El pasado mes de febrero, Javier Navascués me hacía una entrevista sobre mi libro “Historia desconocida del Descubrimiento de América. En busca de la nueva Ruta de la Seda”, que tengo el placer de presentar a Vds. hoy en este medio también. Me preguntaba entonces Javier:

             ¿Por qué decidió escribir un libro sobre la historia desconocida del Descubrimiento de América?

             Yo creo que cuando se toma la decisión de escribir un libro concurren siempre, o al menos deberían concurrir, dos circunstancias: que a uno le guste el tema sobre el que va a escribir (y por ende, que lo conozca), y que crea que tiene algo que aportar sobre él. Yo puedo responder afirmativamente a las dos preguntas en todos los libros que he escrito hasta la fecha de los que éste es el sexto.

             ¿Qué es la Nueva Ruta de la seda a la que alude en el subtítulo y qué importancia tuvo?

             La era de los descubrimientos que inicia Portugal primero, y a la que se incorpora después España con inusitada energía, tiene un hecho impulsor que no debemos olvidar, cual es la conquista de la ciudad más importante de Europa, Constantinopla, por los turcos, cerrando con ella la ruta comercial más fructífera e importante que existía entonces en el mundo: la Ruta de la Seda por la que llegaban a Europa los productos de lujo que sólo se podían encontrar en los mercados asiáticos.

             Los confines del Atlántico, América, el Pacífico, se habrían terminado descubriendo con toda seguridad, pero de no haber concurrido esta circunstancia, esos descubrimientos habrían demorado más de un siglo. Fíjese lo que le digo, no unos años, no, más de un siglo. Para avalar esta afirmación baste señalar que a pesar de que los españoles llevaban ya varios años navegando el Pacífico -y esto se conocía en todo Europa-, los franceses tardarán todavía 250 años en completar una vuelta al mundo, los norteamericanos trescientos, los rusos 320. Para realizar una singladura como la que realiza España en tiempos tan prematuros, era necesario que existiera un estímulo lo suficientemente poderoso, y ese estímulo, en el caso de portugueses y españoles, fue el de abrir una nueva Ruta de la Seda, pues la vieja estaba cerrada por los turcos.

             ¿Cristóbal Colón fue consciente de haber descubierto un nuevo continente?

             Consta a partir de las cartas que el propio Colón escribe, que cuando realiza el que es su cuarto y último viaje a América sigue en la creencia de haber llegado a las costas orientales de Asia, al Cipango y al Catay, según los nombra él, al Japón y a la China, según las conocemos hoy. Estamos entonces en 1504, a Colón le quedan escasos dieciocho meses de vida. En su testamento sí hablará de los descubrimientos realizados, pero es una mención muy amplia, que lo mismo puede referirse al descubrimiento de un nuevo continente, el que hoy llamamos América, que a los que hubiera realizado llegando, como él se proponía, a Asia. Y eso que para entonces, ya se ha producido, en 1505, la Junta de Toro, a la que Colón está invitado aunque por problemas de salud, no comparece, en la que el debate va a girar en torno a la búsqueda de un paso para superar las tierras descubiertas en América, y continuar viaje hasta Asia.

             Visto todo lo visto, hay buenas razones tanto para pensar que Colón creía haber llegado a Asia, como para creer que Colón sabía que había descubierto un nuevo continente. En “Historia desconocida del descubrimiento de América” planteo una tercera posibilidad (ni sí ni no, sino todo lo contrario), que es en la que yo creo.

             Se llama América por Amerigo Vespucio aunque se le podían haber puesto otros muchos nombres al continente…

             Que América se llame así es un verdadero accidente de la Historia, producto de una constelación mágica e insólita de acontecimientos que relato en mi libro y en los que no me voy a extender ahora. Hubiéramos bautizado América mil veces, y en ninguna de ellas habría vuelto a llamarse “América”.

