La «triste realidad del pecado en la Iglesia» nos obliga a «un serio cambio de vida», dice León XIV
El Papa continuó en la audiencia general su lectura del Concilio Vaticano II, en este caso de «Lumen Gentium».

León XIV, con un niño tocado por un solideo igual al suyo.
En la audiencia general celebrada en la Plaza de San Pedro, León XIV celebró el alto el fuego de dos semanas anunciado por Estados Unidos pocas horas antes de que se desatase un ataque total contra Irán.
El Vaticano pide paz para negociar
"Tras estas últimas horas de gran tensión para Oriente Medio y para todo el mundo, acojo con satisfacción y como señal de viva esperanza el anuncio de una tregua inmediata de dos semanas. Solo mediante la vuelta a las negociaciones se puede llegar al final de la guerra", apuntó el Papa.
A lo que añadió una intención de oración: "Exhorto a acompañar este tiempo de delicado trabajo diplomático con la oración, auspiciando que la disponibilidad al diálogo pueda convertirse en el instrumento para resolver el resto de situaciones de conflicto en el mundo".
Sobre la "Lumen Gentium"
Pero antes de eso el pontífice continuó con la cuestión a la que está consagrando sus alocuciones semanales en miércoles: una interpretación del Concilio Vaticano II que esta vez se refería a una de sus cuatro constituciones, la Lumen Gentium, en esta ocasión a un punto concreto, a saber, La santidad y los consejos evangélicos en la Iglesia.

Francisco hizo mención especial en sus palabras a los consejos evangélicos que viven de forma explícita las congregaciones religiosas.
Un texto conciliar que se dedica, entre otras cosas, "a la universal vocación a la santidad de todos los fieles", que consiste en que "cada uno de nosotros está llamado a vivir en la gracia de Dios, practicando las virtudes y conformándose a Cristo".
La gran cuestión, muy presente en los debates conciliares y luego en el magisterio postconciliar, es a quién corresponde ser santo. Y no se trata de "un privilegio para unos pocos", apuntó León XIV, sino que es "un don que compromete a todo bautizado a tender a la perfección de la caridad, es decir, a la plenitud del amor hacia Dios y hacia el prójimo".
El pecado, el martirio, los dones del Espíritu Santo
He hizo el Papa una mención al martirio, puesto que es "el nivel más alto de la santidad", por lo cual "todo creyente debe estar dispuesto a confesar a Cristo hasta el derramamiento de sangre, como siempre ha sucedido y sucede también hoy".
Además de vincular la santidad con el martirio, el Papa la vinculó con "todos los sacramentos" porque son ellos el "alimento que hace crecer una vida santa, asimilando cada persona a Cristo, modelo y medida de la santidad".
Que la santidad de la Iglesia sea "una de sus características constitutivas", añadió el Papa, no significa que lo sea "de forma plena y perfecta", sino que "está llamada a confirmar este don divino durante su peregrinaje hacia la meta eterna".
Esto implica una realidad, la del mal cometida en su seno, lo cual obliga a una actitud, que describió así: "La triste realidad del pecado en la Iglesia, es decir, en todos nosotros, invita a cada uno a emprender un serio cambio de vida, encomendándonos al Señor, que nos renueva en la caridad". Por tanto, la gracia "nos confía una misión que debemos cumplir día tras día: la de nuestra conversión".

Entre las visitas de este miércoles, los Harlem Globetrotters, un equipo de baloncesto de exhibición que une la calidad con el humor.
El "papel decisivo" de esa santidad en la Iglesia "lo asume la vida consgrada", añadió León XIV, y eso quiere decir que la santidad tiene como señales los "consejos evangélicos" que caracterizan a la "vida consagrada", a saber, "la pobreza, la castidad y la obediencia". Su vivencia en las congregaciones religiosas, por tanto, "no son prescripciones que encadenan la libertad, sino dones liberadores del Espíritu Santo, a través de los cuales algunos fieles se consagran totalmente a Dios".
Vaticano
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Con los consejos evangélicos, "las personas consagradas dan testimonio de la vocación universal a la santidad en toda la Iglesia, en la forma de un seguimiento radical".
Y en particular esto se cumple con el sufrimiento, el cual, "vivido en unión con la pasión del Señor, se convierte en una vía de santidad".