Religión en Libertad

Los nuevos derechos invierten el orden natural

Alberto Bárcena profundiza en el mensaje que ha llevado a la universidad de Toledo.

Alberto Bárcena, historiador y ensayista.

Alberto Bárcena, historiador y ensayista.Aladetres (captura)

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Para Alberto Bárcena Pérez, los llamados “nuevos derechos” no son un progreso moral, sino la punta de lanza de una ingeniería social anticristiana que lleva décadas gestándose en organismos internacionales y en la legislación de los Estados, como expuso en una reciente conferencia en el Campus de la Fábrica de Armas de Toledo. Desde las cumbres de la ONU hasta las leyes sobre aborto, ideología de género y redefinición de la familia, ve en ellos la inversión del orden natural denunciada por Benedicto XVI y solo reversible volviendo a la ley natural, a la doctrina social de la Iglesia y a una seria formación en antropología cristiana.

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-En su trayectoria como historiador de la Iglesia y de la España contemporánea, ¿cuándo empezó a percibir que ciertos “nuevos derechos” operan más como una inversión del orden natural que como una verdadera ampliación de libertades?

-Fue evidente desde el primer momento, sobre todo para quien, como yo, seguía la evolución de la ingeniería social anticristiana de la ONU desde principios de siglo. No eran derechos, sino, como dijo Benedicto XVI, "la expresión de deseos egoístas que no encuentran fundamento en la auténtica naturaleza humana" (Discurso al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede el 10 de enero de 2011). 

Debe tenerse en cuenta que esos derechos van consolidándose a partir de los llamados "sexuales y reproductivos", que pretenden encubrir la legalización del aborto, la esterilización y la corrupción de menores, instruyéndoles, de manera supuestamente neutra, en las técnicas sexuales que evitan la concepción de nuevos seres humanos. En realidad, se ha entronizado como supremo el derecho a la satisfacción del impulso sexual, como único medio de liberación y realización plena del individuo, muy por encima del derecho a la vida que se niega en múltiples supuestos. 

Es la herencia envenenada de la escuela de Frankfurt, con su veneración de Freud y su neomarxismo, origen de la revolución sexual de los sesenta, que, iniciada en aquella década, se afianza en los noventa con las cumbres de Naciones Unidas; señaladamente la de "Población y desarrollo", de 1994, y la de "la Mujer", de 1995. 

En ambas se buscaba reducir la población mundial, "redefinir" el concepto de familia —cualquier modelo era válido— y, en definitiva, desacralizar la vida, el matrimonio y la institución familiar, que llegó a presentarse como un método de colonización del individuo, especialmente de la mujer, cuyo desarrollo pleno se comenzaba a medir en términos del éxito profesional, ignorando su vocación a la maternidad, supeditándola en cualquier caso a su realización a través de su papel en la sociedad; llegó a denominarse "trabajo" o "impuesto" reproductivo (como lo llamó la directora de la División para el Avance de la Mujer), un lastre insufrible que la separaba de esa función, una secuela del heteropatriarcado que la había sometido hasta entonces. 

Con la ideología de género como ariete, el feminismo radical comienza la lucha de los sexos, la última edición de la lucha de clases. La religión resultaba señalada como factor de atraso y opresión. Evidentemente, asistimos a la inversión del orden natural camuflado tras ese conjunto de falsos nuevos derechos.

-Desde su estudio de la Revolución francesa, de la persecución religiosa y de los procesos de secularización, ¿qué continuidad ve entre aquel giro cultural y las actuales reivindicaciones de derechos ligados al sexo, al género o a la bioética?

-La sociedad de finales del siglo XVIII y principios del XIX no estaba preparada para aceptar los cambios impuestos por la Revolución de la misma manera que la actual, pero ya entonces se abolió el culto católico y se impuso una religión de Estado que adoraba a un nebuloso Ser Supremo, muy cercano al Gran Arquitecto del Universo de la Masonería. 

Los nuevos amos de Francia, para dejar bien clara la ruptura con su milenaria tradición católica, la introdujeron en la era republicana, y negando todo dogma religioso así como la Revelación, establecieron una nueva moral sexual, y un matrimonio exclusivamente civil que sería el primer paso hacia el establecimiento de una sociedad postcristiana. 

El fracaso del proyecto se debió a la oposición encontrada en la mayor parte del pueblo francés, expresada en rebeliones y guerras, cuyo máximo exponente, que no el único, fueron las de La Vendée, que tuvo como consecuencia un genocidio franco-francés, nunca reconocido por el Estado, pero que causó miles de mártires y quedó como advertencia de lo que podría ocurrir en un futuro; el primer cónsul, Napoleón, entendió que la sociedad francesa solo podría reconciliarse normalizando —hasta cierto punto— la situación de la Iglesia fiel a la Santa Sede, por lo que firmó un Concordato con Pío VII, a quien más tarde hizo prisionero, por cierto.

