco final del concilio por la guerra franco-prusiana en 1870 impidió su ejecución.

En 1889, sin embargo, durante la celebración en Piacenza del I Congreso Catequístico Italiano, el entonces obispo de Mantua, Giuseppe Sarto, quiso relanzar la idea y propuso que se enviase al Papa León XIII una petición: "Que ordene la redacción de un Catecismo de la Doctrina Cristiana fácil y popular, en forma de preguntas y respuestas muy breves, dividido en partes, y que lo declare obligatorio para toda la Iglesia".

Pero este petición no surtió efecto por falta de un impulsor adecuado. Años después monseñor Sarto fue elevado al Patriarcado de Venecia y al cardenalato, y cuando fue elegido Papa en 1903 se puso manos a la obra de forma inmediata.

El 15 de julio de 1905 fue prescrito en una primera redacción, que se basaba básicamente en el catecismo que ya se empleaba en las diócesis lombardas. No resultó, sin embargo, del todo satisfactoria para el Papa, quien por otra parte, fiel a su vocación de pastor de almas, gustaba de enseñar él mismo el catecismo en los patios de San Dámaso o de la Piña, en el Vaticano.
 
Nombró entonces en 1909 una comisión que perfeccionase el texto, dando lugar al resultado definitivo, un poco más breve que el de 1905. Es el que hoy conocemos, publicado el 18 de octubre de 1912.

El Catecismo Mayor de San Pío X se divide en tres grandes áreas: "De la doctrina cristiana y de sus partes principales", donde se abordan el Símbolo de los Apóstoles o Credo, la oración, los mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia, los sacramentos y las virtudes principales y "otras cosas necesarias que ha de
saber el cristiano"; una segunda parte, la "Instrucción sobre las fiestas del Señor, de la Santísima Virgen y de los Santos"; y la tercera, una "Breve historia de la religión", que abarca Antiguo y Nuevo Testamento, y un resumen de historia de la Iglesia.

Aunque fue traducido con celeridad a diferentes lenguas y gozó de amplia aceptación, nunca fue oficialmente un texto obligatorio para toda la Iglesia, sino sólo para la diócesis de Roma. Sí sigue siendo, sin embargo, el mejor resumen de la doctrina católica que puede encontrarse en el nivel para el que está escrito, con el valor añadido de que lo elaboró, merced a una decisión y un esfuerzo muy personales, el único Papa canonizado en los últimos cuatrocientos años de la historia de la Iglesia.