Viernes, 27 de noviembre de 2020

Religión en Libertad

Este matrimonio valenciano habla de su historia de «cruz y resurrección» con el pequeño Francisco

Esteban y Marisol, primeros padres en utilizar el panteón de nonatos: «Ha sido un regalo del Señor»

Esteban y Marisol, primeros padres en utilizar el panteón de nonatos: «Ha sido un regalo del Señor»
Esteban, Marisol y sus dos hijos rezan frente al panteón para no nacidos en el que se encuentra enterrado el pequeño Francisco / Paraula

ReL

Esteban y Marisol han sido los primeros padres en utilizar el panteón construido en el cementerio de Torrent para bebés no nacidos. Y gracias a él esta familia ha podido dar un entierro digno para su hijo pequeño. Porque como dicen ellos mismos: “nuestro hijo no es un despojo”.

Detrás de este entierro se encuentra la historia de sufrimiento, fe pero también esperanza de este matrimonio ante el acontecimiento de la pérdida de un hijo. Y pese a lo reciente de este momento han querido relatarlo para poder ayudar a otros que puedan pasar por su misma situación. Así también sabrán que a los pies de la Virgen de los Desamparados y junto a los ángeles existe un lugar donde enterrar a los hijos que no llegaron a nacer con vida.

Su hijo se llama Francisco, y murió a las siete semanas de gestación. Su entierro, al que fueron sus padres, sus hermanos, familiares y amigos se celebró el pasado 1 de septiembre. Ahora en Paraula relatan cómo ha sido este último mes, pero también el camino recorrido con el Señor hasta llegar a este punto.

La Virgen y la apertura a la vida

“La Virgen María nos rescató de vivir en el mundo, y de la influencia de la New Age, cuenta Marisol, abogada de 35 años. De hecho, reconoce que “tampoco vivíamos bien nuestra relación, pensábamos que muchas de las cosas que dice la Iglesia eran antiguas y sin valor, pero la Virgen nos devolvió la pureza”.

Por su parte, en el caso de Esteban, trabajador social de 40 años, le salvó “descubrir la presencia de Dios en la Eucaristía y los sacramentos, especialmente en el matrimonio”.

Este proceso de renovación de su fe hizo que tomaran la decisión de que “teníamos que abrirnos a la vida, y un día Nuestra Madre María nos puso en el corazón el deseo de ir a un santuario suyo”. El 6 de agosto fueron al de la Virgen del Puerto de Plasencia y supieron que estaba embarazada.

El milagro y la cruz

“Fue un milagro y lo recibimos con mucha alegría, como un regalo inmenso, sin ninguna preocupación”, recuerda Marisol. En aquel momento, ante la Virgen, “le pedimos al Señor que fuera santo. Se lo entregamos al Señor”. Emocionada, también reconoce que “nuestros planes eran distintos, no sabíamos que la voluntad de Dios iba a ser llevarse tan pronto a nuestro bebé”.

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Bendición del panteón para no  nacidos en Torrent, perteneciente a la Archidiócesis de Valencia 

En el segundo mes de embarazo este matrimonio empezó a acerarse a la “cruz”. Marisol comenzó a sangrar aunque en el hospital les dijeron que todo iba bien. En la segunda, les dijeron lo mismo.

“Nuestra realidad nos hace huir del dolor, pero Jesús nos pide acercarnos a la cruz”, cuenta ella al relatar que tres días después tuvieron que volver al hospital por fuertes sangrados. En esa ocasión les dijeron que era un aborto diferido.

De este modo, Marisol explica que “como madre, se me partió el corazón por cómo me lo dijeron, cómo hablaban de Francisco, como si fuera un hijo de segunda: nos decían que no lo buscáramos porque no lo íbamos a encontrar, que no nos aferráramos a nada”.

"Incrementamos la oración"

En ese momento de gran sufrimiento, este matrimonio empezó a rezar más: “incrementamos la oración, ni Jesús ni María nos abandonaron en ningún momento, oramos con esperanza para que el Señor obrara el milagro y reviviera a nuestro pequeño pero siempre aceptando Su voluntad, su Plan en nuestra Vida, pero eso sí, le pedíamos con todo nuestro corazón que de no obrarse ese milagro pudiésemos recoger su cuerpecito y que no terminara como un despojo médico en el hospital”.

También iniciaron una novena al Padre Pío, y al quinto día “nuestro sacerdote trajo a Jesús Eucarístía a casa y Marisol pudo comulgar y el Señor nos dio una gran paz. Entonces decidimos llamarle Francisco, como el nombre del Padre Pío”.

La muerte y el encuentro con su hijo muerto

El pasado 30 de agosto, domingo a mediodía, después de “un día durísimo, de muchísimo dolor”, cuenta Marisol, y en medio del rezo de un rosario, “fui al baño y me di cuenta de que el bebé salía, lo pude recoger en mis manos, me asombró lo grande que era, por lo menos unos 5 centímetros, las ecografías indicaban 5 milímetros incluso menos”. Esteban también lo recogió, “nuestro hijo era un ser humano en pequeñito, no un despojo. Tenía sus bracitos y sus piernecitas”.

En ese mismo lugar lo bautizaron y lo pusieron en una caja. Gracias a un hermano de la comunidad de “Siervos de Cristo Vivo” a la que pertenecen sabían de la existencia del panteón para nonatos de Torrent y decidieron enterrar allí a Francisco.

Esta familia asegura que “ha sido un regalo del Señor poder darle la dignidad que se merece como hijo de Dios, hoy hemos podido despedirle de verdad, como hay que despedir a un hijo”.

Experiencia de cruz y de resurrección

Esteban también se muestra agradecido a la Iglesia porque “el mundo no tenía un lugar para mi hijo y la Iglesia me lo ha dado, un sitio donde poder recordarle e ir a llevarle flores, así que doy gracias a Dios”.

Tras esta experiencia Marisol afirma sentirse “mucho más amada por el Señor”. El gran descubrimiento que les ha traído Francisco “ha sido la experiencia de la cruz y de la resurrección. Que no podemos huir del dolor, porque seguimos a Uno que ha pasado por el dolor y ha resucitado”.

 “Tenía miedo de esta gran prueba, no sabía cómo iba a reaccionar, pero he descubierto que con el Señor todo es posible, y no ha sido una experiencia traumática, sino todo lo contrario, de esperanza”. Y anima a los padres que sufren un aborto, “a que se acerquen a Jesús Eucaristía y a los sacramentos, que son la única manera de vivir una experiencia tan dura sintiendo la misericordia de un Dios que nos ama infinitamente”.

“El Señor nos ha ayudado a llevar el dolor, nos ha fortalecido para dar este paso, y hemos podido vivir esta experiencia dolorosa con alegría”. Poder enterrar a su hijo para “no tener miedo, no esconder la realidad y confiar en el Señor, porque nunca es bueno cerrar los ojos, aunque duela”, concluye Esteban.

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