La aparición del retrato de Jesús que podría ser el más antiguo que se conserve, de la que se ha hecho amplio eco este diario, más allá de las dudas que suscite y de las numerosas reservas con las que haya que acogerla, representa, en todo caso, una excelente ocasión para ahondar en lo que sabemos del aspecto físico de Jesús en las fuentes más antiguas.
 
            Lo cierto es que después de todo, del aspecto físico del hombre más retratado de la Historia, curiosamente no nos da indicación ninguno de los veintisiete escritos canónicos, a pesar de que, de sus ocho autores atribuídos (Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Pablo, Pedro, Judas y Santiago), cinco habrían conocido al Maestro. De los evangelios hay quien intenta obtener algún indicio. Por ejemplo, del episodio en el que Zaqueo ha de subirse a un árbol para contemplarle entre la multitud (Lc. 19, 1-4), se intenta deducir que Jesús era de corta estatura. Es mucho deducir, máxime cuando en el propio episodio se admite que el que sí que lo era, es Zaqueo. Parecida lógica radica en el hecho de concluir que era de bellos rasgos porque una mujer le gritara desde la multitud:
 
            “¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!” (Lc. 11, 27).
 
            Las descripciones físicas que los padres cristianos hacen de Jesús se alinean en dos corrientes. Una primera, la de los que de las Escrituras extraen que el Mesías será “el más hermoso de los hijos de Adán” (Sl. 45, 3): entre ellos milita Antonino de Piacenza quien, hacia el año 550, afirma haber visto en Jerusalén un retrato del Nazareno en el que aparece “de estatura media, hermoso de rostro, cabellos un poco rizados, mano elegante y afilados dedos”. Andrés de Creta (m.740) habría visto un retrato realizado por el evangelista Lucas, que además de ser médico e historiador, sería pintor, en el que aparece “cejijunto, de rostro alargado, cabeza inclinada y bien proporcionado de estatura”. Una “Carta de Léntulo”, supuesto gobernador de Jerusalén, al César Octavio Augusto, muy celebrada en el s. XIV a pesar de la poca fiabilidad que su autenticidad histórica ofrece, dice de Jesús:
 
            “Tiene el rostro venerable, de modo que quienes le miran pueden temerlo y amarlo a la vez. Sus ojos son color avellana madura, sus cabellos casi lisos hasta las orejas, con un ligero reflejo azulado y flotan sobre sus hombros. Su tez es sana, su nariz y boca sin defectos. Tiene abundante barba, del mismo tono que su pelo, no muy larga, dividida en la barbilla. Su estatura es esbelta y erguida; sus manos y sus brazos admirables”.
 
            En la corriente opuesta, la de los que respaldados por el profeta Isaías, sostienen que el Mesías “no tenía apariencia ni presencia, y no tenía aspecto que pudiésemos estimar, despreciable y desecho de hombres” (Is. 53, 2-3), milita v.gr. San Justino (m.165), que define a Jesús como “sin presencia ni belleza, de aire despreciable”. Orígenes lo describe como “pequeño y carente de gracia”, y Commodiano, llevando la teoría hasta el extremo, como “una especie de esclavo de figura abyecta”. En las iglesias orientales se creyó a Jesús cojo, lo que originaría la tradición de representarle en la cruz con un suppedaneum torcido o en la posición de “curva bizantina”, más bien propia de un renco. Creencia por otro lado, compartida por los autores del Talmud, como podemos comprobar en el siguiente pasaje talmúdico probablemente referido a Jesús:
 
            “Cierto min dijo a R. Janina: “¿Sabes algo acerca de la edad de Balaán [uno de los nombres utilizados en el Talmud para referirse a Jesús]?” Contestó: “No hay nada escrito acerca de ello. Pero según se desprende de lo que está escrito, “los hombres sanguinarios y embusteros no llegarán a la mitad de sus días”, debe haber tenido treinta y tres o treinta y cuatro años”. El min dijo: “Me has respondido bien. He visto la crónica de Balaán y allí está escrito: ‘Balaán el cojo tenía treinta y tres años de edad cuando Pinjas el ladrón [Poncio Pilato] lo mató’””.
 
            Eusebio de Cesarea en su “Historia Eclesiástica” dice haber contemplado una estatua que representaba a Jesús:
 
            “La hemorroísa, que por los evangelios sabemos que encontró la curación de su mal por obra de nuestro Salvador, se dice que era oriunda de esa ciudad [se refiere a Paneas] y que en ella se enseña su casa y que aún subsisten [en ella] una estatua de mujer en bronce con una rodilla doblada y con las manos hacia delante como una suplicante, y enfrente de ésta, otra del mismo material efigie de un hombre en pie [...] Esta estatua dicen que reproduce la imagen de Jesús” (HistEc. 7, 18, 1-2).
 
            La pena es que después de informar de ello, no realiza descripción alguna de la estatua en cuestión ni, en consecuencia, del aspecto físico de la persona representada.
 
            Un inesperado recurso para conocer físicamente al Galileo nos lo brinda el profeta del islam, Mahoma, en cuya más antigua biografía de Ibn Ishaq, escrita algo después de pasado un siglo desde la muerte del Profeta, y con ocasión del episodio de su transposición al Templo de Jerusalén guiado por el Arcángel San Gabriel a lomos del caballo alado Buraq, habría tenido ocasión de departir con él, asegurando que “Jesús, el hijo de María, no es ni alto ni bajo, con el pelo suelto y el rostro brillante, como si acabara de salir de un baño y el agua le cayera de la cabeza, aunque no hay tal agua”.
 
            Lo más honesto después de todo, tal vez sea reconocer con San Ireneo, casi coetáneo de Jesús, y con San Agustín, entre otros padres de la Iglesia, que “la imagen carnal de Jesús nos es desconocida”, lo que por otro lado nada tiene de particular, ante el rigor que la religión judía se gasta respecto de la representación de la figura humana.
 
 
 
 
 
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