             Los nombres con los que podría haberse llamado son todos ellos nombres que llegaron a utilizarse en la conquista y exploración del nuevo continente, algunos de los cuales han llegado a nuestros días nominando accidentes geográficos o entidades políticas, y otros, por desgracia, no. “La Española”, “Nueva España”, “Nuevo Mundo” (como de hecho fue conocido durante mucho tiempo), “Colombia”, “Isabela”, “Fernandina”, por qué no… A mí me parece que Isabela es el que más justicia habría hecho a lo acontecido. Sin el impulso de Isabel nada habría sido.

             Hoy tendemos a pensar que una vez descubierta América lo lógico era intentar conquistarla y transformarla. Pero no es así: España bien pudo desentenderse, como de hecho hizo varias veces Inglaterra en sus numerosos intentos de hacer algo parecido en la parte norte del continente. O como en otro plano, vemos hacer a los norteamericanos hoy día con la luna. Pero no fue así: para Isabel América sólo fue y no fue otra cosa que una oportunidad providencial de llenar los cielos, nunca mejor dicho, con toda una grey de nuevos cristianos, una oportunidad para una evangelización sin paralelo en la Historia.

             Uno de los puntos más calientes de la Leyenda Negra es afirmar que España robó el oro de América…

             La afirmación está trufada de errores, errores por cierto nada desinteresados. Para empezar, lo que América produjo en demasía fue plata, oro poco... De esa plata lo que venía a España era el quinto real, a lo que añadir algo más que enviaran otras personas a título individual, que en ningún caso significó más de un 5% de lo extraído: un 25% en total, por lo tanto.

             La plata americana, y en menor medida, en mucho menor medida, el oro, tuvieron dos destinos fundamentales. Primero, los mercados asiáticos, para el pago de los productos de lujo que surtieron los propios mercados americanos y sobre todo los europeos (especias, perlas, piedras preciosas, porcelana, telas, sedas, productos manufacturados). Y segundo, la propia América, con la construcción de las mil ciudades fundadas por los españoles en el continente, los casi mil hospitales, los miles de iglesias, los millares de kilómetros de caminos, las fortalezas para su defensa, veintisiete universidades, cientos de escuelas… ¿La gente se cree que todo eso era gratis entonces? Yo siempre me pregunto: con tanto oro y tanta plata ¿dónde están en España los palacios reales y señoriales que entonces se construían en Francia o en Italia con remesas metalíferas muy inferiores? Quizás tengamos que ir a buscar tanto lujo y tanta belleza en las iglesias americanas.

             Además, por si todo esto fuera poco, esas reservas metalíferas tardaron mucho en aparecer. Durante treinta o cuarenta años, lo que movió a la Corona a permanecer y perseverar en América fue una única motivación evangelizadora, que, por supuesto, tampoco desapareció cuando, a partir de 1545 sobre todo, la aventura americana empieza a producir beneficios económicos con los hallazgos de yacimientos extraordinarios (Zacatecas, Potosí), de los que ojo, la primera y gran beneficiaria, como ya he dicho, será la propia América.

             Igualmente se habla de un genocidio…

             Muchos lo hacen interesadamente, para denostar la gigantesca labor española en América y, ojo, en medio mundo también, que los descubrimientos y exploraciones españoles no se limitaron a América. Otros por desconocimiento, confundiendo genocidio con catástrofe demográfica, porque sí, claro que se produjo una verdadera catástrofe demográfica con la llegada de los españoles y la importación de las enfermedades europeas (viruela, varicela, sarampión) que éstos traían consigo muy a su pesar, y para las que los indígenas americanos carecían de defensas. Por cierto, estas enfermedades que los españoles contagiaron involuntariamente, será utilizadas después por los nuevos colonos protestantes norteamericanos, en el que es probablemente el primer ejemplo de guerra biológica de la historia, en las tierras estadounidenses de una manera voluntaria, repartiendo, de forma supuestamente desinteresada, mantas infectadas de los virus correspondientes entre los indígenas.