-En obras como "Iglesia y masonería: las dos ciudades" o "La pérdida de España" usted habla de proyectos de ingeniería social de largo recorrido; ¿cómo encajan en ese marco los “nuevos derechos” hoy más promovidos por organismos e instancias internacionales?

-En "Iglesia y masonería" hablo de esa ingeniería social anticristiana de largo recorrido porque indiscutiblemente la secta en cuestión ha trabajado durante siglos —y lo sigue haciendo—, como dijo León XIII en Humanum genus (1884), por destruir hasta sus fundamentos toda la construcción religiosa y civil levantada por el cristianismo. 

Como seguirán afirmando, clarividentemente, los Papas hasta finales del siglo XX e incluso en el actual: la última condena hasta la fecha es la Declaración de Doctrina de la Fe de 13 de noviembre de 2023, en el pontificado de Francisco. Venía a reafirmar la de 1983, que afirma: "El masón está en estado de pecado grave y no puede acercarse a la Santa Comunión". Las leyes que apoyan esos nuevos derechos han sido redactadas en las logias antes de ir al parlamento. Como ocurrió con la que legalizaba el aborto en Francia, redactada —o planchada en terminología masónica— en la del doctor Pierre Simon, la Nueva Jerusalén, de París. Dicho doctor fue Gran Maestro de la Gran Logia de Francia, además de asesor de la ministra Simone Veil, cuyo nombre se suele dar a la ley en cuestión. 

Otro tanto ha ocurrido con toda la legislación que ha ido imponiendo la ideología de género o la "cultura de la muerte". Las organizaciones internacionales —Naciones Unidas y Unión Europea, auténticas estructuras de pecado— han ido imponiéndolas, cuando han tenido ocasión, sin renunciar a las mayores presiones, en las legislaciones nacionales. Benedicto XVI, siendo ya papa emérito, habló, en su biografía autorizada, de cómo "la verdadera amenaza para la Iglesia... es la dictadura universal de ideologías en apariencia humanistas a las que sólo cabe contradecir al precio de quedar uno excluido del consenso social básico". 

Hace un siglo, todo el mundo habría considerado absurdo hablar del matrimonio homosexual. Hoy, quien se opone a él es socialmente excomulgado. Otro tanto ocurre con el aborto y la producción de seres humanos en laboratorios. 

La sociedad moderna está formulando un credo anticristiano, y la resistencia a ese credo se castiga con la excomunión social. Es normal, muy normal, tenerle miedo a ese poder intelectual del Anticristo, y realmente hace falta el apoyo oracional de una diócesis entera, de la Iglesia entera para oponerse a él" (en Peter SEEWALD, "Benedicto XVI. Una vida", ed. Mensajero, grupo de comunicación Loyola, 2020, pp. 1074-1075).

-Como profesor y divulgador, acostumbrado también a un público no especializado, ¿qué pasos concretos considera prioritarios para reconstruir una cultura de los derechos humanos que ponga en el centro la verdad sobre el hombre y no solo el deseo individual?

-Formación en Antropología, con ayuda de la patrística y la obra de los doctores de la Iglesia, así como el estudio de los principales filósofos de las escuelas socráticas (Platón y Aristóteles), que nos acerca el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, entre otros textos. 

Es urgente recuperar y poner en valor el concepto de la ley natural, descartado, como denunció Benedicto XVI en el Parlamento alemán, citando a san Agustín: «Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue al Estado de una gran banda de bandidos?» (De civitate Dei, IV, 4,1). Fe y razón son las dos alas que nos elevan a la contemplación de la verdad, dice san Juan Pablo II en Fides et ratio. Primeramente, ya durante la Ilustración, se atacó la fe hasta lograr debilitarla con las consecuencias ya vistas. Vino luego el ataque contra la razón, que en solitario, sin el otro pilar de Occidente, acabó sucumbiendo, hasta hacer posible el establecimiento silencioso de la dictadura del relativismo, prefacio de ese credo del Anticristo que acabo de citar. 

Ese proceso no es, sin embargo, irreversible porque el hombre, única criatura hecha a imagen y semejanza de Dios, como único ser racional, lleva esa ley inscrita en su naturaleza. Puede reconocerla por fuerte que sea el ataque diabólico, siempre que busque en su interior, con la ayuda de Dios. 

De hecho, una de las mejores definiciones de la ley natural se debe a un pagano nacido antes de Cristo: Cicerón. Podría ser obra de un Padre de la Iglesia. Además, por la fe, sabemos no ya quién ganará, sino quién ha ganado el combate espiritual. Y contra esa victoria nada pueden hacer las potestades y dominaciones del infierno.

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