Ni hoy… ni nunca, sí, porque Argentina, la católica Argentina, no tiene santo patrón. Y es cosa que maravilla, porque un país en el que hasta la bandera, dicen algunos, fue confeccionada a partir de los colores marianos… ¡¡¡no tiene sin embargo santo patrono!!!
 
            Patrona sí, ya que, efectivamente, la Virgen de Luján es la patrona de la República Argentina desde el año 1762 en que fue elegida como tal. Una bonita tradición mariana, por cierto, una de las más antiguas de Hispanoamérica. Y es que, según se cuenta, en 1630, un hacendado local, Antonio Farías Saa, quería colocar en su hacienda de Santiago del Estero una capilla a la Virgen, para lo cual mandó hacer y traer de Brasil dos imágenes. En el viaje hacia su destino final, hizo la caravana escala cerca del río Luján, pero cuando tocó reanudar la marcha, era de todo punto imposible desplazar la carreta. Se le añadieron bueyes al objeto de ayudar a los originales, pero todos juntos seguían mostrándose incapaces de mover el carruaje, lo que finalmente sólo se consiguió cuando a alguien se le ocurrió la genial idea descender del mismo una de las dos imágenes, hecha de terracota y con la formidable estatura de... ¡¡¡38 cms.!!! Ni que decir tiene que el hecho fue interpretado en el sentido de que la imagen en cuestión deseaba quedar para siempre en el lugar. La noticia corrió como la pólvora y el culto alcanzó proporciones inusitadas, todo lo cual justificó sobradamente el posterior nombramiento de la novedosa advocación mariana como patrona de la nación.
 
            En 1887 y previa autorización del Papa León XIII, la Virgen fue coronada. En 1910 se terminó la construcción de la bella basílica neogótica que hoy conocemos, y en 1975 tuvo lugar la primera edición de una peregrinación que se viene celebrando desde entonces todos los años cada primer sábado del mes de octubre, y que reúne a millones de personas.
 
            Ahora bien, patrono, lo que se dice patrono, la Argentina no tiene ninguno. Existen por así decir pseudo-patronos, una serie de santos que registran intensa devoción en determinados sectores geográficos o sociales de la nación, pero poco más. Entre ellos se podrían mencionar unos cuantos, con los méritos más diversos y hasta discutibles en según qué caso.

 
            De entrada, el patrón de Buenos Aires es San Martín de Tours. Según la leyenda lo es desde que en 1580 Juan de Garay, fundador de la ciudad y sus primeros ediles deciden elegir un patrón por el método de la insaculación (extracción de una papeleta con su nombre de un saco en el que se habían incluído varias) y sale elegido el santo francés. El escaso amor a lo francés de los primeros porteños llevó a repetir el sorteo hasta por tres veces, saliendo elegido las tres el mismo santo. Algo en lo que no son pocos los que han querido ver una premonición del hecho de que muchos años después, el prócer de la independencia argentina se llamara precisamente San Martín.
 
            Registra también gran tradición en Argentina, y sobre todo en Buenos Aires, la figura de San Cayetano, que en el país es venerado como patrono del “laburo” (el trabajo). Su iglesia en Buenos Aires, concretamente en el barrio Liniers, recibe cada año hasta siete millones de visitantes que le piden un trabajo o la mejora del que tienen.
 
            Otro posible candidato sería San Francisco Solano (15491610), noble andaluz que se unió a los franciscanos a la edad de los veinte años y que misionó en Hispanoamérica: primero en Panamá, luego en el entorno de Lima, realizando una labor muy importante en Tucumán, provincia bien norteña de la Argentina. Se cuenta de él que en un solo sermón convirtió a nueve mil indios, que yendo en un barco carguero de esclavos abandonado por el capitán y la tripulación durante una tormenta, él se quedó, convirtiendo a todos los negros con los que se quedó esperando hasta que llegó el rescate; que profetizó un terremoto y su propia muerte; y que realizó innumerables curaciones. Muerto en Lima, fue canonizado en 1726. Según la Enciclopedia Católica es patrono del folklore argentino; según la Wikipedia en inglés, probablemente derivado de una mala interpretación de la Enciclopedia Católica, es el patrono de la Argentina.
 
            Existe por último en el país Argentina una extraña devoción aeclesiástica pero muy extendida, a un “santo local” que si por un lado es medio legendario y las historias que circulan sobre él ni siquiera son siempre la misma, por otro sus méritos para engrosar las listas del santoral son más que cuestionables. Pero que es, probablemente, al que muchos argentinos tienen por patrón de la Argentina. Hablo del conocido como “Gauchito Gil”.
 
            La historia habla de un gaucho, Antonio Mamerto Gil Núñez, nacido en Pay Ubre, cerca de Mercedes, en la provincia de Corrientes, hacia el año 1840. Aparentemente (las versiones de la historia son varias) Antonio Gil, adorador de “San La Muerte”, habría tenido un romance con una viuda adinerada, lo que le habría granjeado el odio de los hermanos de la viuda y del jefe de la policía local, quien también la cortejaba.
 
            Ante la conflictiva situación, Gil habría puesto pies en ponderosa alistándose en la Guerra de la Triple Alianza, la que entre 1864 y 1870 enfrentó a Argentina, Brasil y Uruguay contra Paraguay. Al regresar, habría sido reclutado por el Partido Autonomista para pelear en la guerra civil correntina contra el opositor Partido Liberal, pero nuestro gaucho desertó, y capturado, fue colgado a un árbol y degollado. El caso es que un nada rencoroso Gil habría anunciado a su verdugo que una vez muerto, intercedería por el hijo del verdugo, que se hallaba gravemente enfermo, para que sanara, dándose el caso de que muerto Gil el hijo sanó.
 
            Otras versiones obvian los amoríos adúlteros con la viuda y hablan de un gran benefactor de los pobres. Otras de una especie de Robin Hood que robaba a los más favorecidos para dárselo a los menos. Pero todas registran parecido final: la ejecución del gaucho y la sanación del hijo del verdugo.
 
            Se celebra su “festividad” el 8 de enero, aniversario de su ejecución en 1878, y el culto se extiende hoy desde Corrientes hacia otras provincias argentinas, el Chaco, Santa Fe, Córdoba, Mendoza, llegando hasta la mismísima Buenos Aires. Se le levantan santuarios a lo largo de los caminos, caracterizados por sus banderas y cintas rojas, aparentemente relacionadas con el rojo del Partido Autonomista de Corrientes, aunque probablemente tengan más que ver, como en el caso del pañuelo que lucen los pamplonicas en la fiesta de San Fermín, con el color de la sangre vertida al degollarlo.
 
 
 
            ©L.A.
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