             Pero contrariamente a lo que se piensa, las guerras no fueron tantas, ni menos aún, sangrientas. Sin lugar a dudas, fueron muchas más, y más mortíferas, las guerras civiles y entre vecinos que se producirán en el escenario cuando España lo abandone a principios del s. XIX. Entre los conquistadores españoles primó siempre el principio de la economía, tanto en el campo de batalla, como en la represión. España no estaba interesada en conquistar territorios o ciudades, sino en gobernarlos, para lo cual necesitaba a sus pobladores. Unos pobladores a los que luego evangelizaba y civilizaba, formándolos en sus valores y en sus conocimientos, y con los que incluso mezcló su sangre. Esto es algo que estuvo presente en el pensamiento español en todo momento durante su permanencia en América y en otros lugares como Filipinas, Carolinas, Guam, etc.

             ¿Qué aportó España a los habitantes del nuevo continente?

             A lo mejor era más fácil responder “qué no aportó”. Lo aportó todo. Aportó todo lo que tenía. España creó en América una nueva España, dio todo lo que tenía sin ocultar ni guardarse nada. A todo lo que ya señalé más arriba, ciudades, caminos, hospitales, iglesias, fortalezas, universidades, escuelas, se ha de añadir una evangelización que permitió a los americanos superar las prácticas supersticiosas y en algunos lugares, muchos por cierto, incluso antropofágicas, y les dotó de la religión que ha hecho posible el reconocimiento de los derechos individuales y de la dignidad de la persona. Aportó una lengua para la mutua comprensión de todos en una jungla lingüística en el que se hablaban miles de idiomas, mientras al mismo tiempo, por cierto, escribía las gramáticas de las que se encontraban, lo que hará posible que lenguas como el quechua o el náhuatl tengan gramática antes que el inglés, el alemán o el ruso. Introdujo a los americanos en todos los progresos existentes en Europa e incluso en Asia, formándoles para ellos. Les hizo partícipes de las ventajas del comercio mundial…

             En suma, los sacó del neolítico en el que se encontraban, con desconocimiento de instrumentos tan elementales como la rueda o la escritura, y les introdujo en la plenitud del renacimiento. Y todo ello en el escaso plazo de dos generaciones. Un tránsito que, conviene no olvidar, había costado siete mil enteros años a los europeos.

             ¿Por qué están de moda los libros para contrarrestar la Leyenda Negra?

             Por hartazgo. Hemos llegado al hartazgo. Los españoles actuales, que no somos excesivamente patriotas por desgracia, ni menos aún amantes de la historia, ni siquiera de la nuestra, hemos llegado, sin embargo, no todos, pero sí muchos, al hartazgo. Es como aquél que no aprecia la comida y come todos los días la misma sopa sin rechistar. Pero un día le ceban, y al otro también, y al otro, y un día dice “¡basta, hasta aquí he llegado, ya no quiero comer más sopa de esta!”.

             Ahora bien, quiero aclarar una cosa. Mi libro no viene al mercado para combatir la Leyenda Negra, o al menos, “no sólo” la Leyenda Negra. Viene para cuestionar incluso la “historiografía oficial”, viene para proponer un nuevo enfoque de la Historia. Sólo a modo de ejemplo, y permítame que le de apenas uno, -en la obra se encontrará muchos más-, España no “descubrió América”, España descubrió medio mundo, un 57% del planeta para ser exactos. Un descubrimiento en el que América fue, durante muchos años, incluso un obstáculo, una enorme dificultad inesperada, diría que incluso verdaderamente inoportuna…

             Argumentos como éstos y otros no menos novedosos, puede encontrar Vd. en mi último libro “Historia desconocida del Descubrimiento de América. En busca de la Nueva Ruta de la Seda”.

             Que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.

 

            ©L.A.

            Si desea ponerse en contacto con el autor, puede hacerlo en encuerpoyalma@movistar.es. En Twitter  @LuisAntequeraB