Cuando viajamos en un tren podemos realizar dos movimientos de acercamiento al término. Uno, pequeño y casi intrascendente, es el que haríamos pasando de vagón a vagón, hasta la cabecera del tren. El otro, es el que nos lleva, inmersos en el tren, a una gran velocidad, hasta el final del trayecto. En este último movimiento no es nuestro ni el esfuerzo ni el ritmo, pero disfrutamos de la velocidad.
        
         Los que estamos en la Renovación tenemos una gran suerte. Nuestro término es el conocimiento de Dios y el gozo de su experiencia. Si lo hacemos desde nosotros mismos, o desde un grupo, convento o parroquia, que estén parados, apenas nos acercamos al fin a lo largo de la vida. Tenemos una gracia, sin duda, pero está congelada, carece de impulso, nos instala en la inmovilidad.
        
         En cambio, si nos encontramos en un gran movimiento profético, como la Renovación, somos impulsados por otra fuerza muy distinta de la nuestra y llegamos a gran velocidad al término que el mismo Espíritu señala. Ya no somos nosotros los que hemos de luchar por alcanzar unas metas, por ser mejores, por evangelizar, por dar testimonio. Todas estas cosas están incluidas en la finalidad profética que el Espíritu ha impreso en la corriente iniciada y desplegada por él. Siempre pensamos que nos salvaremos solos, en base a nuestros esfuerzos individualistas. Nos salvamos en comunidad, como miembros de un pueblo que camina. A nosotros nos toca no bajarnos del tren ni desertar del campamento, sino perseverar hasta el final. En esa perseverancia se engarzan, como frutos exquisitos, no sólo nuestros objetivos personales sino los previstos por el Espíritu Santo.

 

        
         Estas ideas me han venido a la cabeza mientras reflexionaba sobre ciertos textos de Santo Tomás de Aquino. Detrás de un gran teólogo, o hay un movimiento profético, impulsado por el Espíritu, o no existirá tal teólogo. La novedad que hace avanzar el conocimiento, que motiva la evangelización, que crea condiciones nuevas para que nazca un mundo nuevo es el impulso profético. Sólo el Espíritu es el renovador por excelencia, el ser eternamente joven que despierta la novedad en mentes tan obtusas y anquilosadas como las nuestras. Él es el que inspira y guía la historia.
        
         Santo Tomás introdujo la razón como base de cualquier explicación teológica. En su tiempo ya no bastaba que lo hubiera dicho San Agustín u otras “autoridades”, ni siquiera la Biblia. De una forma o de otra, había que emplear la razón para encarnar la revelación y hacerla parte de nuestra cultura y de nuestros usos y costumbres. Santo Tomás utilizó, para este cometido, la filosofía de Aristóteles, recién traducida al latín por la famosa Escuela de traductores de Toledo. Esta exigencia de su tiempo supuso un gran reto porque casi todo el mundo se oponía a estas novedades.
        
         El Espíritu, más al tanto de las nuevas condiciones de la época que nadie, ya había suscitado un gran movimiento profético cuya fuerza sustentara esta grave necesidad de cambio. Evidentemente este gran movimiento había nacido en la línea de una nueva evangelización y sus artífices principales fueron Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís. Santo Domingo, en especial, asumió la realidad del hombre nuevo, que quería utilizar su razón para entender en lo posible el misterio. Sin esta premisa, la predicación de aquella época se hubiera divorciado de la sociedad.
 
         El genio de Santo Tomás de Aquino no brotó, pues, como un hongo. Su extraordinaria figura y su proyección intelectual serían inimaginables fuera del movimiento evangelizador y profético de Santo Domingo. Escribió sus obras para evangelizar en las condiciones nuevas de los nuevos tiempos. Desde ahí brotó su enorme clarividencia para colocar la fe y la razón, lo natural y lo sobrenatural, la gracia y el esfuerzo humano, cada cosa en su sitio. No se trataba, pues, de acoplar la razón a la vieja fe, sino de dar a luz una concepción nueva de la vida y de la relación del hombre con Dios. El Espíritu Santo estaba debajo, inspirando con soplo profético las premisas de un futuro nuevo. Santo Tomás no fue, pues, un intelectual solitario sino un humilde discípulo de una forma nueva de evangelizar, pobre y mendicante, a la que supo poner palabras y formularla en el contexto de las necesidades de la época. No me cabe duda de que aprendió más teología en el seguimiento de Domingo que en la universidad de París.

 

 
         La Renovación carismática es igualmente un movimiento profético, suscitado por el Espíritu para dar respuestas nuevas a los problemas de nuestro tiempo. Cada uno de nosotros podemos dar testimonio de que hemos pasado de la oscuridad a la luz. Si en nosotros se ha obrado una iluminación que nos hace amar a nuestro tiempo y a nuestra cultura actual desde una experiencia renovada de Dios, es que esto es posible y el Espíritu quiere llevarlo a cabo de una manera más amplia. Ahí se fundamenta nuestra tarea evangelizadora: contar a nuestra gente y en lenguaje de hoy lo que hemos visto y oído.
        
         Lo más bello es que, en nuestro caso, este testimonio no brota de un individuo solo, por más genial que sea, sino de un pueblo entero. Este pueblo camina en fe al lugar al que el Espíritu le quiera llevar. La fecundidad está asegurada porque la obra no es nuestra. La Renovación no debe nada a nadie. No somos nosotros los que la llevamos, sino que es ella la que nos lleva. No le damos vida nosotros a ella, sino ella a nosotros. Somos arrastrados por una brisa poderosa sin que sepamos bien de dónde venimos y adónde vamos, como le ocurre a todo lo que proviene del Espíritu. No hemos elegido nosotros a la Renovación sino ella a nosotros. Ella nos ha dado mucho más de lo que podamos haberle dado nosotros. En poco tiempo nos ha dado un conocimiento y una experiencia de Dios como jamás hubiéramos logrado intentándolo por nuestra cuenta.          
        
         Debemos hacer, pues, lo posible por no estorbar al Espíritu, sobre todo con nuestros protagonismos, nuestras excelencias y engreimientos. Ante la fuerza poderosa que nos arrastra, nadie es nada. Somos objeto de un privilegio que no se debe a nuestros méritos. Podría darse el caso de que, dentro de diez años, no estuviéramos en la Renovación ninguno de los que estamos ahora y ésta seguiría adelante perfectamente.
        
         Una cosa sí debemos tener clara. El profeta es el pregonero de la novedad. No hemos nacido para mirar hacia atrás ni para tratar de dar vida a viejas devociones, por muy loables que sean. Al contrario, debemos preservar siempre la vocación utópica que caracteriza a todo profeta, es decir, debemos mantenernos abiertos al futuro para que el Señor realice su obra. Ahí, en ese futuro, el Señor suscitará maestros y santos, ya que la Renovación tiene contenidos suficientes para dar vida a grandes personajes. Si, por el contrario, apagamos el espíritu profético que constituye la razón más honda de la existencia de la Renovación, estamos trabajando para nuestra propia extinción. Como suele decirse vulgarmente, estamos matando la gallina de los huevos de oro.
        
         Por lo demás, puesto que se trata de un pueblo de elegidos, a nadie se le puede hacer de menos. Hemos sido elegidos todos para esta misión y sería vano preterir a alguien cuando ha sido designado de lo alto. Más bien, es bueno dar gracias por cada uno de los hermanos, llamados para que hagan el recorrido en común con nosotros. Este hecho debe originar una intimidad muy honda entre unos y otros en el Espíritu, encarnándola y humanizándola en la comunidad.