El camino hacia la Luz, es el camino hacia el Señor, porque Él es la Luz y Él mismo así nos lo manifiesta en diversos textos del Antiguo y del Nuevo Testamento. La antítesis a la Luz que es Dios, son las tinieblas y sobre ellas reiteradamente se nos dice en los Evangelios: ”Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes". (Mt 25,30). Las tinieblas es el reino de satanás. En el Salmo 27, se puede leer: “Yahvéh es mi luz y mi salvación, ¿a quién he de temer? Yahvéh, el refugio de mi vida, ¿por quién he de temblar?” Y ya en el Nuevo Testamento también se puede leer: “Jesús les habló otra vez diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida”. (Jn 8,12). Para San Gregorio Magno, la Luz indeficiente, es decir la Luz que no puede faltar, no es otra cosa que la Luz de Cristo, la Luz de Cristo resucitado y glorioso, la Luz a la que canta con gozo, la Iglesia en la liturgia pascual Para los orientales la luz es parte de su vida misma, luz clara de un diáfano cielo con la que todo el país, en su constitución rocosa, parece transparente. En cuanto se pone el sol parece que la vida se ha extinguido... Al Mesías lo habían descrito los profetas como una luz que arrojaba fuera las tinieblas y las sombras de muerte y alumbraba no solo a los israelitas sino a todas las gentes. Una fiesta con grandes iluminaciones servía de introducción a la fiesta de los Tabernáculos. La luz siempre ha representado la vida y las tinieblas la muerte. San Pablo en su primera epístola a Timoteo refiriéndose al Señor, nos dice: “…, el único que posee inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien no ha visto ningún ser humano ni le puede ver. A él el honor y el poder por siempre. Amén”. (1Tm 6, 16). De esta Luz que es Dios, todos aquellos que han tenido una experiencia NDE (ver post de este blog, del 12-06-09), hablan de una luz, que no se puede considerar que sea la Luz de Dios pues nadie ha llegado nunca a ver a Dios, sino un reflejo de esta luz, que siempre la califican contradictoriamente como una luz deslumbrante pero que no deslumbra y sobre todo lo que es más importante, casi todos coinciden de decir que es una Luz de la que emana amor, un amor de tal naturaleza que nadie quiere volver a este mundo. Cabe preguntarse ¿Cómo podrá ser que emane amor de una luz? Creo que la respuesta puede estar en que dicha Luz es algo mucho más que una luz, es el propio Dios, del que tanto emana claridad deslumbrante pero que no deslumbra, como emana amor y es de suponer que otras muchas cosas más de las cuales los titulares de las NDE no nos pueden dar más respuestas, pues sus conocimientos son limitados al no haber visto ninguno de ellos a Dios, sino solo un leve reflejo de su inmensa grandeza. Dios nos hizo para la visión beatífica, para la unión personal con Él que es la felicidad del cielo. Pero por muy buenos que nos creamos, los que se los crean naturalmente, no nos encontramos preparados para esa visión de Dios, es necesario que limpiemos nuestras vestiduras en la sangre del Cordero divino. Hasta que no estemos revestidos puramente, hasta que no tengamos puesto el inmaculado traje para el banquete, no podremos entrar a ocupar nuestro sitio, de acuerdo con nuestros merecimientos, en el banquete que nos espera. “Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dice: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?" El se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: "Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes." Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos”. (Mt 22,1114). Para que podamos ser capaces de la visión directa de Dios, Él nos dará un poder sobrenatural que llamamos Luz de Gloria. Sin embargo la Luz de Gloria solo puede ser conferida a un alma que ya está unida a Dios por medio de ese don anterior que llamamos gracia santificante. Cuando nos bautizan, se entrega al bautizado un cirio encendido. Ha de recibir esta luz ardiendo y el bautizado ha de mantener incólume la gracia del bautismo. Esto se refiere a las palabras de Nuestro Señor: “Vuestra luz ha de brillar tan viva ante los hombres, que ellos puedan contemplar vuestras buenas obras y glorificar a vuestro Padre que está en los cielos”. (Mt 5,16). Y para conservarnos incólumes, hemos de alimentar nuestra alma al igual que alimentamos nuestro cuerpo para que se desarrolle y se mantenga vivo. Y el alimento del alma es la oración que el medio privilegiado de que disponemos para podernos volver a sumergir sin cesar en esta Luz de la que hemos nacido. El que no ora no alimenta su alma, y esta muere pos inanición. Que la divina Luz del Señor esté siempre iluminándonos pues si seguimos sus caminos nunca nos faltará esta Luz y su compañía será perpetua, para cada uno de nosotros, tal como nos aseguró en el Monte de los olivos antes de ascender a los cielos: “Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo” (Mt 28,20). Pero todo será muy distinto si es que no oramos ni luchamos ascéticamente, porque caminaremos irremisiblemente hacia las tinieblas. Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.