“Tú que conoces el desierto,

dame tu mano y ven conmigo. Amén”

Himno de Vísperas en cuaresma.

 

            Hay que reconocer la brillantez de la comparación. ¿Se imagina el lector a un pelícano en un desierto? Ser un pelícano en el desierto es como ser un beduino haciendo cola en un cine de o como un ejecutivo con pintura de camuflaje cazando en la selva amazónica. El pelícano nos invita a pensar en el frescor del agua y en la rica alimentación que de ella saca. La libertad del pelícano, su vuelo  rasante bien controlado para atrapar peces y almacenarlos en su amplio buche se esfuman ante el la imagen de las arenas del desierto, que anuncian un calor tórrido que sólo pueden soportar quienes saben defenderse de él. ¡Pobre pelícano!

            Imaginémonos una lechuza entre ruinas. Este paisaje es distinto del anterior. Me sugiere  esos magníficos cuadros románticos de Friedrich, que gustan reflejar las ruinas de otro tiempo, con un halo de nostalgia y misterio sobrenatural que lo envuelve todo, incluido al espectador. La lechuza, testigo mudo de la desolación, es el único signo de vida en un paisaje cuya belleza está en la descomposición. ¿Qué pensará la lechuza ante semejante marco? Se diría que está en vela, como en guardia, supervisando con desdeñoso celo la ruina de un tiempo que nunca volverá.

            Una tercera imagen. Pensemos en un pájaro solitario en un tejado. Raro pájaro éste que no está en las ramas del árbol o haciendo un nido para sus polluelos. Estar en el tejado no es lo propio de un pájaro; pero, estando en el tejado, está en lo alto. Probablemente observando, quieto y atento, lo que sucede alrededor de la casa. Quién sabe si el tejado es su hogar, aunque un hogar precario y duro para quien está acostumbrado a las sinuosidades de las ramas y de las hojas de un buen árbol. Sin duda, lo importante es que está solo. No hay nadie a su lado. Y la soledad –sobre todo en un tejado- es cosa bien dura hasta para un pájaro.

            Ser como un pelícano en el desierto, como una lechuza entre ruinas, como un pájaro solitario en un tejado. Son tres soberbias metáforas que podemos leer en los versículos 7 y 8 del  salmo 102.  Es imposible describir mejor la experiencia humana de desierto. Muchas traducciones  mitigan en exceso el dramatismo del salmista. Por su eficiente literalidad reproduzco la versión de Cantera e Iglesias:

 

Me asemejo al pelícano en el yermo,

me vuelvo cual lechuza de las ruinas.

Me desvelo y suspiro

cual solitario pájaro en tejado

             

            Es bien sabido que los salmos describen todo tipo de experiencias humanas en relación al Señor. No se censura nada, pues nada más humano que el dolor, la alabanza, la culpa, la alegría, el vacío o el miedo. Todo cabe en los salmos, puesto que todo cabe en nuestra relación con Dios. La experiencia de desierto, que el salmista describe en estas audaces imágenes, es una vivencia profundamente humana.

            Para quien no está acostumbrado a vivir en él, el desierto es lugar de desolación y muerte. Nuestro pelícano moriría en el desierto. También nosotros. Para sobrevivir en él tenemos que olvidar nuestros apegos, deseos y placeres y centrarnos en lo primordial, que es buscar  alimento, agua y un refugio a la espera del rescate. Es inevitable recordar las profundas enseñanzas que hace decir Antoine De Saint.Exupéry a su principito en medio del desierto. El desierto nos lo pide todo; por ello es encuentro con uno mismo, con las ruinas del alma propia, esos escombros que queremos tapar celosamente a los demás y a nosotros mismos. En el desierto no hay tiempo para las distracciones: no hay ocasión para éstas, puesto que todo el empeño está en sobrevivir. En el desierto descubrimos qué es lo importante. Descubrimos que el desierto nos desnuda  alejándonos de lo que creíamos imprescindible en nuestra vida.

Como lechuzas impasibles a ruidos lejanos e inútiles, nos volvemos  espectadores de una vida –la nuestra- que  revela  ruina. Por eso con el desierto no se juega. O sobrevivimos a él –y somos otros- o morimos. Lanzados a las arenas de la desolación  no queda otra que vivir la soledad como única compañera. Quien vive en el desierto, aunque esté acompañado, vive solo, como un pájaro en el tejado. Mejor: vive con el desierto. Porque el desierto es mucho más que un lugar: es una compañía. El desierto es celoso y lo quiere todo para él: absorbe la vida, la quita, para darla transfigurada a quien se fía de él. La soledad, así, es el medio utilizado por el desierto para dar  vida nueva.

No es extraño que el desierto sea lugar de encuentro con Dios. ¿Alguien puede extrañarse? Todo lo contrario. Es uno de los lugares privilegiados donde Dios se hace oír. El miedo que tenemos al desierto no es sólo miedo a la soledad, al silencio y a la desolación. Es miedo a Dios. ¿Qué querrá decirnos? ¿Y si nos dice algo que no deseamos escuchar? ¿Y si nos quedamos solos con nuestro silencio? Nuestros miedos interiores –esos que el desierto destruye con su temible aridez- paralizan nuestros miembros y, paradojas de la vida, secan nuestro corazón para el encuentro con el Señor.

Nosotros no escogemos el desierto. Es el desierto quien escoge a sus hijos.

Un saludo.