En la España actual y también en otros países de occidente, padres que no son muy creyentes o incluso agnósticos, deciden enviar a sus hijos a colegios religiosos, grupos scouts cristianos e incluso a catequesis, aunque ellos no vayan a misa. ¿Por qué? Los padres quizá no tienen mucha fe pero creen que los niños crecerán allí en virtudes. 

Y tienen razón. El ambiente influye a la hora de tomar decisiones virtuosas y de formar personas virtuosas, y así lo ha demostrado la ciencia psicológica moderna. Y es algo que la Biblia, los filósofos antiguos y la sabiduría popular ya conocían.


La virtud a menudo no depende tanto de nuestra convicción como de estímulos más prosaicos. Un estudio realizado en 1997 por el psicólogo social Robert Baron demostró que varias personas eran más propensas a ayudar a otras después de haber olido galletas recién horneadas o canela.

Ayudar a alguien, un acto bienintencionado, no parecía ser producto de la voluntad, sino del estímulo del azúcar y los carbohidratos. La gente es más simpática y tratable después de comer, o de tomar té con pastitas.


La importancia de un buen ambiente, de un entorno que fomenta unas virtudes, ya la remarcaba la Biblia, según reflexiona un artículo de Christianity Today. Por ejemplo, utilizar el sentimiento de culpa para que alguien ayude a otros es algo que tanto padres de familia como sacerdotes han sabido hacer desde hace siglos. 

Un estudio del psicólogo Dennis Reagan demostró que las personas que se sentían culpables de haber realizado una mala acción son cuatro veces más propensas a ayudar a personas necesitadas

Quizá eso confirma la utilidad social de ir a misa cada domingo, y no solo de vez en cuando: que te regañen por actuar mal y te animen a actuar bien tiene una cierta eficacia si se administra en dosis regualres.

Estos estudios vienen a confirmar lo que la sabiduría popular ha enseñado siempre. La gente puede llegar a hundirse en los rincones más malvados del corazón humano, pero también volar por un cielo de santidad, si se apoya en el ambiente adecuado.


El filósofo Christian B. Miller está especializado en Ética y Filosofía de la Religión. Es autor también de uno de los últimos informes en psicología del comportamiento, el libro La escala del carácter ¿cuán buenos somos? (The Character Gap: How Good Are We?).

Miller es el director de The Character Project (www.thecharacterproject.com), financiada a su vez por la rica Fundación John Templeton. The Character Project lleva desde 2010 investigando sobre la conducta humana a nivel psicológico.



En su libro, Miller explica en primer lugar lo que la gente suele entender cuando habla de carácter. Normalmente, las personas conciben el carácter como una unión de virtudes (honestidad, compasión…) y vicios (ira, avaricia…).

Otro factor que añaden son los motivos que llevan a una persona a realizar una acción. Sin embargo, hacer buenas acciones para ser visto no le confiere a una persona un carácter virtuoso, da igual lo mucho que haya ayudado a otros.


A continuación, Miller demuestra que no somos tan virtuosos como creemos, ni tan malos. En un estudio realizado en un supermercado, se hizo un seguimiento de 20 personas. Un actor pasó en algún momento de su compra delante o cerca de ellos con una bolsa de caramelos rota, de la que iban cayendo dulces al suelo.

Tan solo tres de los veinte sujetos se ofrecieron a ayudarle (un 15%). El otro 85% no hizo nada. Esto cambió, sin embargo, en cuanto se hizo sentir culpables a los sujetos que se habían encontrado con el actor. La conclusión a la que llega Miller hilando distintos experimentos es que las personas rara vez son compasivas a no ser que se sientan culpables, que las hayan empujado a serlo o que sientan vergüenza. La gente está dispuesta a ser buena... pero necesita un empujoncito.

Por otro lado, la gente también puede ser de mucha ayuda. Cuando se pide a alguien que se ponga en la piel del otro, se consigue que tenga dos veces más disposición de ayudar que si no lo hace. Aun así, Miller concluye esta parte del libro de forma tajante. “Puede haber ciertos afortunados que tengan un carácter genuinamente virtuoso, pero la mayoría de nosotros tenemos un camino largo por recorrer en este sentido”, escribe.


Miller aporta otros datos que son más inquietantes. Con que solo se lo manden, la gran mayoría de personas puede causar dolor a otras. Así lo demostró en 1963 el doctor Stanley Milgram, psicólogo estadounidense y profesor universitario, que con el famoso “Experimento de Milgram” demostró que una persona puede causar daño a otras si una autoridad se lo manda.

El experimento consiste en que el investigador (V) persuade al participante (L) para que dé lo que éste cree son descargas eléctricas dolorosas a otro sujeto (S), el cual es un actor que simula recibirlas. Pese a que el actor les suplica que paren, la mayoría sigue aplicando descargas si les insiste el investigador.



Experimento de Milgram: "V" es el investigador, "L" el participante y "S" el actor

“Los psicólogos son muy hábiles a la hora de provocar la ira de la gente en los laboratorios”, escribe Miller. Aparentemente, no cuesta mucho.


Pero no somos malvados. Según Miller, la mayoría de personas que saben que pueden causar un mal e irse de rositas, no lo hacen si no son presionadas. La gente cuenta mentiras piadosas, da cumplidos inmerecidos y tiende a mentir a veces para mantener relaciones amorosas o sociales. 

Además, existen pequeñas ventajas que pueden marcar la diferencia en el comportamiento de una persona. La gente tiende a comportarse mejor frente a un espejo, después de cantar una canción sobre buen comportamiento, o después de haber leído los Diez Mandamientos. “Nos podemos comportar de forma admirable en ciertas ocasiones, y luego ser tremendamente malos en otras”, explica Miller. Y, normalmente, todo depende de factores ambientales.

Al final Miller dice que no podemos hacer mucho por cambiar nuestro carácter... ¡excepto ser religiosos! 


Las personas religiosas, saben los psicólogos y sociólogos, tienen mejores puntuaciones en los tests de comportamiento. Son más generosas, más sociales y menos tendentes al crimen, a las adicciones o a otros vicios. Según Miller, que dedica todo un capítulo de su libro a la relación entre virtud y religiosidad, hay "literalmente cientos de estudios" que conectan ambas cosas: los religiosos son más virtuosos.

Miller plantea una pregunta: ¿es la religión la que convierte a personas normales en personas más virtuosas? ¿O son las personas virtuosas las que tienden a acudir a comunidades y actividades religiosas? Parte de la respuesta podría estar en el fenómeno que planteábamos al principio: los padres, que quizá no son muy virtuosos, sí apuntan a sus hijos a escuelas y actividades de grupos religiosos, porque saben que allí adquirirán virtud. Los no muy religiosos buscan -y esperan- virtud donde están los religiosos.

Tenemos ciertas tendencias al mal y a la vez queremos ser mejores personas de lo que somos capaces. Rodearnos con el bien, la virtud y la belleza -además de con gente que persigue estos valores- es nuestra mayor ventaja en un mundo en el que el ambiente influye de forma tan determinante.