Martes, 06 de diciembre de 2022

Religión en Libertad

Bendicen una tumba para bebés nonatos en Madrid: María Puerta del Paraíso

Cuando nuestros difuntos no llegan a nacer: crece la conciencia por llevar la fe al duelo prenatal

Hermanitas del Cordero junto a la sepultura para bebés nonatos
Hermanitas del Cordero junto a la sepultura para bebés nonatos de María Puerta del Paraíso en Madrid - foto de Helena Acín

ReL

El pasado 15 de octubre, Día Internacional de la Muerte Gestacional y Neonatal, el sacerdote Avelino Revilla, vicario general de la archidiócesis de Madrid, bendijo una tumba muy especial en el cementerio sacramental San Lorenzo y San José

Se trata de una tumba destinada a bebés que nacieron sin vida, o fallecieron muy poco después. "Damos gracias a Dios por esta iniciativa que hoy comienza porque permitirá a tantos bebés concebidos, aunque nacidos sin vida, poder reposar y esperar la vida eterna a la que todos estamos llamados", subrayó Avelino Revilla. En el momento de la bendición, ya descansan en esa tumba los restos de un bebé.

Una funeraria peculiar

La entidad responsable de esta tumba es la funeraria católica María Puerta del Paraíso, que recientemente ha creado una iniciativa para acompañar a las familias de bebés que mueren. Por el momento solo opera en la región de Madrid.

María Puerta del Paraíso se presenta como "una funeraria católica para bebés fallecidos en fase gestacional". Ofrece un proceso de acompañamiento en el duelo, "a través de sencillos gestos, inspirados en la liturgia", que ayudan a los padres a entregar a su hijo a la misericordia de Dios. "En este momento, en el que se desvela parte del misterio del salto al cielo de vuestro hijo desearíamos ayudaros a vivirlo en familia, junto a la oración de toda la Iglesia".

La experiencia de unos padres jóvenes

En su número 65, la revista católica Misión (de suscripción gratuita, se envía en papel a los hogares) explicó la historia de Antonio e Isabel, matrimonio joven, ambos de 26 años. Unos meses después de volver de la luna de miel, supieron que esperaban gemelos, y se alegraron. Pero después las ecografías revelaron que uno de los gemelos ya había muerto y el otro pronto moriría.

"Al primero lo perdimos a los tres meses de gestación y el segundo murió a los cuatro", recuerdan. "Hay quien puede pensar que en tres o cuatro meses no puedes querer a ese niño, pero no es verdad, nosotros lo sentimos igual que si alguien pierde a un hijo que ya ha nacido”, cuenta Antonio aún emocionado.

En España, el protocolo para recuperar los bebés fallecidos en fase prenatal es complicado. Si no se dice nada, los bebés nonatos menores de 22 semanas son tratados como miembros amputados o tejidos extirpados: se junta todo ese "material biológico" y se incinera.

Así, esos bebés fallecidos son invisibles, sólo queda de ellos la ecografía y el recuerdo, y parece que no se permite el duelo social porque no hay restos. Muchos médicos no entienden o no saben reaccionar cuando los padres intentan expresar su necesidad de despedirse del bebé y de reconocerlo como hijo.

En el caso de Antonio e Isabel, contactaron con Helena Acín, de María Puerta del Paraíso. "Estábamos desorientados, pero ella se ocupó de absolutamente todo”, cuenta Antonio. Helena insistió e insistió al hospital para conseguir los restos, y mover la documentación necesaria.

Helena preparó los bebés, los envolvió en lienzos, los metió en dos cajitas de madera de pino, y los llevó a la familia, para velarlos, con los padres, abuelos y algún familiar más. "Los velamos con nuestros padres por la tarde y nosotros solos por la noche. Allí estuvimos al lado de nuestros hijos hasta que amaneció", recuerdan. Luego llegó el entierro, con misa en la capilla, procesión al columbario y sepultura de los pequeños féretros.

Helena Acín detalla que "normalmente, después de perder el bebé, la madre se queda en estado de shock durante un tiempo, llega a su casa y allí permanece sin ganas de salir ni de contárselo a nadie. Además, como en muchas ocasiones el aborto se produce en las primeras semanas, es algo que aún nadie sabe y lo viven en silencio”.

El primer caso que acompañó

Helena lamenta que socialmente parezca que se trate de un duelo no permitido. Ella es laica consagrada en la Comunidad del Cordero. En una entrevista con Patricia Navas, en el digital católico Aleteia, explica cómo se inició en este tema.

Una pareja joven en otoño, foto de Almos Bechtold en Unsplash

"Unos padres nos llamaron porque había fallecido su hija con 9 semanas de gestación y querían enterrarla. Pero no sabían cómo hacerlo. Para nosotros era la primera vez que alguien nos llamaba con una hija fallecida en fase de gestación. Y aprendimos con ellos", recuerda.

Descubrió, por ejemplo, que sólo se pueden inscribir bebés fallecidos a partir de cierta semana y "en un libro que se llama 'Legajo de criaturas abortivas'. Solo escuchar esa palabra se te remueve el estómago", lamenta. Y los amigos no pueden ayudar a los padres entristecidos, porque quizá ni les dijeron aún el embarazo.

Helena invita a los padres en duelo a poner nombre a su hijo, a pasar un tiempo con él, velarlo ante los restos si se consiguen. "Les damos un pequeño cuadernito para velar a su hijo, si quieren en su domicilio con una oración inspirada en la Navidad. Les facilitamos enterrarlo". Esta es la función de la tumba bendecida por el vicario de Madrid.

Helena señala lo específico de estos ritos. "No hay féretros de estos tamaños, las sepulturas son para adultos, los coches funerarios son inmensos… Es como si buscas ropa para tu bebé de meses y solo encuentras ropa para niños de un año. Todo queda un poco desproporcionado, no está ajustado. Nosotros hemos adaptado todo a esta realidad de los bebés tan pequeños".

Y hay que cambiar la mentalidad. "Los padres sienten: «¡Es mi hijo, lo quiero enterrar!». Pero la respuesta que encuentran es: «¿Para qué? Es un resto humano». Y si quieren poner su nombre y apellidos a su hijo y que conste así en el registro civil, se encuentran con que no tienen derecho a eso. Cuando se te muere un hijo antes de nacer es un momento difícil en que necesitas acogida y acompañamiento y lo que encuentras es un territorio hostil", lamenta Helena.

En concreto, en España, según la ley, "cuando un niño nace en un hospital, es necesaria una funeraria para recoger el cuerpo y poder enterrarlo o incinerarlo".

Helena empezó a realizar esta tarea en 2020 y dice que "en este tiempo no me he encontrado con nada parecido y no soy consciente de que exista. Si llamas a una funeraria, hará el servicio funerario. Pero es difícil que esté adaptado a la realidad tan pequeña de este niño. Y que incluya el acompañamiento a los padres para acoger al hijo y entregarlo en manos del Padre, con gestos sencillos inspirados en la liturgia".

La espiritualidad de la Navidad en la muerte

Atendiendo a aquella primera familia, después de enterrar aquel primer bebé, Helena acudió a una iglesia a la misa de la Virgen del Carmen con las Hermanitas del Cordero. Sin que nadie lo preparara, en la liturgia se cantó -en pleno verano- un canto de Navidad que decía:

«En las grietas de la roca encontré
el amor de mi alma,
un niño recién nacido
como sepultado en un sepulcro Virgen,
su rostro irradiaba
la divina ternura del Padre»

Ella sintió que había una enseñanza ahí, una invitación a que los padres vivan "el nacimiento del hijo al Cielo como María y José vivieron el Nacimiento de Jesús: desde el primer minuto sabían que ese hijo no era propiamente suyo sino Hijo del Padre, llamado a una vida de intimidad con Dios. Por eso en muchos iconos de Navidad se representa al Niño Jesús enfajadito en un pesebre que parece un féretro".

Un icono clásico de la Navidad, el Niño enfajado es una prefiguración de su mortalidad, su futura muerte

En un icono clásico de la Navidad, el Niño enfajado es una prefiguración de su mortalidad, su futura muerte.

Señala además la belleza de los gestos físicos en la liturgia.

"Cuando los padres depositan a su hijo en una sepultura o en un columbario (si se incinera), no es solo un gesto exterior físico, sino que tiene el sentido de entregarlo en manos del Padre. Todos los padres están llamados a acompañar a sus hijos en su camino hacia Dios, pero en estos padres es evidente porque su hijo ya se ha ido al Padre", añade. "Ser padre es acoger a tu hijo sin poseerlo, acompañándolo en su vocación, que siempre te va a sorprender".

Considera que también la Iglesia tiene que dar pasos litúrgicos al respecto.

"No existe un ritual específico para los niños que fallecen en el seno materno. Existe uno para niños no bautizados pero no se ajusta totalmente", comenta Helena.

Hay palabras poderosas que se pueden recitar. Por ejemplo: "tú eres mi hijo amado", las palabras del Padre al Hijo Unigénito... pero también a cada uno de nosotros, hijos por adopción.

"Esto no contradice lo que viven, no es discordante. En la liturgia hay espacio para expresar el dolor, la alegría, la ira, la angustia; se pone palabras. Y es importante que haya tiempo para eso, que se acoja, que se grite a alguien, que puede ser a Dios o a quien te está acompañando. Y que experimentes la ternura. Porque si no, todo eso queda enquistado dentro, porque socialmente no estás autorizado a formularlo".

Además, si los padres viven juntos esta experiencia, su relación de pareja probablemente ganará fortaleza. "En la alegría, y en la tristeza, en la salud, y en la enfermedad..." 

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